Cochabamba, miércoles 26 de septiembre de 2018

Teresa Gisbert en el paraíso de los pájaros parlantes

El pasado lunes 19 falleció, a los 92 años, la prominente arquitecta e historiadora paceña, quien ha dejado un enorme legado para la cultura boliviana, en especial para el estudio y la valoración del patrimonio cultural y de la historia del arte en este territorio. Estas páginas buscan rendir tributo a su vida y obra.
| Alba Balderrama | 25 feb 2018



Fue un pájaro, según cuentan algunos cronistas, el que anunció la llegada de los españoles a América. Un pájaro que por sus características parece ser el famoso pájaro Indi de Manco Capac, detalla otra cronista, la historiadora boliviana Teresa Gisbert (1926-2018). El pájaro Indi hablaba. En esos sutiles y delicados lugares de la historia del arte boliviano reparaba Teresa Gisbert. Con sus libros y sus investigaciones llevaba nuestras almas y ojos a lugares superiores y necesarios para reconocer los espacios y los sonidos que conocemos desde siempre. De ahí venía la autoridad con la que marcaban a fuego sus palabras cuando hablaba.

Conozco ese lenguaje, el de los pájaros. Viví toda mi niñez y adolescencia en el campo. En una casa con jardines, un bosque y un huerto. Mi mamá, cuando escuchaba cierta ave cantar con gorjeos alegres que ella reconocía por alguna enseñanza secreta ultraterrena que yo desconozco, decía mirando a los árboles: “Van a venir visitas”. Otras veces, mientras arrancaba las malezas del jardín y escuchaba otra ave con trinos más quebrados y roncos, como si dijera alguna palabra corta y dura, se paralizaba, levantaba la vista preocupada y decía: “Alguien va a morir”. Yo la miraba con un estremecimiento en todo el cuerpo ante las revelaciones de lo que, para mí, era el oráculo celestial de las aves. Entonces me preparaba, ya sea de colores, para las visitas o, de luto, para el muerto.

Lo que ahora me resulta extraño es que nunca tuve ningún estremecimiento ante la idea de que mi mamá entendiera ese lenguaje, o de que los pájaros hablaran en un idioma divino y premonitorio, o de que estuviéramos tan atentas a los trinos y gorjeos de los pájaros. Nunca dudé de su canto ni de su palabra ni de su presencia. No porque era niña, sino porque en ese jardín los pájaros nunca cantaron en vano, jamás dijeron una mentira, lo que anunciaban acontecía.

Seguramente por esa fe ciega hacia las aves como mensajeras de los dioses, capaces de vaticinar con su sola presencia o canto aspectos felices o nefastos del futuro, es que sucedió uno de los encuentros más hermosos que he tenido con un libro. Titulado hermosamente como El paraíso de los pájaros parlantes. La imagen del otro en la cultura andina, y escrito por la siempre impecable Teresa Gisbert, el libro tiene un capítulo dedicado específicamente al paraíso, a los pájaros parlantes y al complejo mecanismo por medio del cual los doctrineros en el siglo XVII transmitieron la idea de los pájaros como mensajeros de Dios en la fe cristiana a los pueblos andinos a través de la escultura y la imagen pictórica.

En el libro se establece primero la idea del Paraíso como un huerto, un jardín, con árboles, flores y pájaros. En el Infierno está el fuego, los hoyos, lo yermo y muerto. No hay flores ni árboles donde se posen pájaros. Allí nadie escucha los mensajes de consuelo de los pájaros. Gisbert cuenta que “El catecismo de 1584 nos dice que este Hanacpacha (paraíso cristiano) es un ‘huerto florido’; esto equivale a decir que la imagen del Edén transmitida por los doctrineros al hombre andino es la de un espacio poblado de árboles y pájaros” y más adelante, concluye: “Al considerar el Paraíso como huerto y ser colocado en las Indias se buscó en la flora nativa señales de la divinidad y se empezó a ver ángeles en los pájaros”. Ángeles en los pájaros. En ese jardín de mi niñez, en mi paraíso personal, ¿eran, entonces, los ángeles que nos hablaban? Mi abuela, una mujer de más o menos la edad y el calibre de doña Teresa Gisbert, nos decía que cuando un silencio se hacía en plena charla un ángel había pasado y yo inmediatamente salía y miraba hacia los árboles por si algo más había dejado ese ángel: un temblor en las hojas, una brisa suave, plumas de sus alas, un mensaje, algo como las aves. A mí, más que su paso silencioso y victorioso por el mundo terrenal, lo que me importaba era que, pájaros o ángeles, hablaban y que su retórica era divina.

Gisbert ilustra uno de los súper poderes de los ángeles-pájaros o de los pájaros parlantes así: “El Antisuyo estaba habitado por seres míticos, como la serpiente Amaru; por monos, que eran hombres de la primera humanidad transformados; los mismos pájaros que allí habitaban eran fantásticos pues algunos de ellos, como los loros, tenían el don del habla, llegando a considerárseles como poseedores de poderes sobrenaturales. Al respecto, Garcilaso de la Vega cuenta una anécdota ‘En potosí, por los años de 1554 y 55 hubo un papagayo de los que llaman loro, tan hablador, que a los indios e indias que pasaban por la calle les llamaba por sus provincias… como que tuviera noticia de las diferencias de tocados que los indios en tiempo de los Incas traían en las cabezas para ser conocidos. Un día de esos pasó una india hermosa… haciendo la palla, que son de sangre real. Él viéndola el papagayo dio grandes gritos de risa, diciendo: ‘Huayru, Huayru, Huayru’, que es una nación de gente más vil y tenida en menos que otras. La india pasó avergonzada… cuando llegó cerca, escupió hacia el papagayo y le llamó zupay, que es diablo. Los indios dijeron lo mismo…’. Por ‘diablo’ debemos entender que se alude a un ser dotado, en este caso, del poder de la adivinación”.

A partir de lecturas como las de Gisbert sobre el arte barroco andino y sus pájaros parlantes uno puede reconocerse, puede rastrear fácilmente esas otras aves que anunciaron cosas igual de complicadas y misteriosas. En el Evangelio de San Juan, en la Biblia, se relata cómo Juan Bautista reconoce quién era Jesús cuando dice: “He visto al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre Él”. Otro pájaro parlante famoso es el cuervo del libro de Edgar Alan Poe, que se le aparece a un amante abatido para llevarlo a la locura azuzando su sufrimiento con la repetición constante de las palabras nevermore (nunca más). Por ejemplo.

El pasado lunes 19 de febrero no escuché a ningún pájaro que anunciara con trinos quebrados y roncos como si dijera alguna palabra corta y dura la muerte de Teresa Gisbert. El jardín, el bosque y el huerto quedan lejos. Mas, espero, no el paraíso.

Su muerte llegaba escrita en un mensaje de su hijo Carlos Mesa, en su cuenta de la red social que tiene como logo el contorno de un pájaro celeste, twitter, y decía: “Esta mañana ha muerto nuestra madre, Teresa Gisbert, nos deja un inmenso legado de amor y a Bolivia una vida entera dedicada a desentrañar su pasado”.

En algún momento de ese pasado me crucé con doña Teresa Gisbert, un día que fui a recogerla al aeropuerto para llevarla al salón donde daría una conferencia sobre arte barroco. En el camino hablamos poco. Yo menos que ella.

- ¿Tienes hijita?- me pregunta cuando acababa de colgar el celular después de hablar con mi hija.

- Sí.

- ¿Trabajas todo el día?

- Sí.

- Hum. No debería ser así para los hijos. Las madres tienen que tener mejores horarios. La sociedad, un día, lo va a resentir.

- …

El estremecimiento que me sacudió diplomáticamente por dentro, como el que sentía cuando mi mamá escuchaba a algún pájaro parlante, permanece hasta hoy. Y me preparo de guerra para la ocasión, pues lo que sentenció doña Teresa como un pájaro parlante empieza a acontecer ya.

Productora y gestora cultural - albita35mm@gmail.com





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