Cochabamba, domingo 24 de junio de 2018

Las Teresas de mi vida, un “hasta siempre” a Teresa Gisbert, el pájaro parlante

La autora reflexiona sobre el trabajo de Teresa Gisbert y la necesidad de una carrera de conservación, a nivel licenciatura, para preservar su legado
| Tatiana Suarez Patiño | 25 feb 2018



Dicen que la palabra más bonita para nuestros oídos siempre será el nombre de nuestra madre. Su nombre siempre vendrá acompañado de su significado, especialmente de las que se llaman Gloria, Esperanza o Caridad, y con ese significado vendrá también una sensación tibia en las mejillas y el sabor de un pancito suave con algo dulce encima.

Las palabras tienen un poder sanador o demoledor, eso afirman diversas ciencias ocultas y otras descubiertas, así como varios literatos y religiosos con muchos dioses. No sé si esos son los adjetivos correctos, pero de que tienen poderes, tienen poderes, no hay como negarlo, sea dicha o escrita la palabra es Dios.

Eso me lo enseñó mi mamá, la Teresa más importante de mi vida, y me lo enseñó de tantas maneras que no podría enumerarlas, pero siempre me quedan unos recuerdos más fuertes que otros, como cuando de madrugada no podía dormir y me decía: “lee”, y con 6 años ella me dio la cura para el resto de mis insomnios.

Y así fue como sin querer queriendo mi mamá me dio a otra de las Teresas más importantes en mi vida. Una de esas madrugadas de insomnio fui a la biblioteca de mi abuelo y saqué un libro relativamente grueso. Llevaba por título Iconografía y mitos andinos en el arte. No me fijé en el autor, con 12 años poco sabes de esas cosas, pero sí revisé el índice y no pase de la primera parte, frené cuando leí lago Titicaca y un mito sobre sirenas. Abrí los ojos, sonreí, hojeé el libro, tenía fotos de cuadros, algunos en blanco y negro y otros a colores, tenía paisajes. Listo, me había convencido.

Para mí, en ese momento, el lago Titicaca representaba uno de los lugares más felices de la tierra, no solo por lo hermoso que era, sino porque mi abuela, la otra gran Teresa en mi vida, tenía un hotel ahí. El poderoso “Hotel Ambassador”, un refugio donde nos llenaban de amor, de desayunos con panqueques, y donde siempre soñé con ver una sirena sentada en una roca en la mitad del lago. Comencé a leer el libro, página 46, de una edición del 87, creo. Y a medida que iba a avanzando me di cuenta de que ese libro no era lo que yo pensaba, y luego ya nada fue como yo pensaba.

En mi infantil cabeza yo concebía los mitos de otra manera, con una estructura más fácil, pero ahí yo leía un montón de palabras que no conocía, sus significados no tintineaban en mí, ni me daban sensaciones. Yo no conocía a ese tal Bertonio, en colegio me habían dicho que Tunupa era una chica, las sirenas se llamaban Quesintuu y Umantuu, no eran ni Kimberly ni Ariel, y obvio que no podía imaginarme cuáles era las bellas formas del humanismo pagano del renacimiento.

Esa madrugada me sentí tan tonta, tantas palabras en el mundo que no podían ser mías. No entender es no tener. Sobre ese vacío solo me quedaba derramar significados, pesqué un diccionario Laurousse rojo, sesentero, todavía mostraba a la URSS como un Estado Federal, busqué cada una de las palabras que no entendía, y las apunté en una hoja. Me tomó una semana leer el capítulo completo y de corrido, y ni así lo entendí en su totalidad (creo que hasta el día hoy).

Lo mismo me sucedió con el resto de los textos, página tras página, todas las palabras escritas confirmaban mi ignorancia, pero el panorama no era del todo desalentador. En medio de la oscuridad conceptual, Teresa abrió una puerta y dejó entrar en mi cabeza una rendija de luz. A medida que iba leyendo su obra, ese halo se ampliaba cada vez más simulando una gloria.

Teresa Gisbert hasta este momento fue la pieza que armaría mi trinidad de Teresas, luego se unió la invaluable restauradora del Museo Nacional de Arte de la que aprendí tanto tan solo escuchándola; Techi de cariño. Mi destino estaba sellado, yo debía aprender de todas ellas, y su misión era enseñarme ya sea de forma directa o indirecta, y precisamente ese es el pretexto de este texto, agradecer por las indirectas.

Seguro en estos días no faltarán los homenajes a este ícono de la historia de Bolivia, las redes sociales y los periódicos se llenarán de mensajes que recapitularán su vasta obra, pero de nada sirve enumerar sus logros si no se ha compartido su lucha, y también es indudable que su prole escribirá algo tan bello y sentido como lo que ella escribía, pues la manzana no cae lejos del árbol. Pero yo quiero escribir sobre aquellos logros que no aparecerán en su entrada de Wikipedia, quiero contar aquello que los profesores de colegio no nombrarán como algo importante, quiero hablar sobre los logros que ni siquiera ella sabe que alcanzó.

La palabra escrita tiene una dualidad antagónica intrínseca, destruye y construye al mismo tiempo, no son acciones separadas. Me imagino que una palabra es como una granada, y un libro como una bomba atómica. El momento en que se empieza a leer se inicia el detonador. En el camino se van haciendo pequeñas explosiones que destrozan la ignorancia, hasta que se culmina la lectura y revienta el libro en una hecatombe en la que todo se ilumina, y por breves minutos se abandona el oscurantismo. Encima de las ruinas de esas viejas ideas es que se inicia la construcción de nuevo pensamiento con cimientos cada vez más fuertes y duraderos, al punto de solo temblar cuando reviente otro libro cerca.

Y eso es lo que ella hizo, explotar dentro de la cabeza de la gente, armar campos minados ya sea escribiendo o dictando catedra, dinamitó las construcciones débiles, regó con pólvora la tierra de la ignorancia, prendió la mecha hasta que todo ardió y así trajo la luz.

Lo más seguro es que ella murió sin saber en cuantas cabezas puso un detonador y voló en mil pedacitos el analfabetismo cultural de una sociedad y sus generaciones venideras, y en la vida podrás olvidar cualquier cosa, pero nunca te olvidas de quien aprendes, aunque en su biografía no aparezca como logro el número de personas a las que les cambió la especulación por el saber.

Su obra no solo trajo el conocimiento, vino con la pasión, el amor y el reto. Su compromiso para con el patrimonio cultural debe de ser imitado, mejorado y multiplicado por mil. Lo que ella hizo para documentar, investigar, y conservar la historia de Bolivia debe replicarse cientos de veces, y no veo otra manera de hacerlo que abriendo un instituto que lleve su nombre, y que se dedique a la enseñanza de la conservación y la restauración de bienes culturales a nivel licenciatura. Ese no solo sería un homenaje a su trabajo, sino que sería una forma de prolongar su gran lucha durante muchos años más.

En Bolivia, con el apoyo del AECID y el proyecto de las Escuelas Taller, se puede estudiar restauración, pero desde el 2014 ya no se están formando restauradores de bienes muebles, y solo se puede alcanzar un técnico medio a pesar de que se estudian casi tres años, cuando en la universidad ya puedes ser licenciado en 4 años. Tenemos tanto patrimonio cultural, y en parte esa gran cantidad se la debemos a ella y a su trabajo de conservación. Mis profesores de restauración fueron discípulos de sus discípulos, yo aprendí de ellos, y sería una tragedia si este río de saber se secase conmigo y los de mi generación y ya nadie pudiera aprender a restaurar.

Yo aprendí de mi país leyendo sus textos, me maravillé con la historia, estudié sus restauraciones, y también refuté varias de sus tesis: todo alumno en algún momento debe partir aguas con su maestro para hacer su propia escuela y montar su propia tienda de explosivos. Eso es lo que ella hubiera querido, una nueva generación de jóvenes investigadores tan apasionados por el patrimonio como ella, para que escriban antítesis a sus tesis y generar más desarrollo teórico.

Dentro de la teoría de la restauración hay una lección invaluable que nunca he podido cumplir, que dice: “cuando trabajes una pieza nunca debes dejar nada tuyo y/o ajeno en la obra”. Eso es imposible, no solo porque siempre se te queda una fibra de algodón por ahí, sino porque inevitablemente dejas un pedazo de tu alma pintada en toda la pieza, dejas tu tiempo encima de ella como si fuera un barniz, y le entregas tu corazón hasta que este deje de pulsar. Uno vive dentro de la obra mientras esta dure, ella siempre se queda con un pedazo nuestro.

Es por esta causa que me rehusé a asistir a los servicios fúnebres realizados este martes en nombre de Teresa Gisbert, pues ella no estuvo ahí. Ella está dentro de todos los que fueron inspirados por su obra, su ajayu fluye por todo el Museo Nacional de Arte, su corazón está latiendo en todos los cuadros que salvó, toda ella está en Potosí y en Sucre, vive en Tiwanaku y duerme dentro del textil. Es demasiado grande para entrar en una fosa en la tierra, ella no está ahí, hay que buscarla en todas las iglesias y ch’ullpares del altiplano, y en todos los pies de páginas de grandes académicos. Ella murió siendo inmortal.

Las Teresas de mi vida son como su nombre: milagrosas, cazadoras, son cosecha, son verano, y Teresa Gisbert fue eso para el patrimonio cultural boliviano, el pájaro parlante que hizo el verano, no hicieron falta golondrinas.

Restauradora y conservadora de bienes culturales - restauraciones.supay@gmail.com



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