Cochabamba, domingo 24 de junio de 2018

Ojo por ojo

Sobre la nueva película del cineasta griego Yorgos Lanthimos, El sacrificio del ciervo sagrado, que se exhibe actualmente en la sala del cine Prime. 
| Luis Brun | 25 feb 2018



Yorgos Lanthimos es uno de los directores con más personalidad. Actualmente, es muy conocido en el circuito de películas festivaleras y, además, ha logrado cierta difusión en el mercado comercial, en parte por el perfil de sus actores, aunque quiero creer que también ha logrado cultivar un público que lo va siguiendo silenciosamente. Ahora que está en la cartelera de Prime Cinemas de Cochabamba, no deja de ser conmovedor y a la vez extraño ver propuestas como esta en salas locales que hace tiempo parecían estar condenadas a mostrar solo comedias recocinadas y películas de terror mal hechas (que asustan poco o nada). Esta es, pues, una muy buena noticia.

La personalidad a la que hago referencia tiene que ver con una serie de recursos cinematográficos que Lanthimos ha ido consolidando y que configuran un discurso inconfundible. Puesta en imagen, tono de actuación, diálogos, estructura narrativa, todos estos elementos se acoplan naturalmente, conformando el universo que plantea este director griego: una mirada antropológica en la que se van escaneando o diseccionando los nexos o ligas que nos unen como sociedad. Para esto, Lanthimos usa, a manera de laboratorios imaginados, escenarios improbables e intencionalmente desprovistos de emoción o intensidad dramática.

En medio de este ambiente o atmósfera de aparente asepsia, Lanthimos plantea problemáticas realmente importantes: la incomunicación, el lenguaje y el aislamiento (Canino, 2009), o la resignificación de la muerte (Alps, 2011), la mecanización, el racionalismo posmoderno llevado al extremo en un escenario distópico (The Lobster, 2017). Estas películas tienen en común que van adquiriendo una estructura fabulesca, mítica y por ende religiosa. El sacrificio del ciervo sagrado es el ejemplo más claro de esa tendencia. De estas estructuras míticas religiosas, Lanthimos resalta las relaciones de poder, los vehículos racionales que accionan los comportamientos más básicos, más viscerales, usando lo paradójico, el humor negro, y hasta el absurdo para narrarlos, aunque el absurdo no sea otra cosa que una forma de confrontación con el patetismo de nuestros propios ritos.

En El sacrificio… este “humor negro”, por ponerle una etiqueta de género, es en realidad un mecanismo de distanciamiento, una suerte de efecto contrario al frío y mecánico comportamiento de sus personajes, siempre excesivamente estructurados y racionales, buscando controlar todo y distanciarse lo más posible de la superstición. Los giros de la trama, absurdos en su superficie, enfrentan a los personajes con lo desconocido, lo inclasificable e incontrolable. Lanthimos produce un clima de extrañeza con estos contrastes. Es el humor y en algunos casos la violencia los que crean puentes de equilibrio y desequilibrio constante, es decir generan tensión.

Puede decirse que la última película de Lanthimos es la pesadilla de cualquier médico: un paciente muere en la mesa de operaciones del Dr. Steven Murphy (Colin Pharrell), un paciente que posiblemente podía ser salvado. Ya sea por negligencia, mala praxis, error involuntario, o simplemente mala suerte o fuerzas sobrenaturales, Murphy queda de alguna forma marcado por la situación e inconscientemente intenta compensar a la familia afectada haciéndose amigo del hijo de su paciente. Lo que pasa luego con el huérfano en cuestión es realmente de terror, una especie de ley del talión, una tragedia judeocristiana, descarnada como el primer plano que nos muestra la película. Lanthimos lo reconoce, el horror es un género con el que coquetea, pero solo porque juega con los extremos, porque cuestiona, porque maneja la tensión en momentos improbables, incómodos y aprensivos para el espectador, pero siempre atrapantes. Porque, si hay una cualidad que destacar del director y además coguionista de la película, es su capacidad de hilar historias atractivas, con giros inesperados.

A esto sumemos una puesta en escena que muchos han comparado con la de Stanley Kubrick. Salvando las diferencias, Lanthimos recuerda al genial cineasta inglés no necesariamente por la plástica de sus imágenes en sí mismas (basta ver a Nicole Kidman, para recordar a su personaje en Eyes wide shut, 1999), sino por la búsqueda por usar la corporalidad como vehículo de la pugna entre lo racional y lo emotivo, y también el uso de la violencia como el signo de un paradigma en decadencia, algo que Michael Haneke ha trabajado magistralmente en su obra.

Esta especie de crítica a la deshumanización de la sociedad moderna y posmoderna que hace Lanthimos, tema que está muy presente en las películas “serias” de hoy, fluye y seduce, sin la saturación de símbolos que podríamos encontrar en una película como ¡Madre!, de Aronofsky, o la tragedia fácil de Gonzales Iñarritu, sin diluirse en la intrascendencia que se critica, como le sucede a la reciente Square, de Ruben Östlund.

Posiblemente, como pasa con muchos directores, Lanthimos se ablande con el tiempo. De hecho, El sacrificio… es una de sus películas más accesibles. Sin embargo, el proceso de maduración de su obra ha mantenido su estilo intacto, y nos promete aún más. Por ahora disfrutemos mientras podamos esta película en la pantalla grande. Al terminar la proyección, algo en nosotros se habrá movido, y saldremos con muchas preguntas.

Realizador audiovisual, crítico y docente - lr.brun.oropeza@gmail.com



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