Cochabamba, miércoles 26 de septiembre de 2018
FERIA LIBRE

Rebeldes Invertidos

| Bartolomé Leal | 18 feb 2018

En arte las rebeldías no siempre coinciden con sus equivalentes entre la gente de la calle o los señores políticos. Suele ocurrir que el izquierdismo dominante durante la segunda mitad del siglo XX, y que todavía lanza sus estertores agónicos tras la demolición de los muros y la erección de los nuevos, ya no puede adueñarse, como era en uso, de los adjetivos progresista, revolucionario, vanguardista o rebelde. Al revés, su discurso suena añejo y vacuo si no podrido. Así suelen manifestarse ciertos líderes latinoamericanos, gobernantes inclusive, cómplices de la corrupción, maestros de la mentira y la ineptitud.

El tema es antiguo y uno podría remontarse al período nazi, por ejemplo, tan lejano y tan cercano a la vez. Porque resulta que al revisar ciertas películas más o menos olvidadas, sobre todo ahora que las listas en boga de las mejores ponen como lo máximo en arte cinematográfico a engendros éticamente intragables como El Padrino o La guerra de las galaxias, se descubre que ciertas obras al ser re-visionadas muestran que los rebeldes “al revés” de otrora crearon piezas ejemplares e innovadoras, no políticas en el sentido convencional. O políticamente incorrectas.

Bueno, estamos confusos. Vamos a un par de ejemplos. Henri-Georges Clouzot, francés, dirigió un puñado de cintas que desbordaron todas las convenciones en su época. Clouzot fue abominado. Se le acusó de colaboracionista con los ocupantes nazis por haber seguido filmando películas durante ese período. Los rebeldes oficiales en el cine de entonces, los de la nouvelle vague, lo motejaron además de campeón del cinéma de qualité, la tradición ñoña contra la cual luchaban.

Pero no se puede sino reconocer que ese ser despreciable produjo dos obras maestras, al menos: El cuervo (1942) y El salario del miedo (1953). La primera fue atacada desde dos frentes: por los conservadores franceses que veían allí un cuadro inaceptable de la idiosincrasia nacional personificada en ese pueblo cercano a París donde se dan horrendas profundidades de hipocresía, cinismo e intolerancia. Y también por los partidarios de la resistencia, que lo acusaron, llegando a hacerlo enjuiciar, de ponerse a hacer cine con financiamiento alemán. Prohibieron la película y a la liberación ostracizaron a Clouzot. Los comunistas, coincidiendo con los conservadores religiosos, lo culparon de denigrar a la patria por encargo de los ocupantes nazis.

Como sea, El cuervo es un monumento en la historia del cine por motivos diversos: el implacable suspenso, su expresionismo en las imágenes, los juegos de luz y sombra, la creación de personajes desmesurados por su presencia casi obscena, la osadía de poner en una película temas como las drogas, el aborto, el adulterio… Y de fondo un tópico que hace rechinar los dientes: la delación anónima como instrumento de destrucción de las personas. Hay que verla para entender lo que es el buen cine. Para diferenciar entre los que son las estrategias de marketing y el análisis crítico.

El salario del miedo por su parte transcurre en un país latinoamericano indefinido. Es la más negra acusación a los supuestos amigos americanos que introducen su ponzoña en medio de la pobreza y el sufrimiento, haciendo de la codicia un instrumento de dominación. La película termina en tragedia. Los empresarios petroleros se comportan a la vez como mafiosos endiosados (“padrinos”) y como los invasores despiadados de las sagas espaciales. Es por tanto lo contrario de ciertas películas líderes en los ranking. Cabe señalar que El salario del miedo fue ganadora de los festivales de Cannes y Berlín.

Escritor - bartolome_leal@yahoo.com





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