Cochabamba, lunes 10 de diciembre de 2018

El vuelo del ángel

El escritor cochabambino Luis Carlos Sanabria nos ofrece este cuento, que forma parte del libro Deus ex machina, publicado el año pasado por la Editorial 3600
| Luis Carlos Sanabria | 18 feb 2018



El niño ingresa a la sala. El sonido de las bisagras oxidadas en la puerta y el rechinar de sus pisadas sobre el machimbre viejo, seco y bien lustrado se encargan de acelerar los latidos de su corazón. Cruza a través de un invisible vaho producto de las flores que lentamente se van marchitando: un laberinto de arreglos florales que le van mareando los sentidos. El niño en sus cortos siete años nunca ha sentido tanto temor y, sin embargo, cada paso que sigue al anterior en progresión se da con más seguridad y determinación.

Al final del laberinto encuentra un pequeño ataúd blanco, custodiado por cuatro enormes cirios cuyos pábilos arden. Las enormes velas se apoyan sobre cuatro pedestales metálicos con forros de terciopelo púrpura. Tras la cabecera del cajoncito blanco se encuentra vigilante un enorme Cristo crucificado, también metálico, con un gesto de dolor y agonía tan intenso que el niño se asusta y se llena de dolor por empatía. El cuerpo se le paraliza, tiembla y pretende huir de la mirada agonizante de su Salvador. Se tropieza con un arreglo floral. Cae y contiene sus ganas de llorar. Se avergüenza del miedo que le tiene a esa imagen. Se levanta y acomoda. Agradece que la familia esté congregada en la cocina preparando el festín mortuorio. Agradece que la madre del pequeño difunto descanse de su dolor con un sueño profundo en la planta superior de la casa. Se llena de valor, mira al enorme Cristo crucificado a los ojos y se persigna pidiendo perdón. Decide con determinación aprender qué significa INRI, sin saber que será una búsqueda que no lo abandonará el resto de su vida.

Se acerca al pequeño cajón blanco y encuentra entre ropitas también albas el pequeño cuerpo de un niño que no alcanzó a vivir más de tres días después de haber nacido. Un bebé que comparte su nombre, por el cariño que la madre del difuntito le tiene. “Si nos llamamos igual, tenemos que ser iguales”, piensa el niño. “Pero no podemos ser iguales, él está muerto y yo no. Tendría que esperar a que él tenga siete años y yo catorce para ver si somos iguales. Pero no se puede esperar. Mi mamá me ha dicho que es un angelito y ellos no crecen. Mi mamá me ha dicho que es un angelito, que los bebés cuando mueren se vuelven angelitos; pero mi profesora me dijo que no, que un bebito cuando se muere no va ni al cielo ni al infierno, no va a ningún lugar. Si no va a ningún lugar entonces se queda, y si se queda, ¿quiénes están muertos y quiénes están vivos?”.

El error del niño fue haber preguntado esto. Lo dijo durante el almuerzo de aquél día. Nadie lo sacó de su duda, ni reaccionó de manera violenta, pero la mirada de dolor que la madre del difuntito le lanzó fue suficiente penitencia y las miradas avergonzadas en los rostros rubicundos de sus padres fueron la señal de que no debería decir nada más. Finalmente, su madre trató de sacarlo de la duda y concluir con aquel momento incómodo.

—Es un angelito —dijo— ya tiene alitas en su espalda.

Para confirmar eso es que el niño ingresó a la sala del velorio después del almuerzo, cuando la madre del difuntito fue a descansar y en la cocina se quedaron a preparar el picante de gallina que servirían esa noche durante el velorio.

Estos pensamientos y recuerdos le invaden la cabeza mientras él se mantiene firme, al pie del cajoncito. Quiere corroborar la presencia de las alitas, ver con sus propios ojos que en verdad el cuerpo que ahí yace no es el de un bebé muerto, sino el de un angelito. Acerca tímidamente su mano al cajón blanco mientras tiembla de nervios. Si es un angelito, entonces no está muerto. Si no está muerto su quietud solo tiene sentido si está dormido. Si está dormido no quiere despertarlo, podría armarse un escándalo en casa y él no quiere más pesadumbre para la madre del difuntito. Suficiente angustia ya le han dado a la pobre señora que él tanto quiere las preguntas punzantes de su incisiva curiosidad.

Pero no puede emprender contramarcha, se siente aprisionado entre el mar de flores que exudan un olor dulzón, los cuatro cirios que arden con letargo, el Salvador coronado de espinas y aquel cajoncito blanco que más que ataúd parece una cuna. El niño quiere escapar, salir corriendo como cuando escapa de sus compañeros de grado, quienes siempre lo andan atormentando con golpes o travesuras malintencionadas. Quiere llorar como cuando se asusta con las formas oscuras, producto de las sombras que siempre invaden su cuarto por la culpa de alguna luz impertinente. Quiere gritar como cuando se ve liberado de sueños tormentosos por la bendición de despertar. Pero no puede emprender contramarcha. No puede demostrar temor ante el sufrido rostro del Hijo de Dios crucificado, porque le han enseñado que todo ese dolor que ve en la representación realista fue sufrido para que él no tuviera por qué tener miedo. Le han enseñado, y él cree firmemente, que por ese dolor él no debe temer a la muerte. Cierra los ojos para evitar la mirada punzante y se repite, agitadamente, en voz baja para que no lo escuche Cristo y se entere de que tiene miedo, se repite en voz baja para no despertar al angelito, se repite en voz baja, atropellando sus palabras, se repite en voz baja como recitando un conjuro, se repite en voz baja aquel versículo bíblico que le enseñó su tía: “En el amor no hay temor”, se dice, “sino que el perfecto amor hecha fuera todo temor”. Y lo repite una y otra vez, para ver si logra librarse del miedo que le carcome los adentros y le hace temblar las piernas. Lo repite tratando de convencerse del gesto de amor que lleva al sacrificio y que tiene en frente suyo, lo repite sin entender qué relación hay entre miedo, muerte, sacrificio y amor. Lo repite para ver si encuentra valentía en esas palabras. “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor hecha fuera todo temor”, se dice.

Se queda mirando a Dios hecho hombre en la agonía de su sacrificio y no entiende nada de su muerte y resurrección, menos del amor que predicó. No entiende e ignora por completo los dogmas, teorías, doctrinas y peleas alrededor de los últimos tres años de vida del hombre divino que no deja de mirarlo desde su cruz, del Hijo del Hombre que vivió hace miles de años, pero cuyo legado, intacto o modificado, se ha ido permeando a través de los siglos de los siglos. Se queda mirándolo y lo ve moverse, desprenderse de esa cruz para mostrarle sus heridas y decirle: “Cree”. Ve la cabeza metálica coronada de espinas acercarse a su oído y escucha con claridad: “No temas”.

El niño llora, pero sin llanto. Desobedece al Salvador porque teme. Llora porque el temor le ha aflojado la vejiga y ha dejado la evidencia de su miedo en un pequeño charco sobre el machimbre lustrado. Llora porque no puede creer mientras repite para sus adentros “Hay que tener fe. Hay que tener fe. Hay que tener fe. Hay que tener fe”. Y pasa diez minutos, sin moverse, sin dejar de repetir ese mantra, sintiendo el frío de su ropa mojada. Pasa diez minutos pensando por qué tiene miedo y no logra entenderlo. Pasa diez minutos pensando en el difuntito, el que tiene el mismo nombre que él. El que se le parece, el que es él sin ser él, a quien llaman entre llantos con su nombre, al que le dijeron que sería como un hermano para él, al pequeño bebé que no llegó a ser hombre y que ahora es, según dicen, un angelito.

Cierra los ojos y siente caer en un abismo oscuro. Siente que el olor de las ofrendas florales lo envuelven como una bruma espesa. Siente culpa pero no entiende por qué. Ha hecho preguntas que no debió haber hecho solo por el afán de saber. Siente los sollozos de la madre del difuntito, siente la vergüenza de su propia madre, siente el silencio indiferente de su padre. Siente que el olor dulzón de las flores le produce náuseas. Siente que gira y gira. Siente el vértigo de caer porque está a punto de derrumbarse. Y justo antes de hacerlo, antes que su cuerpo se desplome venciendo la resistencia débil de sus articulaciones, abre los ojos iluminando sus visiones, como acabando de recibir una epifanía.

Entonces ocurre el milagro y el niño entiende que no es necesario entender. Entiende que debe ser un niño. Entiende que su curiosidad y sus ganas de comprenderlo todo son el motivo de sus miedos, de las golpizas que los otros niños de su edad le dan, de los juegos solitarios en los parques. Entiende las incomodidades de sus padres y el dolor de la madre del difuntito. Entiende que si su mamá le dijo que el bebé muerto era un angelito no fue por calmarlo con una mentira, sino porque lo es.

Y el niño, despojado de todo temor, mete las manos en el cajoncito, decidido a despertar al ángel. Primero le toca la diminuta mano, fría, de piel suave y carnes blandas, la aprieta hasta sentir los huesitos finos y delgados de esa palma que él abarca por completo usando solo tres dedos. Lo sacude levemente, pero no abre los ojitos, le pellizca los cachetes regordetes sin malicia, pero el angelito no emprende vuelo. Por último le abre los párpados, delgados como láminas, para que la luz lo despierte. Pero el angelito sigue durmiendo.

De repente sabe bien qué hacer. Sabe que el vértigo despierta a quien sea, lo sabe aún sin saber el significado de la palabra vértigo, porque más de una vez soñó que se caía y la sensación producida en el sueño siempre era capaz de despertarlo. Mete ambas manos al ataúd para tomar con cuidado al angelito y se sorprende por lo ligero de su peso.

“Así deben pesar todos los ángeles para poder dormir sobre las nubes”, piensa.

Al levantar al difuntito todo queda confirmado: tiene en la espalda un par de pequeñas alas hechas de cartulina blanca. Recortadas con delicadeza y buen pulso. Decoradas con detalles dibujados con marcador negro. Alas sujetadas a la chambrita del bebé con dos diminutos y bien escondidos imperdibles. Esto emociona y llena de felicidad al niño, que se dirige a toda prisa y lleno de emoción a la terraza de la casa, cargando con firmeza al difuntito, totalmente convencido de lo que cree. Corre con la seguridad de que no debe tener miedo, con la firmeza de que ayudará a todo el mundo, de que quitará la angustia que sus preguntas causaron a la mamá del bebé fallecido, de que la calma llegará haciendo volar al angelito, para que regrese al cielo, donde debe estar.

Escritor- Twitter: @luisca_sl



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