Cochabamba, miércoles 26 de septiembre de 2018

Ver Llámame por tu nombre es como enamorarse por primera vez

La cinta que relata la historia de un romance homosexual a un nivel altamente sensorial y emotivo se encuentra en la cartelera del Prime Cinema. Con la firma de Luca Guadagnino, se encuentra entre las nominadas a Mejor Película en los Oscar 2018.
| Manohla Dargis NY Times | 18 feb 2018



A las películas de Luca Guadagnino no solo las ves, las absorbes. Sus filmes más conocidos, Yo soy el amor y A Bigger Splash, nos muestran a gente hermosa con un gusto impecable mientras viven intensamente sus días de la alta burguesía. La pasión y el drama le dan jaque a esas vidas, pero lo que más destaca de las películas es la calidad extraordinariamente palpable que tienen. En el trabajo que hace Guadagnino, esa pasión y drama son expresadas con palabras, hechos y música cuya fuerza va en ascenso y también en las texturas vibrantes y viscerales que rodean a los personajes: mármol frío, frutas suculentas, la luz y la sombra, los destellos del sudor. Son películas que vuelven a tu mirada casi capaz del tacto, que te invitan a ver y casi acariciar los cuerpos que se asolean en la pantalla.

La más reciente película de Guadagnino, Llámame por tu nombre, es otro embelesamiento de los sentidos, aunque esta vez sí hay un centro narrativo que logra unir todas las superficies sensuales y las emociones agitadas. Como la novela de 2007 escrita por André Aciman en la que está basada, la historia trata sobre un enamoramiento: el de Elio Perlman (Timothée Chalamet) –un juguetón italoestadounidense de 17 años– con Oliver (Armie Hammer) –un estadounidense en sus veintes–. Elio vive con su padre (Michael Stuhlbarg, extraordinario) y su madre (Amira Casar) en una villa al norte de Italia. Cada verano, el padre, un profesor de cultura grecorromana, invita a un estudiante a trabajar con él y a quedarse con su familia. Este año es el turno de Oliver.

El enamoramiento entre Elio y Oliver comienza lentamente; dan vueltas cerca del otro pero se mantienen a la distancia, queriendo mostrar indiferencia para disfrazar su interés. Oliver termina siendo mucho mejor en ese juego, sabe que no conviene mirar por mucho tiempo o con demasiada intensidad. En contraste, las miradas furtivas de Elio terminan quedándose enfocadas como si estuviera haciendo una pregunta con sus ojos. Está cada vez más curioso sobre el nuevo huésped, pero inexplicablemente (bueno, para él) también molesto con este; incluso se queja con sus padres sobre la despedida típica de Oliver (“Ahí te ves”.) Pero cuando Elio pone por escrito sus quejas, y luego se reprende a sí mismo por haberse comportado duramente con Oliver, es como si estuviera escribiendo una carta de amor apologética.

Guadagnino es muy bueno cuando se trata de captar el ir y venir indolente de los días veraniegos, con la somnolencia y las partes expuestas de cuerpos ataviados para el calor. Todos parecen moverse en cámara lenta en la villa, con la excepción quizá de la ayudante del hogar de la familia. Esa languidez empata bien con el ritmo de la relación de Oliver y Elio, que evoluciona a lo largo de comidas, paseos por idilios, un poco de trabajo y un recital de piano espontáneo que en realidad es la obertura de la seducción. Elio, un músico talentoso, se mueve del piano a la guitarra (con la misma facilidad que su familia mezcla el inglés con el francés y el italiano), un talento que lo hace encajar perfecto en esa villa con estantes kilométricos repletos de libros, sofás de terciopelo y antigüedades colocadas por doquier con buen gusto.

Es un entorno seductor, sin duda: encantador, civilizado y perfectamente ordenado (quizá demasiado, no parece haber defecto alguno). Hasta una mesa de desayuno y la fruta que cuelga de un árbol aparentemente fueron parte de la dirección artística. Es como si Guadagnino no pudiera evitar hacer que todo se vea embriagante. Pero pese a ello logra que se vea la realidad de esta familia. El piano de cola, al fin y al cabo, no es solo decorativo; tampoco lo son los libros ni el afecto y el respeto que se muestran entre sí Elio y sus padres. (La película puede incluso ser un recordatorio de lo poco que se ve en la pantalla grande a las personas leyendo o escuchando música clásica por placer). Llámame por tu nombre está ambientada en 1983 y por tanto nadie se queda viendo un teléfono celular; la epidemia del sida tampoco es parte de la historia pero sí se da a entender que el miedo a salir del clóset está presente.

La trama se desenvuelve sobre todo desde el punto de vista de Elio. La cámara lo sigue impaciente para mostrar lo que él ve, sus sueños y anhelos eróticos. Y al final es Elio el que da inicio abiertamente a la relación, aunque Oliver admite después haber tomado pasos en lo que se vende así como seducción mutua. Guadagnino evita hacer referencias directas a la disparidad en edades, algo que quizá lo habría forzado a explorar de manera más liosa lo que hay debajo de sus superficies suntuosas. Guadagnino hace referencia más bien a la belleza que rodea todo, como cuando el padre de Elio habla poéticamente con un Oliver algo inquieto al respecto sobre la “ambigüedad intemporal” de las estatuas masculinas (“Es como si nos desafiaran a desearlas”, dice.)

Con un guion de James Ivory, Llámame por tu nombre muestra todas las evasiones y los encuentros; los avances de Elio y los pasos para atrás de Oliver mientras cada uno se mueve en círculos cada vez más cerca del otro. Los dos no siempre dicen (no pueden o no quieren) lo que realmente piensan. Entonces Guadagnino habla por ellos al volver evidente el deseo en la ambientación lujosa, en lo verdoso de la villa, el agua que brota de las fuentes y los contornos de las estatuas masculinas. Cuando Oliver se engulle un huevo tibio y, al romper la cáscara con hambre, hace que la yema chorree por doquier, el lirismo de Guadagnino es casi cómico; no queda claro si el momento pretende ser una autoburla del juego entre sentir algo y que la cámara sea la que lo muestre.

Aun así, el lirismo seduce, al igual que Elio, frágil y alborozador. Llámame por tu nombre no es tanto una historia de transición a la adultez, con la pérdida y la inocencia menguada que eso conlleva, sino hacia la sensibilidad. De esa manera trata más sobre la creación de un nuevo hombre que, como sugiere la trama, es liberado por un placer que no necesariamente establece una identidad sexual. Elio y Oliver ambos tienen relaciones con mujeres, aunque por razones aparentemente distintas: Elio, sobreexcitado, tiene sexo con una novia (Esther Garrel) mientras que Oliver tiene un encuentro algo más performativo con una joven del pueblo (Victoire Du Bois). A las mujeres no las tratan con mucha gentileza pero esos encuentros sí transmiten una aparente visión de la fluidez del placer.

Hay momentos en los que las elecciones visuales de Guadagnino parecen competir, sin que sea la intención, con las emociones más quietas e intrincadas que presentan sus actores de manera tan conmovedora. El director puede ser tan discreto que parece remilgado (los cuerpos sudan pero no necesariamente hay gemidos), aunque la delicadeza insistente y la profundidad de las emociones son las que hacen a estos personajes tan tiernos que te paran momentáneamente el corazón.

Chalamet, muy carismático, Hammer y Stuhlbarg –quien logra dar magníficamente un monólogo complicado que rompe el corazón y, lo que es más, la patina lustrosa de toda la película– transforman la belleza que se ve en un sentir para el espectador.

En el transcurso de un verano vivaz, vulnerable y que cambia su vida, el deseo de Elio se vuelve propósito. Logra amar y, con ello, ser.

Crítica y periodista



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