Cochabamba, lunes 24 de septiembre de 2018

La forma del agua: el naufragio que no fue

Guillermo Del Toro ha vuelto a escribir su nombre en lo más alto de las nominaciones a los Premios Oscar 2018. Sin embargo, su último estreno parece dejar un gusto a poco. La cinta continúa proyectándose en salas locales.
| Mijail Miranda Zapata | 18 feb 2018



La forma del agua, la nueva película del mexicano Guillermo Del Toro (Guadalajara, 1964), es una de las grandes candidatas a arrasar con los premios Oscar 2018 y es que cualidades no le faltan, aunque bien sabido es que no todo lo que brilla es oro.

Lo primero que llama la atención, apenas transcurridos los primeros minutos del metraje es la inmersión visual que provoca una fotografía (Dan Laustsen), con una paleta verde azulada que marca la pauta general del filme, semejando no solo los colores que podríamos hallar en el vientre de un coral marino o alguna laguna sagrada en cercanías del Amazonas, sino también sus texturas y temperaturas.

Es así que, en primera instancia, La forma del agua es un deleite para la vista, a pesar de que por momentos esta saturación verdosa provoque una reacción más visceral que emotiva. Esta paradoja quizás sea la tesis principal planteada por Del Toro: cómo nos enfrentamos al hábitat de quien parece ser completamente distinto a nosotros, cómo nos acercamos al otro y qué posibilidades hay de compartir un espacio en común, de amar en esa aparente diferencia/distancia.

Pero la cámara no se limita a registrar esta atmósfera onírica y por momentos asfixiante. También se desplaza con cadencia, como intentando liberarse de sus ataduras cromáticas, guiada por el compás de una banda sonora (con la firma de Alexander Desplat, viejo conocido de genios de la talla de Wes Anderson) que contrasta las imágenes, su aspecto mohoso y enfermizo, aplacando sua crudeza y frialdad dándoles un aire conmovedor, casi bucólico.

Y es que antes que una película perteneciente a la ciencia ficción o algún subgénero del terror, La forma del agua es, simple y llanamente, sin mayores pretensiones, una comedia romántica. Una aventura amorosa que de ninguna forma pretende salirse del molde de la industria. Este no es un reclamo, de ningún modo, reafirmando que el cine también puede ser entretenimiento y pretexto para unos buenos arrumacos. De ahí que no se entienda que cierta crítica le exija a Del Toro códigos de un cine más reflexivo y experimental que pocas veces tiene cabida en las pomposas galas de los Oscar.

Más allá de sus formas, adentrándonos en la narración, La forma del agua cuenta la historia de un amor improbable, aunque inmediato y sencillo, entre un monstruo acuático, una suerte de dios amazónico, y una encargada de aseo, muda y tímida, de un truculento laboratorio militar estadounidense. La ambientación del relato, situado en la década de los 60, también confiere a esta aventura un toque épico, que la acerca con facilidad a las fibras más nostálgicas de cualquier espectador.

En el trance amoroso, en esa locura desatada al encontrar en el otro un reflejo de los propios dolores y anhelos, Elisa (interpretada por la británica Sally Hawkins), la mujer que solo puede comunicarse a través de señas, decide liberar al extraño anfibio, aprisionado y torturado por esa absurda fobia humana a lo desconocido, al saberlo en peligro. Para conseguirlo, arma un equipo de rescate junto a su mejor amigo, un anciano gay, y su colega, una fortachona mujer negra. Esta cuadrilla compuesta por el engendro, la joven silenciosa, el homosexual y la afroamericana, parece crear un espacio de resistencia y solidaridad marginal que se insubordina frente al establishment blanco, dictatorial, imperativo, discriminador y rapaz. Esta suerte de carga política tal vez sea el arma más utilitaria para seducir a una Academia siempre decantada por la corrección política.

El “malo” en este cuento se encuentra perfectamente encarnado por Michael Shannon en el personaje de Richard Strickland, un empleado del gobierno yankee, extravagante y proclive al abuso de autoridad. Un antagonista común pero marcadamente exagerado, que funciona a la perfección solo gracias al ambiente caricaturesco que le imprime Del Toro a su cinta, que, en ese sentido, evoca el trabajo de Jean-Pierre Jeunet en Amelié, Delicatessen o, más aún, La ciudad de los niños perdidos.

La forma del agua ofrece una gran experiencia sensorial, pero no termina de conmover, convencer, envolver, atrapar, quizás porque se ciñe a un guion que no aspira a mucho más que repetir la fórmula de “la bella y la bestia”, muy en el fondo, aunque en la superficie aparente quebrar esa lógica.

“La vida es lo que queda del naufragio de nuestros planes”, dice la película en uno de sus secuencias más emotivas (una de las pocas). Quizás a Del Toro, para hacer de este portento cinematográfico un verdadero clásico, le faltó naufragar en las borrascosas aguas de los amores imperfectos y salvajes, esos que sí saben como hacerse inolvidables.

Periodista - @mijail_kbx



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