Cochabamba, sábado 20 de octubre de 2018
[El Nido del Cuervo]

Los extremos pitagóricos

| Ana Cecilia Ballerstaedt | 11 feb 2018



A menudo escuchamos frases trilladas sobre los opuestos, extremos que se repelen, polos distantes y contrarios que, muy a pesar de ello, instauran armonía al interactuar entre sí. Con más distinciones que semejanzas se gesta una atracción fatal entre ellos, cuyo núcleo causal y originario es precisamente esa diferenciación que los califica como antónimos. La vertiente pitagórica acentúa esta dualidad y la coloca en términos simples y generales por medio de una tabla cuyos extremos separan, a la vez que conectan, una variedad de contrarios dispuestos uno al lado de otro. En una hilera se observan principios como uno, impar, finito, luz; en la otra, paralela, nos topamos con múltiple, par, infinito, oscuridad, entre otros. Una de las clasificaciones más básicas, tanto humana como animal, hace también acto de presencia en la tabla: lo masculino y lo femenino, el hombre y la mujer.

Él está dentro de los parámetros rectores de la columna de lo impar y ella pertenece a la categoría de pares. Los puestos de ambos personajes resaltan características que probablemente los seguidores de Pitágoras consideraban innatas o inherentes a la naturaleza de cada uno de ellos. La asignación de lo masculino al ámbito de la luz y lo finito insinuaría, de algún modo, cierta condición cognoscible e inteligible que se adscribiría a esta manera de ser biológica. Antagónicamente, la feminidad pertenecería al orden de lo inconmensurable, lo oscuro y lo inasible, y también, resaltémoslo, de lo infinito, algo que, por lo demás, no deja de llamar la atención.

La idea del hombre como individuo transparente y reconocible al tacto, a simple vista, inmediatamente, en contraste con la de la mujer como personaje indefinido y huidizo es muy romántica y recuerda poemas medievales que los bardos dedicaban por aquel entonces a sus amadas o a agraciadas doncellas que se cruzaban en su camino; poemas en los que ellas eran comparadas con rosas o inusuales paisajes paradisíacos que evocaban historias míticas, de ninfas y sirenas, conocidas mujeres, más divinas que humanas, astutas y bellas.

En la tragedia Antígona, de Sófocles, se observa esta contraposición entre un sexo y otro: los protagonistas están en constante pugna y el argumento principal de la obra se concentra y gira en torno a esta disputa. Una lectura hegeliana dedicada a este texto ilumina el panorama y nos presenta el conflicto en base a personificaciones universales: la mujer, Antígona, simboliza la ley divina; mientras que el varón, Creonte, nos conecta con la ley humana. La primera se identifica con la familia, el segundo con ciertos caracteres del pueblo. Aquélla encarna la individualidad, lo privado; éste la comunidad y el orden diurno, el que está fuera de la casa, lejos del reino femenino del hogar, lo público. La mujer es raíz y tierra, subterráneo, el hombre tronco, ramas y hojas, aire e intemperie; y, como es lógico, lo uno no puede subsistir sin lo otro sino que ambos se requieren permanentemente, aunque no siempre lo sepan. La autoconciencia varonil no podría prescindir del ámbito femenino, que representa el mundo inconsciente, permanentemente escondido y puesto en reserva.

Nuestro maestro de filosofía nos hablaba de la femenina luna y el masculino sol, y a través de sus palabras recordaba, casi sin querer, a la infinita mujer pitagórica presente en la tabla de contrarios, y sonreía para sí con modestia e intensidad. Las palabras gestación, parto y fertilidad aterrizaban en la mente, quizá como posibilidades, quizá como imperativos biológicos. La creación de un ser dentro de otro ser, no siempre concretada, no en todos los casos puesta en acto, sino tan sólo siendo potencia. La canónica idea de lo femenino colindante, de manera estrechísima y simbiótica, con la maternidad; algo que, sin duda, reprocharían los movimientos feministas actuales.

Por años, décadas y siglos, se ha asociado a la mujer con la familia dada su posible maternidad. Así, su pertenencia a este ámbito ha sido tácitamente aceptada sin mayores cuestionamientos. Los lazos de parentesco que engloban a un núcleo familiar son correlativos a un recinto en el cual impera la consanguinidad. A diferencia de la vida pública, en la cual el varón soliera, en un pasado no muy lejano, intervenir más, la estructura hogareña se maneja según cierta lógica implícita, que no responde a una elección como la de la comunidad, sino a una necesidad, que podríamos catalogar también bajo la rúbrica de la imposición. La voluntad, rectora cuando se arma una sociedad política, conlleva un carácter intrínsecamente humano, que es el de poder (o al menos desear) ser cada cual dueño de su destino y forjarse, a la par, un camino, que converja con el de otros en intereses de orden, organización, poder, etc. La familia, por su parte, se presenta como la potencia biológica por excelencia, donde no impera esta autarquía (volitiva) sino un mecanicismo manso y subyacente, que se ramifica de manera invisible pero contundente.

Filósofa





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