Cochabamba, jueves 24 de mayo de 2018

Salir de la niebla de la ilusión

En Call me by your name, adaptación de la novela de Andre Aciman, el italiano Luca Guadagnino explora, con una puesta en escena milimétrica, los cauces del deseo, la vergüenza y el sufrimiento. La cinta, candidata al Oscar a Mejor Película y otras tres estatuillas, se estrenará en salas locales este jueves 15.
| Endika Rey Otroscines Europa | 11 feb 2018



Call me by your name es la historia de un plano general que acaba convirtiéndose en un primer plano. Como ya ocurría en Cegados por el sol o Yo soy el amor, a Luca Guadagnino le interesa primero describir el espacio en el que situar a sus protagonistas, con lo que comenzamos con planos abiertos que nos enseñan una casa y un pueblo de veraneo, pero también los caminos que los unen y las personas que los habitan. La estrategia es tan antigua cómo el propio cine: una vez asentado el contexto espacial, resulta mucho más esclarecedor determinar una puesta en escena a través de las distancias entre los personajes, y entre estos y su entorno. Una forma de pensar en el dolor antes del dolor mismo, ya que Call me by your name habla sobre los huecos vitales rellenados, pero también sobre aquel vacío que queda cuando todo se desvanece.

Una de las claves de la película es, pues, ese anticiparse a lo que está por llegar. Elio (un impresionante Timothée Chalamet) se pasa toda la película queriendo ser una persona que todavía no conoce. Sabemos que podrá conseguir lo que desea, pero también que todo puede desaparecer rápidamente. Cuando Oliver (un no menos fantástico Armie Hammer) se instala en su casa, Guadagnino desentraña la atracción y el deseo primero a través de una cierta distancia, como si el invitado fuese una de las estatuas clásicas que inundan el relato. Para idolatrar, primero hace falta mirar, y Call me by your name es una película sobre una mirada tan externa como interna: al final, ambos se encuentran en el otro. Tal y como aseguraba Andre Aciman en la novela que adapta Guadagnino, una de las claves del filme es ese nombre propio con el que ambos se llaman y que ya está señalado desde el título, “porque él es más yo que yo mismo”.

Pongamos un ejemplo: cuando Elio se abre a Oliver en la plaza del pueblo y confiesa su deseo, la cámara rueda en un único plano a Elio de espaldas mientras Oliver escucha, alejado. El travelling, casi circular, omite el rostro del interlocutor pero el plano general también nos aleja de la reacción de Oliver. Estamos ante una decisión de puesta en escena pausada, que no quiere precipitarse al mundo de las emociones porque, como para sus personajes, éstas todavía están por llegar. Guadagnino jugará con esas distancias y desenfoques a lo largo de toda la película de un modo preciso, hasta acercar a sus protagonistas entre ellos y hacia nosotros de manera progresiva, cuando el amor ya no se avergüence de sí mismo ni de estar a la altura. Aciman asegura que ésta es la historia de “una pareja de espectros que toman forma al salir de la niebla de la ilusión: deseo y vergüenza”, y eso es lo que el director persigue: hacer que la historia de amor tome forma, sin miedo a ocultar información porque precisamente de ahí nace el atrevimiento que empuja a seguir.

Llama la atención una de las decisiones que Guadagnino y James Ivory, como guionista, toman a mitad de relato. Cuando Elio y Oliver tienen su primer encuentro sexual, la cámara omite el desnudo y realiza una panorámica hacia la ventana evitando al espectador ser cómplice del momento. Éste es, tal vez, el único instante en el que esa puesta en escena milimétrica resulta un tanto injustificable: sí, el espectador se queda observando el albaricoque fuera de la casa como si ya se estuviese plantando una semilla en guión de una de las futuras secuencias de la película (la idea no es gratuita). Pero el hecho de privarnos de la vivencia de los personajes acarrea un halo de vergüenza ya superado. Al contrario de lo que ocurría en el libro, mucho más centrado en una sexualidad tan burda como excitante, la desaparición del sexo parece responder más a una decisión estética e ideológica que a la lógica interna del film. ¿Acaso si estuviésemos en una película que hablara de una historia de amor entre un hombre y una mujer se nos habrían omitido los cuerpos?

En cualquier caso, esta es la única vez en todo Call me by your name que la dirección se desvía de su objetivo: estudiar cómo la fascinación y el deseo no se rompen, sino que te rompen. Al igual que el libro de Heráclito en el que se basa parte de una subtrama, los protagonistas acaban siendo fragmentos de otros momentos vitales. Cuando llegamos al final y a un increíble tercer acto, sorprendentemente extendido en el tiempo, entendemos que la película no sólo habla del auto-descubrimiento en el otro, sino también de la necesidad de dominar el sufrimiento y no apagar su llama.

Crítica de cine



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