Cochabamba, viernes 21 de septiembre de 2018

Clint Eastwood y el placer de hacer películas

15:17 Tren a París reconcilia al director con una forma sencilla y bella de rodar. La cinta está en cartelera de los cines Norte, Capitol y Prime.
| Juan Sardá El Cultural | 11 feb 2018



A sus venerables 87 años, no cabe ninguna duda de que Clint Eastwood sigue haciendo películas sencillamente porque disfruta haciéndolas. Ahí empieza y ahí acaba la cosa. Y si hay algo que al director siempre le ha gustado es el heroísmo. De hecho, casi parece que toda su filmografía, de una manera profunda, viene a contar la misma historia: la capacidad de los seres humanos, por ruines o atroces que parezcan, de darle la vuelta a la tortilla y demostrar al mundo su grandeza interior. Es la de Eastwood una mirada humanística, un director que siempre se ha interesado por lo que tienen de bueno y de bello los seres comunes y no por la grandeza de los grandiosos.

Por supuesto, Clint Eastwood, además de ser el más republicano de Hollywood, es también un cineasta patriota. Si algo nos ha quedado claro, como mínimo después de la impresionante El francotirador (2014), es que al director no le gustan los yihadistas, le gusta mucho su país, Estados Unidos, y no tiene ningunas ganas de disimular ni remotamente lo contrario. Es decir, en el mundo de Eastwood el enemigo no tiene matices, apenas rostro, es malo y por suerte para nosotros hay alguien dispuesto a hacerle frente. Son valores patrióticos, militares incluso, que ensalzan la nobleza de espíritu y una cierta simplicidad instintivamente buena.

Después de habernos contados en Sully (2016) la peripecia de un piloto que logró estrellar en el río Hudson su avión repleto de pasajeros salvándoles la vida a todos ellos, los héroes de esta 15:17 Tren a París, en realidad, se parecen bastante a aquel canoso personaje, también inspirado en la vida real. Aquí Eastwood riza aún más el rizo y los actores protagonistas son los mismos chicos que protagonizaron una gesta ciertamente espectacular, enfrentarse y poner fuera de juego a un peligroso terrorista de confesión musulmana e inspiración fanática que estaba preparado para provocar una matanza en un tren que comunicaba Ámsterdam con la capital de Francia.

Sucedió en 2015 y la noticia dio la vuelta al mundo. Los tres héroes americanos, dos miembros de las extensas y poderosas fuerzas armadas del país y un amigo suyo de la infancia de raza negra, saltaron a las portadas internacionales gracias a su valiente y generoso acto. La decisión más extraña de este filme que les rinde homenaje es precisamente esa, que los mismos chicos que se enfrentaron al asesino son los protagonistas de la película. Esto les da a sus interpretaciones una indiscutible objetividad, pero, al mismo tiempo, también requiere talento interpretarse a uno mismo. Y no, no son precisamente Laurece Olivier. A ratos, 15:17 Tren a París parece una función del colegio.

Lo más curioso es que hay poco que contar de estos personajes que no sea estrictamente banal en el mejor sentido. La película nos explica su infancia, aprovechando para cargar contra la obsesión estadounidense de sobremedicar a los niños, y prosigue con sus titubeos adolescentes para contarnos después cómo dos de ellos deciden ingresar en el ejército -aunque ironías de la vida, a uno le niegan la entrada a un cuerpo dedicado a salvar vidas-, todo ello para finalmente lograr la proeza del tren a París que los hizo mundialmente famosos. Hay algo muy “camp” en esta película, una cierta inocencia elemental que quizá reconcilia a Eastwood con una forma sencilla y bella de rodar, como si a sus 87 años decidiera que quiere volver a vivir el cine como si fuera un juego y hablar de lo que le gusta.

Lo que cuenta el director no tiene nada de propaganda, ni de nacionalista de la peor especie ni cualquier tontería de la que quizá le acusen los tontos del asunto: el amor por la comunidad, el espíritu de sacrificio, la nobleza e incluso es posible que una cierta ingenuidad son algo bello. Ya que casi nadie se acuerda de recordarlo, cabe alegrarse de que Eastwood al menos sí esté por la labor. 15:17 Tren a París tiene una belleza esencial y pura, a ratos incluso está “mal hecha”, como si una cierta falta de pulcritud fuera un valor en un mundo hipertecnológico donde el cine es cada vez más perfecto y más falto de alma. Cada una de sus películas podría ser ya la última. Si fuera esta, es uno de los más hermosos poemas que ha escrito para esos chicos de clase media, que ven muchos deportes, se pirran por las chicas, noblotes y no precisamente intelectuales, ni guapos ni feos pero con el corazón en su sitio. Si existe algo parecido al “americano medio”, Eastwood ha sido el cineasta que ha sabido retratarlo con mayor amor. El amor por los suyos será sin duda el mayor legado del artista.

Periodista



TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

MÁS NOTICIAS DE « RAMONA »:

Opinión en Twitter
Opinión en Facebook
Portada Impresa