Cochabamba, jueves 16 de agosto de 2018

El comunismo en el incario, tierras al pueblo y minas al Estado según Tristán Marof

Gustavo Adolfo Navarro era el hombre detrás de uno de los seudónimos más influyentes en el pensamiento de izquierda boliviano. Su escritura literaria, certera y fuertemente crítica lo situaron entre los más importantes intelectuales de América Latina en el siglo pasado. Ofrecemos un repaso a su impronta en la construcción de la bolivianidad.
| Freddy Zárate | 11 feb 2018



En la segunda década del siglo XX, Gustavo Adolfo Navarro (1896-1979) publicó el libro Poetas idealistas e idealismo de la América Hispánica (Gonzales y Medina editores, La Paz, 1919), la cual lleva una carta prólogo de la poetisa Gabriela Mistral. En estas páginas, el autor hace un breve estudio de los poetas Amado Nervo, Arturo Capdevilla, José Martí, Fabio Fiallo, Gabriela Mistral, Franz Tamayo, entre otros. Al final del texto, Navarro incluye una conferencia que dictó en Santiago del Estero (Argentina). En estas breves páginas se puede advertir las tempranas ideas acerca de su concepción del comunismo en el incario.

Según relata Navarro, en esos años de turbulencia política entre el ocaso del liberalismo y la emergencia política del republicanismo, tuvo que viajar en una “aventura lírica, cuando andaba errante y proscrito”, se detuvo momentáneamente en Santiago del Estero, ahí conoció un núcleo entusiasta de jóvenes congregados en la Sociedad Sarmiento, en donde pronunció su conferencia titulada: “El concepto de la civilización americana entre los quechuas” y “El comunismo entre los incas”.

La tesis que formuló Gustavo A. Navarro fue la “idea comunal” que estuvo muy desarrollada entre los quechuas, al grado de alcanzar –por poco– la “perfección sindicalista”. Esta idea exigida “por todos los que sufren (…), por los que golpean con sus puños miserables las puertas del capital”. Para explicar su versión edulcorada del incario, Navarro rememoró a “Manco Cápac, hijo rebelde Atkao y Huaynay y Organ, sus abuelos que allí en las tierras del Asia se habían propuesto reformar las instituciones y las leyes, tropezando con la férrea imposición amarilla, pasaron a América y fue aquí donde establecieron la más sólida reglamentación común, que estaba fundada no por una convención humana o social, sino sobre el sentido moral y la idea de purificación idealista”. Esta afirmación no tiene asidero histórico, pero, es parte de la construcción de la leyenda dorada del incario.

En esta primera etapa, Navarro afirma que existió un comunismo con “dulzura inefable y una suavidad estratégica” reflejada a través de las enseñanzas de Manco Cápac a sus súbditos. Ellos aprendieron a cultivar la tierra y los frutos que producía fueran repartidos entre sus habitantes, y todos (a excepción de los impedidos) estaban obligados a trabajar. Aún los niños y los inválidos tenían ocupación, cuidando los rebaños o tejían en los hilares, en pocas palabras, “la pereza era abominable”.

A decir de Navarro, en esta sociedad no “había división de clases sociales”, pero existía una casta superior que estuvo conformada por los sacerdotes adoradores del Sol y todos aquellos que prestaron servicios a su comunidad, Gustavo Navarro es enigmático y contradictorio en sus loas igualitarias en el incario al aceptar de modo positivo una casta “superior” destinada a gobernar de modo verticalista.

Con respecto a la vida cotidiana, Navarro alega que la “amistad falsa” y la “risa hipócrita” eran reprochables. Había un respeto a los ancianos que era visto como una costumbre tradicional, en pocas palabras, en la sociedad del incario: “Todos se amaban, todos se querían. Es así que se fundó el imperio del Tawantinsuyo”.

Tras retornar a Bolivia de su destierro, el presidente Bautista Saavedra designó a Gustavo A. Navarro Cónsul en Francia (posteriormente en Italia y Escocia). Al llegar a París en 1921, el joven Navarro sintió en carne propia el inicio de la fiebre socialista. En su estadía en la “grande nation” concluyó el texto intitulado El ingenuo continente americano, pero fue advertido que era peligroso que firmase con su nombre, puesto que desempeñaba un cargo diplomático y su libro hacía alusión a la Guerra del Pacifico con Chile (capítulo segundo El crimen de América). Es así que surgió la idea de utilizar un pseudónimo: “Quise hacerlo naturalmente con el nombre de Iván, pero un amigo español que tenía, Darius Frosti (Amadeo Lehua) me sugirió que adoptara el nombre de Tristán. Acepté la sugestión y le di el apellido de Marof, que ni siquiera es ruso, sino búlgaro”, declaró años más tarde Navarro.

El primer libro publicado con el pseudónimo de Marof fue El Ingenuo continente americano (Editorial Maucci, Barcelona, 1922), este texto causó polémica llegando a protestar el Cónsul de Chile en La Paz, “estaba de presidente don Bautista Saavedra, hombre de luces y de gran capacidad intelectual. Ordenó que respondieran a los de Chile que el autor Marof era desconocido y que el Cónsul se llamaba Navarro (…). Don Bautista que me quería mucho, me trasladó a Génova, también como Cónsul”, dice Navarro. Durante su permanencia en Génova, Marof publicó la novela Suetonio Pimienta. Memorias de un diplomático de la República Zanahoria, (Editorial Biagini, 1924). Por esos años Tristán Marof se encontraba en Bruselas, allí hizo amistad con el escritor belga Víctor Orban que le instó divulgar su manuscrito sobre el imperio incaico. Es así que salió a luz –dos años después– el ensayo La Justicia del Inca (La Edición Latino Americana, Bruselas, 1926).

Hoy puede ser considerado el escritor boliviano Tristán Marof uno de los precursores en divulgar –tanto a nivel nacional e internacional– los principios quechuas del ama sua (no seas ladrón), ama llulla (no seas mentiroso) y ama quella (no seas flojo), al unísono que propagó la utópica del incario enfatizando que era una época feliz en donde “no se conocía la política y por consiguiente no habían bandos personalistas y sanguinarios que se destrozasen entre sí. La vida era tranquila, sencilla, laboriosa y se deslizaba cantando églogas sin otra aspiración que la dicha de la comunidad por el trabajo (…). Todo habitante tenía asegurada su vida y su porvenir”.

Marof ennobleció a los incas como grandes estadistas que gobernaron con sabiduría a su pueblo, pero este hecho fue olvidado premeditadamente por los españoles y su descendencia. La conquista, la colonia y la vida republicana trajeron “una serie de problemas e inquietudes que hasta hoy no se pueden resolver, que no se resolverán sino el día que regresemos a la tierra y demos a cada habitante su independencia económica, es decir, junto con la tierra la idea del trabajo organizado y en comunidad”.

Para Tristán Marof, la civilización incaica “no solo era previsora sino también fraterna y de alta moral (…). Civilización que no hacía literatura de la moral y que castigaba con penas severas a los perezosos, a los falsos y a los ladrones”. El propio autor reconoce que su “imaginación se exalta”, y sugiere organizar con “los últimos descendientes del inca [para] volver a la fraternidad, dando a cada habitante tierra y pan y burlémonos de todos los charlatanes democráticos del globo”. En este punto Marof se inclina en volver al autoritarismo del incario en donde prevalecía la mano dura y se desconocía la idea de democracia, y primaba sobre ellos el castigo con penas severas, rígidas y justas a todos aquellos que infringían los preceptos del incario, este dato nos da pistas para poner en cuestionamiento el paraíso en el incario, puesto que si existían sanciones es justamente por la existencia y recurrencia de las mismas.

El escritor Tristán Marof señaló que la idea del comunismo no era novedosa, sino que hace siglos atrás se practicaba en el imperio de los incas “con el mejor de los éxitos y formaron un pueblo feliz que nadaba en la abundancia (…). Nadie podía quejarse de miseria sin pecar de injusto. Todo estaba previsto maravillosamente y reglado económicamente (…). El Estado incaico giraba alrededor de un sistema de armonía”. Se puede advertir que Marof no precisa de modo teórico lo que significó realmente el comunismo en el incario, sino cae en divagaciones que se disipan en largas peroratas que llegan a dogmatizar la idea celestial del imperio de los incas: “Del Estado son pues, las tierras, los animales, los pastizales, el oro, la plata, las piedras preciosas. El inca reparte celosamente todos los productos y garantiza la existencia económica del imperio, administrándolo por medio de una contabilidad rigurosa. Todo llega a su conocimiento. Sabe cuántos habitantes tiene una comarca, cuantos nacen en un año, cuantos han fallecido. Una casta especial de empleados le pone al corriente de los ínfimos detalles”. En este último punto, Marof es partidario del control político incrustado en el incario, que dio como resultado una restricción y censura a toda libertad política. Uno de los postulados interesantes que planteó Tristán Marof el ensayo La Justicia del Inca fue pedir tierras al pueblo y minas al Estado: “Detrás de las espaldas sufridas del pueblo y de la clase indígena, se reparten las ganancias, tiburones de diferente bando: los Montes, los Patiño, los Aramayo, los Escalier, los Loaiza, el francés Sux, los Mendieta, las compañías chilenas, las americanas y miles de patrones en mayor o menor escala según su rango. La única fórmula salvadora es esta: tierra al pueblo y minas al Estado”. La idea de la nacionalización de las minas y expropiación fue replicada en el texto La tragedia del altiplano (Ediciones Claridad, Argentina, 1934).

La prematura propuesta de Marof no tuvo eco en su momento, pero décadas después, sus ideas fueron apropiadas y amplificadas por los ideólogos del Movimiento Nacionalista Revolucionario, cuyo proceso político culminó con la reforma agraria, el voto universal, la nacionalización de las minas y la reforma educativa. Quedando olvidado y arrinconado el “viejo soldado” (como se solía llamar a Marof) por la coyuntura movimientista de mediados del siglo XX.

Literato - freddy_zarate@yahoo.de



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