Cochabamba, miércoles 12 de diciembre de 2018

El glamoroso averno de Marcos Loayza

El último estreno del laureado cineasta paceño ha desatado una gran cantidad de polémica entre detractores y defensores de la cinta. El retrato nocturno de una ciudad que deambula entre un misticismo exacerbado y un folclore inagotable son parte de un rostro seductor que en muchos casos, como este, deja sabor a poco. Compartimos un acercamiento crítico a la más reciente película boliviana.
| Pedro Brusiloff Cinemas Cine | 11 feb 2018



Parece una deliciosa ironía del azar que el estreno de la película Averno (Marcos Loayza,2018) haya coincidido con el paso del Rally Dakar por esta insigne e ilustre hoya del Choqueyapu. Luego de que la ciudad se había engalanado, ya mostrando la riqueza de su folclore, ya podando los árboles de sus avenidas, ya dispersando a sus habituales y consuetudinarios manifestantes para recibir, con su mejor rostro, a los raudos ases del automovilismo, el ligero espectador se refugiaba en la sala de cine para ver una película con buena fotografía, buenas locaciones, buen vestuario y buen maquillaje: en otras palabras, una película con una cosmética impecable, imprescindible para ocultar su absoluta falta de contenido, su exasperante frivolidad.

Llama la atención que la película comience con una cita de Proust, ese gran satírico del esnobismo: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”, cuando lo que en realidad encuentra el espectador es la ausencia de esa búsqueda, una mirada que solamente puede ver el mundo a través de lo obvio o de la extravagancia. Loayza apela siempre al recurso fácil, cómodo. Desde las impresionantes imágenes de postal de la ciudad con el recurrente, infaltable Illimani, hasta la intervención estereotípica, casi funambulesca de Jaime Saenz (Miguel Estellano). Asimismo, nos encontramos con la aparición ocasional de otros personajes cuya función en la película no parece ser otra que la exposición llamativa y pintoresca. El asombro no se halla nunca en las sutilezas, menos deslumbrantes, de lo íntimo y de lo cotidiano. Antes que la mirada, la exhibición; antes que la experiencia, el espectáculo.

Por eso no sorprende que durante todo su periplo a través de la oscuridad, el personaje Tupah (Paolo Vargas) no evolucione, no cambie. En su trayecto, todo está prefijado de antemano, tanto es así que Loayza no duda en recurrir al recurso deus ex machina cuando su protagonista se encuentra en algún aprieto. Cuando está a punto de morir en manos de un rival, una chica, de la que no se sabe nada, aparece repentinamente con la única finalidad de darle un cuchillo. Si no es la misteriosa chica, será una entidad sobrenatural, el Tata Santiago, la que intervenga milagrosamente. La rigidez del personaje, lo inexorable de su itinerario, expresa la banalidad de un universo incapaz de cuestionarse y ponerse en crisis.

Loayza pretende hacer una película dirigida a todos, pero sin interpelar a nadie: hay que dar escenas de kick boxing y un relato de aventuras a los adolescentes; hay que llenar la pretensión del film por mostrar una identidad con la exhibición pintoresca de personajes folclóricos, etc. Más aún, el director parece esperar que el espectador asuma todas las falencias narrativas de su guión, toda su tramoya publicitaria, todos los clichés y lugares comunes a los que pretende dar el título de mitos o tradiciones, como si finalmente se trataran de una mera… cuestión de fe.

Aproximaciones a una ciudad en crisis

Al igual que nuestro tiempo, las primeras dos décadas del siglo XX se caracterizaron por un proceso de modernización relativo. Los cambios que se venían gestando fueron muchas veces apreciados como abruptos y violentos. El llamado progreso era percibido con recelo por un grupo de escritores que veían en ese proceso el resquebrajamiento total de los vínculos tradicionales del mundo que habitaban. La preocupación de los escritores del periodo parecía expresar, más que una actitud meramente conservadora, el pasmo ante un proceso histórico en el que era imposible establecer algún tipo de continuidad entre el presente y el pasado, entre el progreso y la tradición, entre el bienestar material y los valores que dan sentido y cohesión a una sociedad. Como hoy, la ciudad, con la transformación de su fisonomía y de sus costumbres, fue la expresión más palpable de aquella crisis.

Las Añejerías paceñas, de Ismael Sotomayor

En sus Añejerías Paceñas (1930), Ismael Sotomayor insiste una y otra vez en el carácter brutal y despiadado de un “modernismo” que lo destruía todo a su paso. Como la de sus contemporáneos, su mirada perpleja parece observar con una desencantada y juguetona ironía los últimos resplandores de un mundo en vías de desaparición. Con el relato ameno de extraños sucesos históricos tales como el primer vuelo en globo realizado en la ciudad o la fundación frustrada de la “República del Choqueyapu” en 1828 (protagonizada por un excéntrico militar que llegó a deponer al Prefecto para realizar su proyecto), así como con un sin fín de relatos de fantasmas, aparecidos y personajes singulares, Sotomayor expresa en su obra la tensión entre un tiempo externo (el del progreso) y otro tiempo interno, replegado en sí mismo, propio de la ciudad, de sus profundidades.

Renovarse o morir (1919), de Walter Carvajal

Luego de un viaje de estudios alrededor de Europa, el protagonista Fernando Méndez Lombrera, último vástago de un rancio y decadente linaje, se encuentra con una ciudad completamente transfigurada. Pero en el frenesí de la ciudad transformándose, se alzaba un espacio que será recurrente en la literatura del periodo: la casa solariega, el caserón colonial. Con sus costumbres coloniales, sus vetustas reliquias y antiguallas, con los corrillos e historias de fantasmas y aparecidos, el interior de la mansión solariega era para el protagonista el espacio que hacía de la ciudad, cada vez más extraña, su lugar en el mundo. La novela culmina con la descripción de la brutal demolición del caserón colonial. A partir de ese momento, la ciudad y el mundo se convierten para Méndez en un lugar extraño; voluptuoso, ricamente decorado y lleno de promesas, pero sin interioridad.

Crítico







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