Cochabamba, lunes 21 de mayo de 2018

La piel

| Bartolomé Leal | 04 feb 2018

Me encuentro con el librero y escribidor ocasional Wilberio Mardones en el café, tras bastantes meses de distanciamiento. Lo saludo con un golpe bajo: ¿qué hay Mardones? ¿Andas con permiso del cementerio? Calla, Leal, como siempre irrumpes agrediendo sin motivo. Por eso nadie te soporta. Calma, amigo, ¿qué te perturba?, lo interrumpo, antes que entre en uno de sus ataques de irritación extrema y amenace con irse a otro boliche... Tienes cara de cadáver mal embalsamado, le digo. La piel me perturba, responde. ¿Me hablas de la novela de Curzio Malaparte? Grandiosa pieza narrativa, tan terrible que parece cuento de horror, el mejor testimonio de la postguerra, de la humillación de Europa y todo eso, le digo. No estoy hablando de literatura, Leal, replica Mardones. No leo ni quiero leer. ¿Entonces?, respondo, imitando su cara de fiera.

La piel, hablo de mi propia piel, de los lunares, suspira Wilberio. Estoy generando una puta constelación de corpúsculos. Calma, amigo, escucha a la literatura, no te dopes con Internet. Estebanillo González, autor de una novela picaresca barroca, escribe: “Eran tantos los lunares que se le habían puesto que de vérselos en la luna de un espejo quedaría lunático”. No te vuelvas loco. Un poco de humor, compadre. Toma distancia como los grandes y pequeños pícaros. Decía nuestro cuate el Pollo: “Los lunares salen por la soledad. O sea, el sol y la edad”. Mardones no replica. Lo dejo hablar.

Si hablamos de cantidad, me salen nuevos casi todas las semanas. Los hay marrones, blancos, negros, rojos, azules, rosados y multicolores. Regulares e irregulares en su forma, lisos y estriados, algunos pican otros duelen, algunos crecen y otros se estancan. Varios sangran, se desgarran, se arrugan y cambian de aspecto con las estaciones. Me asoman por todas partes. Uno que otro de la infancia ha desaparecido o ha sido reemplazado por uno o varios de relevo. Muchos son cancerosos. Todos tienen nombres terroríficos: melanomas, papilomas, xerodermas, carcinomas, queratosis, verrugas, nevos, lentigos, angiomas... Lo interrumpo: parece un listado de seres de otra galaxia. ¿No estarás leyendo demasiada ciencia-ficción? Te he dicho que no leo, replica Wilberio, airado. Fui a ver a una dermatóloga y quedé con mal de San Vito, musita.

¿Tan buena estaba?, lo interrumpo. Es una metáfora del miedo, Leal, no te hagas el tonto que no hace falta a tu edad, replica. Me tiene que extraer varios y no ha decidido todavía por cuál empezar. Me hizo un cálculo del costo y casi sufrí un soponcio. No sé qué hacer. Sólo me ha venido la idea de un cuento. Bien, retruco, qué digo, excelente, te puedes curar por el arte o al menos olvidarte de tus pecas. ¿De qué va tu cuento?

Pues hay un personaje que va al mercado de las pulgas y compra una caja de material quirúrgico dado de baja, que entre otros ítems contiene una colección de bisturíes de diversos tamaños y formas. Escalpelos les llaman también. Con ellos bien afilados, más las respectivas pinzas, tijeras, cucharas, curetas, separadores, agujas, jeringas, qué sé yo; bueno, con eso empieza a extirparse los lunares a los cuales tiene acceso. Se opera de varios cada día y por cierto se hace las curaciones respectivas, lo mejor que puede. Nada de biopsias, todo va a un recipiente ad hoc para alimentar a los peces de su acuario, los cuales adoran trocar las papillas de rutina por carne fresca y de sabor exótico… ¿Cómo sigue el cuento, amigo? Me suena pavoroso. No sé aún el rol de la doctora, responde, pero será bizarro; tengo que elucubrar un final, puede ser en el manicomio o la morgue.

Escritor chileno - bartolome_leal@yahoo.com



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