Cochabamba, lunes 21 de mayo de 2018

La papancha de mamá Nancy que nunca comí

| Luis Carlos Sanabria | 04 feb 2018



Hace no mucho tiempo, a la hora de almorzar, papá se llevó el primer bocado de una ensalada de verdolaga con cebolla, tomate y quesillo, y sonrío. Comentó que ese sabor le había puesto en la memoria un recuerdo de infancia que tenía archivado en algún rincón de su cerebro. Era un día de carnavales, la casa de mi padre aún no estaba edificada como yo la conocí, y en el lugar en el que siempre estuvo la agencia de cerveza de papá Alberto –mi abuelo–, a los pies de un muro de adobe y tras una pequeña chacra, crecían ramales de verdolaga. Mamá Nancy, mi abuela paterna, pidió a mi papá que deshoje un montón de verdolaga, luego ella la mezcló con los otros vegetales y con quesillo, y esperaron a los residentes de Tiraque, pueblo de mi abuelo, que tenían la costumbre de recorrer la ciudad en carnavales, pasando por las casas de los originarios de ese pueblo, para brindar con ellos y jugar con agua. Como es natural en Cochabamba, cada anfitrión los esperaba con comida. Aquella vez mamá Nancy recibió a las visitas con esa ensalada acompañada de panes.

Mi papá contó esto emocionado, con una sonrisa de alegría autentica que uno aprende a reconocer después de haber pasado 30 años cerca de alguien. Aquel día no sólo comimos ensalada de verdolaga, sino también tomamos papancha. Desde que recuerdo, a la hora de comer esa sopa, papá decía que era su favorita y que mamá Nancy siempre se la cocinaba. Sin querer, aquel día evocamos y recordamos a mamá Nancy con la comida. Y la sonrisa de papá se quebró un poco, pero logró dominar al llanto nostálgico de un hijo que extraña a su madre. Y a mí también se me hizo un chuño el corazón, como pasa cuando eres adulto y eres consciente de las vulnerabilidades del hombre fuerte que te protegió toda la vida.

Se me hizo un chuño el corazón porque ese gesto, esa mueca de papá me recordó a su llanto incontrolable y doloroso el día que recibimos la noticia de la muerte de mamá Nancy. Yo tenía entre cuatro o cinco años, y entonces vivíamos en la zona de San Pedro, en La Paz. Aquella casa tenía un rincón oscuro a cualquier hora del día. No recuerdo qué había ahí, pero estoy casi seguro que había una estructura de madera. Recuerdo a mi padre, sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en las rodillas, llorando con profundo dolor. Recuerdo no entender el llanto de mi padre, no saber qué pasaba, pero no querer verlo llorar. Recuerdo pensar que lloraba porque estaba en el rincón oscuro de la casa y querer sacarlo de ahí.

Obviamente papá no tenía cabeza para atender los llamados de mi hermano y de mí, así que se me ocurrió intentar asustarlo para que deje ese rincón oscuro y, por consecuencia, deje de estar triste. Recuerdo fingir la voz como gruñidos y levantar las manos como garras. Recuerdo a papá haciéndome a un lado delicadamente. Él necesitaba llorar a su madre.

Soy el mayor de mis primos por parte paterna, somos 10 pero mamá Nancy conoció sólo a cuatro de nosotros. Estoy casi seguro que soy el único de ellos que la recuerda. Y la recuerdo siempre enfermita, postrada en cama. Como vivíamos en La Paz eran pocas las veces que podía visitarla. La recuerdo con un largo camisón y con fuertes espasmos de tos. Recuerdo darle palmaditas en la espalda cuando tosía, como ella lo hacía conmigo mientras me decía “campeón, campeón”.

Recuerdo un día que con mi hermano encontramos unos pequeños sapos en el batán y corrimos al cuarto de mamá Nancy para mostrarle el hallazgo. Ella, siempre postrada en cama, se levantó y separó sus rodillas, tensionando la tela de su camisón. Nos pidió que pongamos ahí a los sapitos, improvisando sobre ese espacio de tejido una pista de carreras.

Recuerdo también un viaje a Achacahi, su pueblo natal, a visitar a la familia allá. Recuerdo estar en el bus, sentado en sus faldas mientras pelaba una manzana verde y me iba pasando pedazos para que yo coma.

Recuerdo estar en la sala de su casa, bailando en sus brazos mientras ella cantaba “Ay, Sandunga, no seas ingrata”, acompañada por la radio.

Por más que me esfuerzo, esas son las imágenes más nítidas que tengo de mamá Nancy. Hay otros recuerdos, otras imágenes en almuerzos familiares y viajes, pero me es imposible vincularlas con algún evento específico o ponerles un contexto. Yo era muy pequeño cuando ella murió y no pudimos desarrollar una relación racional basada en conocer a alguien. Yo no pude disfrutar más de sus mimos y ella no pudo ver en qué se convirtió su primer nieto.

Pero como papá siempre la evocaba con la papancha, yo desarrollé mi propio vínculo con ella a partir de ese plato de comida.

A decir verdad no sé si la papancha existe. Nadie la conoce cuando nombro el plato, y google me niega recetas con ese nombre. Se trata de una sopa, cuya columna vertebral es la carne de res con la que hierve, y que potencia su sabor si se la hace con charque. Pero su principal característica es que el ingrediente secreto, el que le da consistencia y espesor, es plátano verde rallado. Es una sopa deliciosa que no encontré en ningún otro lugar que no sea en casa, porque mi mamá aprendió a cocinarla.

Que yo sepa, o que yo recuerde, nunca comí una papancha que mamá Nancy haya cocinado. Y sin embargo es ella, mi abuela, en lo primero que pienso cuando tomo la sopa.

Y es el sabor de la sopa de plátano el que invade mi boca cada vez que evoco el recuerdo de mamá Nancy.

Escritor – Twitter @luisca_sl



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