Cochabamba, miércoles 21 de febrero de 2018

El hombre alga

| Iván Gutiérrez M. | 04 feb 2018



Siempre que pienso en el amor también pienso en la derrota y el terror de la ausencia. También pienso en la pérdida del sentido, en el estar fuera de uno mismo, que en el fondo es el “estar más” en uno mismo. Pienso que la vida es una práctica delirante de amor constante y de una especie de sufrimiento adictivo por la pérdida de ese amor, o por lo menos por la susceptibilidad de esa perdida. Qué seríamos sin esas anécdotas amorosas. La historia de la humanidad se podría resumir en pasajes y pasajes de amoríos y despechos continuos. Se podría sintetizar en el deseo hambriento y sediento por amar y, aunque la cursilería invada este párrafo, ser amado.

Estamos constituidos por oportunidades perdidas, por decepciones que nos llevaron al abismo lacerante de tener que despedirnos de alguien. A partir de recordarnos en ese entonces cuando nos conjugábamos con una especie de amor, también nos vamos conformando con lo que podríamos ser. En el fondo no somos más que una historia intermedia entre amores y desamores.

Hace un par de semanas una amiga terminó con un tipo con el que salió un par de meses, él volvía a su país y le planteó la posibilidad de que ella pueda irse a su lado, hacer una vida, compartirla frente al mar, comiendo mariscos, bebiendo cerveza fría, para después hacer el amor y tener un final feliz hasta que la vida lo decrete. Ella después de primeramente aceptar, en un último arrebato de decisiones rechazó la idea. La despedida fue un mensaje de texto melodramático pero superficial al celular, a un número que poco tiempo después de haber recepcionando el mensaje, terminó volviéndose, menos que un cubito de hielo en el vaso de whisky vacío. Le dio el toque, pero es cuestión de tiempo para que quede totalmente desapercibido al borde de la barra.

Me preguntó si había hecho lo correcto. La animé y le dije que siempre hay alguien esperando. Inocentemente argumenté que las cosas se dan por algo, y que era indudable que había sido algo más feliz en su vida. A las semanas me escribió un mensaje que decía que no podía dejar de pensar en que si la decisión que había tomado no significaba la mayor oportunidad perdida en su vida. “¿Y si me arrepiento?”, terminaba diciendo el mensaje alcoholizado a las 3 am.

En caso similarmente contrario conocí a una persona que renunció a una beca de doctorado, para poder quedarse junto a una chica que acaba de conocer. A pesar de lo idealista que puede parecer. Me pregunto en la misma medida del mensaje anterior ¿Y si se arrepiente? ¿Y si en verdad perdió la oportunidad de su vida? Hay aciertos que solo se adivinan si estás enamorado de alguien. Cuando te equivocas, con el tiempo a veces la pérdida se convierte en un peldaño.

El amor tiene ese elemento de la imprevisibilidad, de la inutilidad, de la susceptibilidad, de la perdida de norte, de rumbo, de cálculo premeditado y en la misma medida de fugacidad y letalidad. El poeta chino Li Po, confesó su amor repetidas veces por la Luna. Se había enamorado. Murió una noche mientras paseaba en barca, ebrio, y se lanzó al agua para abrazar el reflejo blanco y circular.

Heinrich von Kleist, el más grande poeta trágico de Alemania, se suicidó a orillas del lago de Wannsee junto a la mujer que amó, Henriette Vogel, una dama casada y enferma de cáncer que lo acompañaría en la última aventura. La señora Vogel pidió a la sirvienta que le hiciera el favor de ir a lavar la taza vacía y se la volviera a traer. Instantes después de haberse alejado, la sirvienta oyó dos disparos, considerando que sólo era un juego de tiro al blanco. En realidad, Kleist le había pegado un tiro en el pecho a Henriette y luego se había introducido en la boca el cañón del arma. Los cadáveres aparecían digna y estéticamente colocados. A los suicidas parece que todavía les preocupaba la mirada del mundo.

Hace unos días murió el poeta, anti-poeta, Nicanor Parra a los 103 años. Debo confesar que tengo el mismo enamoramiento estelar de Li Po y el mismo enamoramiento frenético y romantizado de Von Kleist por La poesía de don Nicanor. Parra es un poeta que escribe desde lo más celeste del límite final del horizonte, donde la distinción entre los habitantes de las estrellas y los de la tierra son casi siempre la misma cosa.

Pensar en el amor, es también configurar a los que aman. Los amantes; los que vuelan y sufren, los que se escapan y esconden, los que gritan y callan. Parra amaba la vida y por eso su poesía es un testimonio constante; la amaba tanto que se negaba a morir y golpeó 103 rounds. Un amigo que no amó tanto la vida me dijo que Nicanor era de esos hombres que las algas construyen, cualquier forma que tienen para decir algo es armonioso, acaricia y siempre consensuan calidez.

El hombre alga escribió: ¡Como la sombra azul de las estatuas!/ Cuánto tiempo duró nuestro saludo/ No podrían decirlo las palabras./ Sólo debo agregar que en aquel día/ Nació en mi mente la inquietud y el ansia/ De hacer en verso lo que en ola y ola/ Dios a mi vista sin cesar creaba./ Desde ese entonces data la ferviente/ Y abrasadora sed que me arrebata:/ Es que, en verdad, desde que existe el mundo,/ La voz del mar en mi persona estaba. (“Se canta al mar”)

Sólo vi una vez el mar, a lo lejos y con el corazón partido. Ya han pasado aproximadamente diez años. A pesar de todos los titanes ahogados y de su furia desmedida, también cantaba. Sólo lo recuerdo blanco, como la luna, como un colchón eterno de promesas buenas, como una cristal noche aplacando todos los insomnios. Como la poesía de Nicanor Parra, que siempre la recuerdo blanca, como la luna, como un testimonio que abraza, como una buena decisión para amar en la vida.

El escritor español Juan Tallón escribió: “Todas las decisiones tienen una carga, y a veces esa carga, dolorosa, te salva por su belleza”.

Si algo tiene el amor es que ese algo reconforta.

Filósofo - gutimoscovan@gmail.com





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