Cochabamba, martes 13 de noviembre de 2018

Tres anuncios por un crimen: la violencia tiene eximios intérpretes

Discípulo sin título de Quentin Tarantino y los hermanos Coen, el director de Escondidos en Brujas y Sie7e psicópatas da el gran salto con un thriller moral tan inteligente como inquietante sostenido por un elenco brillante. La cinta se exhibe en salas locales.
| Diego Batlle La Nación | 04 feb 2018



Incómoda y desconcertante, la tercera película del guionista y director inglés Martin McDonagh genera más preguntas que respuestas, o -mejor- propone y deja abiertas unas cuantas ideas (todas inquietantes) sobre el estado de las cosas en la sociedad contemporánea para que sea el propio espectador el que las mastique, las elabore y saque sus propias conclusiones.

Toda una audacia en un cine políticamente correcto y predigerido que suele apelar a la moraleja subrayada y la demagogia tranquilizadora. Si en los anteriores films de McDonagh (Escondidos en Brujas y Sie7e psicópatas) el modelo parecía ser el de Quentin Tarantino, en Tres anuncios por un crimen las referencias e influencias se extienden también a los hermanos Joel y Ethan Coen.

Si los diálogos -por momentos “demasiado” brillantes- tienen cierta impronta tarantinesca, algunas situaciones -sobre todo en la primera mitad- se regodean con cierto patetismo pueblerino y coquetean con el estereotipo y el sadismo de los Coen. Pero hay varios elementos que rescatan al film de McDonagh de un destino ligado a la afectación, la manipulación y el artificio, empezando por las extraordinarias actuaciones de todo el elenco, la creciente complejidad en las dimensiones humanas y en las decisiones morales de los personajes (con sus múltiples traumas y contradicciones a cuestas) y una evolución de la trama en la que la sensibilidad va desplazando a la crueldad, el humor negro al cinismo puro y la compasión a la fuerza autodestructiva del deseo de venganza.

El planteo inicial es sencillo: Mildred (ese prodigio actoral que es Frances McDormand ) es una madre indignada por lo que ella considera una inacción policial en investigar la violación y asesinato de su hija. Como forma de provocación y protesta, contrata tres gigantescos carteles publicitarios ubicados en la entrada de Ebbing. La decisión, por supuesto, le genera muchos enojos dentro del pueblo, empezando por el comisario Willoughby (Woody Harrelson) y el descontrolado agente Dixon (Sam Rockwell). El universo de Tres anuncios por un crimen es el de una comunidad dominada por la tensión que deriva en violencia, familias disfuncionales o disgregadas, y personajes cegados por el odio y hasta por enfermedades terminales.

Si esta acumulación puede parecer en primera instancia excesiva o forzada allí surgen la jerarquía de McDonagh como narrador y de los eximios actores para convertir al film en un espejo que refleja una imagen perturbadora, pero nunca deformada del estado de las cosas en esa Norteamérica profunda de la era Trump.

Crítico





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