Cochabamba, miércoles 23 de mayo de 2018

Si la libertad de expresión es un derecho, la restauración es un deber

¿Cuánto influye la conservación de la memoria física del mundo en nuestras libertades y la forma de asumir el futuro? Una conservadora paceña rescata su labor en pos de salvaguardar las ideas y el legado de quienes nos precedieron.
| Tatiana Suárez Patiño | 04 feb 2018



Dicen que todo tiempo pasado siempre fue mejor y es verdad. Fue bueno porque ayudó a construir éste y algún día nosotros seremos parte de un nuevo pasado “ideal”.

Cuando hablamos de años antes o después de Cristo, intermedio tardío, era glacial, edad de piedra, únicamente mencionamos espejismos que nosotros mismos hemos puesto en nuestro imaginario, sin saber bien qué son o dónde están.

El tiempo es uno solo, ya sea que se lo piense de forma lineal o cíclica. Es uno solo. Las palabras pasado y futuro son apenas simples nociones con las que intentamos explicar algo que nos supera. ¿Cuándo empieza uno, cuándo termina el otro?

El control del fuego, la domesticación de la tierra y de los animales, la rueda, el papel, el bronce, la electricidad y millones de cosas más, ideadas antes de nosotros, por los primeros hombres, son las que nos han ayudado a sobrevivir hasta ahora.

La forma en que sabemos de ellos y de sus tecnologías es a través de los vestigios materiales que nos han dejado: pequeñas pistas dejadas en la piedra, en el papel, en la madera, en la mica, en las telas. Esa información llega hasta nosotros porque alguien dijo: “¿Y sí conservamos estas cerámicas, estas flechas, estas cuevas con manifestaciones rupestres, estas pirámides, estos documentos, estos lienzos?”.

Imaginemos por un momento que una plaga hubiera terminado con todas las dinastías asiáticas, que tenían las fórmulas para hacer los diferentes tipos de papel, y que no se hubiera conservado la receta. Hoy no tendríamos la cantidad de libros que hay. Manuscritos, planos, manifiestos, tratados y aún más, se habrían perdido, o al menos retrasado, y con esa pérdida del soporte también se habría extraviado el contenido.

Está información que se conserva no solo tiene que ver con tecnicismos relacionados a las ingenierías o las medicinas de los antiguos humanos, sino con las manifestaciones de sus almas también.

La restauración y la conservación defienden la palabra libre escrita, salvan los pronunciamientos más hermosos y atormentados de nuestra especie y rescatan las expresiones creativas que se presentan en la poesía, en las partituras, en los dibujos, en los códices filosóficos, y en cualquier soporte donde una persona haya derramado un poquito de su ser.

Cada año se van creando y mejorando técnicas de conservación y restauración para asegurar y prolongar la libertad de expresión de los primeros humanos y de aquellos que les siguieron hasta llegar a nosotros.

Cuando vemos un cuadro de cualquier escuela estamos teniendo un dialogo con el pintor y su contexto, lo mismo sucede al leer a un autor o escuchar una canción. Cada vestigio es un portal de su tiempo que puede ser atravesado si se interpreta su lenguaje.

La restauración y la conservación trabajan exhaustivamente para poder extender la vida de las ideas, para que la voz de nuestros antepasados no se apague, para que las expresiones de todos los pueblos nos acompañen en este camino llamado tiempo. Si bien la muerte les ha quitado el cuerpo, la restauración les da vida en la memoria. No muere quien es recordado, quien es recordado es inmortal.

Conservadora y restauradora de bienes - restauraciones.supay@gmail.com





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