Cochabamba, miércoles 26 de septiembre de 2018
Fusión de turismo y gastronomía

Las islas flotantes de Copacabana

Oferta turística. Hace más de una década, pobladores de la zona construyeron islotes de totora en el Lago Sagrado; un nuevo atractivo turístico que se ha consolidado como uno de los lugares más visitados.
TEXTOS y fotos. JIMENA NÚñez larraÍn /// | | 28 ene 2018





Ubicada en la ribera del lago Titicaca, a una distancia de 155 kilómetros de la ciudad de La Paz, Copacabana es uno de los atractivos turísticos de Bolivia que registra mayor número de visitas de nacionales o extranjeros.

Es un centro de peregrinación, ya que allí está entronizada la imagen de la Virgen de Copacabana, que es la advocación mariana más extendida en el país, y de descanso, porque además la energía y magia de esas aguas azules turquesas es innegable, con solo llegar a la orilla del lago y respirar profundo, el turista renueva su energía.

Los administradores de los centros hoteleros del lugar sostienen que la temporada alta de hospedaje empieza en diciembre y finaliza la primera semana de febrero, cuando se inician las clases escolares.

Copacabana tiene varios puntos turísticos que conocer. La primera parada, casi obligatoria, es la capilla de la Virgen, seguida por el paseo al calvario. El lago también cuenta con otros atractivos, a los cuales se arriba en pequeñas embarcaciones, lanchas y botes.

Los lugares más visitados son la Gruta de la Virgen y la Boca del Sapo, que se encuentran a 10 minutos en lancha.

Si los visitantes tienen la posibilidad de alejarse un poco más pueden llegar hasta una de las islas flotantes, que se construyeron en la comunidad de Chani, a 25 minutos de navegación, y ahí disfrutar de un apetitoso plato de trucha fresca, recién sacada del criadero, en sus diferentes preparaciones, todo a gusto del comensal.

ISLAS FLOTANTES

Las primeras estructuras flotantes de totora fueron construidas, hace una década, por los comunarios de la provincia paceña Manco Kapac, quienes idearon esta nueva forma de atracción turística sobre las aguas azules del lago Titicaca.

Un grupo de pobladores se asoció para crear las primeras islas: Pariti, Suriqui y Peñón Blanco, y -para darle más realce- instalaron diferentes atractivos turísticos que les permite destacar y diferenciarse entre sí.

En Pariti se construyó uno de los museos tiwanacotas más representativos de la región, con una muestra de chullpares o tumbas antiguas; en Suriqui, los visitantes tienen la posibilidad de construir balsas de Totora; finalmente, en Peñón Blanco se puede degustar una deliciosa trucha, recién sacada del lago Titicaca.

Posteriormente, a raíz de un desencuentro entre los socios, un grupo dejó la sociedad y se desplazó hacia la comunidad de Chani, más cercana a Copacabana, donde también logró construir otras tres islas flotantes, que fueron bautizadas como: Totoras del Lago, Islas Flotantes Calacoto y Challapampa.

Leven anclas

Una vez que el turista se encuentra instalado en su hotel o alojamiento, decide dar un paseo por la playa que está solo a cinco cuadras de la plaza principal de Copacabana.

Aunque la temperatura media en esta región es de 11 grados centígrados, el termómetro baja en época de lluvias, por lo que hay que estar más abrigado.

Al llegar a la orilla, los lancheros se van acercando para promocionar sus servicios: transporte a la Isla del Sol, visita guiada hasta la gruta de la Virgen y la Boca de Sapo, y viaje a las islas flotantes.

Muchos acceden a este último destino, en parte tentados por la oferta de la gastronomía local, la trucha fresca. Elvis Uscamaita Fernández, balsero de 22 años, que navega desde hace muchos años a bordo de “El Aventurero”, asegura que el viaje es muy tranquilo, se demora 20 minutos de ida y otros 20 de vuelta y el costo por persona es de 25 bolivianos; pero, como todo en el país funciona bajo la oferta y demanda, se puede llegar a un arreglo económico entre los interesados.

Uscamaita explica que el sindicato de lancheros de Copacabana está compuesto por 150 lanchas, sin contar con los que están dentro del sindicato de la Isla del Sol y que, como norma,

Ninguno puede ingresar en el campo laboral del otro. “Todos estamos obligados a ir por turnos a las islas flotantes, eso lo coordina la Capitanía del Lago, es allí donde nos dan la ruta y los horarios”, relata.

El muchacho asume el mando del timón. Oleada tras oleada, poco a poco, va surcando la barca en al agua. A los 20 minutos de la partida de la orilla se distingue una de las islas flotantes, en este caso la llamada Calacoto.

En una parte de la isla de totora hay un restaurante pequeño. Al ver que se acerca la lancha, una mujer joven de pollera sale presurosa desde el interior, quien -protegida con un gorro de fieltro negro- ayuda al balsero a estabilizar y amarrar la lancha en la orilla del lago.

¿SUELO FIRME?

Tras el breve tiempo de bamboneo sobre las olas del lago, tocar el “suelo” de la isla crea una sensación difícil de describir, ya que se siente el oleaje que golpea debajo de los pies y, además, el peso del cuerpo hace tambalear la estructura a cada paso, pero esa sensación se desvanece a los pocos minutos.

Hilda Pilasi es una mujer morena, de rasgos nativos, con una dentadura singular, ya que cuando sonríe se pueden apreciar los enchapados de oro, en forma de corazón, que ostenta en toda su dentadura delantera.

Se acerca a recibir al grupo y con un ondulante movimiento de cadera y una amplia sonrisa, comienza a guiar a los turistas hasta uno de los criaderos de truchas, donde, literalmente, el comensal podrá elegir el pez que desea comer. Una opción para saborear un delicioso plato nutritivo.

Hilda asegura que una trucha promedio mide unos 30 centímetros y cuesta entre 35 y 40 bolivianos, porque demora un año en crecer y ellos invierten mucho en su alimentación.

La productora asegura que en los criaderos Palasi también llegaron a sacar ejemplares de hasta 80 centímetros, pero que esos están destinados a los hoteles de cinco estrellas de La Paz, ya que su precio no es muy accesible en las islas flotantes.

Otro factor que también incide en el costo de esta variedad de pescado es que anualmente, la familia llega a plantar entre 15 mil a 20 mil alevines, pero casi el 50 por ciento se pierde, por muerte natural o porque las oleadas rompen las barreras de protección y los liberan.

Al igual que en los restaurantes de la zona, en estas islas las cocineras están preparadas y dispuestas a satisfacer el apetito del comensal, por lo que el menú ofrece una amplia variedad de maneras de servir la trucha, en chicharrón, frita, a la mantequilla, al ojo, etc.

Materia prima de las Islas

Las Islas flotantes de Calacoto son de propiedad de Adrián Pilasi y sus seis hijas. Hace ocho años compraron el terreno, lo trabajaron y construyeron la isla flotante; cuando llegó el momento de colocarle un nombre se inspiraron en un promontorio de piedras naturales que se encuentra en el lugar y que se denominan “Calacoto”.

Es innegable que la vista desde este lugar es espectacular. A simple vista se puede calcular que esta estructura mide alrededor de 20 metros de largo y ancho, sin tomar en cuenta la estructura posterior al restaurante.

Hilda asegura que en esta plataforma se diseñó de manera diferente, puesto que se emplearon vigas, eucaliptos y 400 plastoformos, que -de acuerdo a Hilda- medían cada uno como el “tamaño de un refrigerador”.

Aquí, casi todo lo que puede ser divisado está trabajado con totora, sombrillas, cuartos, canoas y miradores, que están a disposición de los visitantes, pero también son necesarios para cubrir el plastoformo de toda la superficie de la isla flotante, las mismas que deben ser renovadas cada 15 días, ya que se secan o se vuelan con el viento. Es por esta razón que toda la familia debe destinar un día de trabajo en la comunidad de Titicachi, distante a unos 15 kilómetros, donde alquilan un pedazo de terreno con plantación de Totora, a 500 o 600 bolivianos, y cortan todo lo que ellos necesitan, para posteriormente arrastrarlo hasta su comunidad, Chani.

Hilda Pilasi asegura que ese día solo armaron algunas mesas; mientras que en fin de semana o feriado, tienen hasta 40 a disposición del cliente.

En menos de 20 minutos, sale del restaurante el pedido. El plato se sirve con una generosa porción de arroz, papas fritas, porción de verduras cocidas y crudas, y en medio, como dando mayor prioridad, la trucha. Ahora solo queda decir, “buen provecho”, y luego retornar a Copacabana, en el mismo bote, luego de vivir esa experiencia.



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