Cochabamba, martes 13 de noviembre de 2018

Detroit: En busca de la identidad norteamericana

El autor describe la película Kathryn Bigelow, ahonda en su relato y a partir de él intenta reflexionar respecto a su búsqueda del rostro de una de las naciones más grandes del planeta.
| Mauricio Rodríguez Medrano | 28 ene 2018



Es domingo y escucho a Percy Sledge: “Cuando un hombre ama a una mujer”. Su voz áspera me transporta a finales de los años sesenta. Hace poco terminé de ver Detroit, de Kathryn Bigelow y es la época en que sonaba esta canción, mientras muchos grupos de negros saqueaban las tiendas y Detroit ardía como una fogata en una noche de verano, olvidada.

Kathryn Bigelow desde Point Break (con Keanu Reeves y Patrick Swayze) establece una forma de mirar el mundo: la violencia como acto dramático le da un sentido al mundo que nos rodea. En algunos momentos lo hace con una mirada más acertada como en En tierra hostil o en La noche más oscura. En otros momentos recarga mucho la tinta: el claro ejemplo es Detroit.

Detroit empieza con una redada a un bar clandestino, en julio de 1967. Al salir, los policías deben enfrentarse a un grupo de vecinos que están enardecidos y que piensan que la redada es un acto de racismo. Los policías son blancos y escapan. El grupo de vecinos se convierte en una masa amorfa que saquea tiendas y quema casas.

En ese momento Detroit era la quinta ciudad más grande Estados Unidos. En el bar clandestino festejaban ex combatientes de la guerra de Vietnam. El primer problema de la película es que no se explica el contexto (¿cómo debería explicarse?) y eso hace inverosímil que el grupo de vecinos cree una especie de Febrero Negro en Detroit.

En los disturbios aparecen policías racistas que deciden matar negros con la excusa de salvaguardar la patria. Uno de ellos dispara por la espalda a un saqueador que escapaba. Kathryn Bigelow abre una pregunta: ¿Es legítimo matar a la gente a costa de la paz? La respuesta la da en el punto central de la película.

El otro problema del film es el punto focal de los personajes. No hay un protagonista sino varios secundarios. Un ex combatiente de Vietnam que es seguridad de una tienda, un cantante que en la noche que no podrá cumplir sus sueños, unas mujeres blancas que quieren pasar un buen rato en un motel; etc.

Todos estos personajes se reúnen en un motel, que por los disturbios se convirtió en una especie de fogata bailable. Un grupo de negros disparan hacia unos militares y ellos creen que inició la guerra civil. Aquí el otro problema de la película: un acto minúsculo se convierte en una pesadilla. El público al no poder identificarse con algún personaje se debate afirmar qué es lo bueno o lo malo (¿lo hace apropósito la directora?). Tal vez la realidad no es maniqueísta o es un error en el guión.

Aquí inicia el clímax de la película: los policías racistas ingresan al motel y torturan a los negros y a las dos mujeres blancas. Les hacen creer que, al ingresar uno por uno a una habitación, serían asesinados a disparos. Pero no todos los policías saben que es un truco, uno de ellos dispara de verdad y mata a un civil.

Para cubrirse las espaldas, los militares deciden retirarse y dejan a los policías, que desesperados amenazan a los otros civiles: o escapan sin decir lo que sucedió o mueren a manos de estos policías locos.

Kathryn Bigelow se adentra a la identidad del estadounidense blanco y afirma que el racismo y la violencia contra el que es diferente a él no acabó ni acabará nunca. Esta afirmación viene bien en pleno gobierno de Trump. Las películas no sólo son entretenimiento sino son una búsqueda de identidad.

Periodista y escritor - zion186@hotmail.com





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