Cochabamba, lunes 10 de diciembre de 2018
[Ají de Lenguaje]

La comida Impresentable

| Luis Carlos Sanabria | 28 ene 2018



Lo primero que comimos fue un Pollo Copacabana. Era un domingo y, a iniciativa de no recuerdo quién, quedamos en almorzar juntos para luego subir a El Alto y ver a las famosas cholitas cachascanistas, atractivo turístico exótico muy de moda entre los gringuitos que recomiendan a La Paz como un destino turístico interesante. La verdad es que es un espectáculo aburrido, pero había que hacer la prueba. Entre el almuerzo y la lucha libre tomamos un helado. El de Beto era de Chocolate, y en un barquinazo del micro que nos llevaba a la estación del Teleférico, una porción de su helado cayó sobre su ropa. Ay, no, el chocolate no se quita, mira, le dije, mostrando una mancha ficticia en mis pantalones, sin saber que ese gesto contenía un elemento que de ahí en más definiría la amistad del grupo: los almuerzos (y sus variantes), y un conocimiento enciclopédico de situaciones de Los Simpsons. Después, por la noche, Bajamos hasta los Pinos, donde Sergio vivía, pedimos una pizza y la acompañamos con vino. Y nos contamos cosas con una extraña confianza que se otorga sólo a quien conoces de mucho tiempo. No todos los convocados pudieron asistir al encuentro, pero unas semanas después, por el mes de junio del año 2015 de nuestro Señor, nos juntamos un sábado a tomar cervezas y comer hamburguesas Iglú. Ese día nacían Los Impresentables.

Los Impresentables son, como diría Leo, mis amigos de internet. Somos un fenómeno extraño del siglo XXI, la manifestación del apogeo de las redes sociales: nos conocimos por Twitter . Alguien sugirió un junte y por cosas de puro azar acabamos ahí personas que a pesar de ser diferentes en muchas cosas, encontramos una serie de afinidades que al final configurarían en una amistad de las mejores.

Ese año me encontraba más solo que nunca en la vida: mis amistades de infancia comenzaron a casarse y tener sus vidas de adultos, y por consecuencia había dejado de verlos mucho tiempo; y la mujer que amaba, con quién podía estar solo sin estarlo, se encontraba siguiendo su vida con alguien más. Fue un periodo de tiempo bastante deprimente digno del patetismo hollywoodense: quedarse en bata, sucio y despeinado casi toda la mañana, desayunar cigarrillos con agua, trabajar con la mente en cualquier lado menos el trabajo, encontrarte evocando cosas del pasado sin ningún motivo… Bueno, se harán la idea.

De pronto, estos tipos de un humor oscuro y genial, de diálogo interesante y con afanes festivos, comenzaron a ser parte de mi vida. Sin saberlo me fueron sacando de ese pozo oscuro. Y por eso estaré siempre agradecido. Aquel sábado, ese que por primera vez estuvimos todos juntos, yo estaba tan solo y triste que me había refugiado en un circo. Por lo mismo, no dudé en atender a la convocatoria, que como muchas de las cosas que nos caracterizan, fue espontánea. Llegué al Topacio con una manzana acaramelada a medio comer.

Ahí estaban Clara (@Claritsss). Beto (@Betocomics), Naira, (@wawitasny), Ale (@nuklive), Sergio (@Sendez) y Leo (@LeonardoPrado83), y desde ese día nos vimos una vez entre semana para almorzar, y cada fin de semana con cierta regularidad. Junto a ellos, en varios años, recorrí un montón de restaurantes de la ciudad, de diversas calidades y ofertas. Junto a ellos pasé noches de cocina y fiesta, tardes de parrillada y juegos inventados. Y siempre fui feliz. No sé si ellos estaban solos como yo cuando nos conocimos. No sé por qué decidieron acudir a ese primer llamado, pero engranamos tan bien, que de ese encuentro incluso se formó una pareja que al principio fue clandestina, luego oficial, luego matrimonio y ahora tienen un pequeño.

Esta es una columna en la que usualmente describo algún plato y exploro los vínculos que este tiene con la memoria. Pero si hablo de comer, es inevitable que piense en Los Impresentables: he comido mucho con ellos. Tanto que no puedo aterrizar en un solo plato que sea fundamental para esta amistad. Quizás sea ese pollo frito Copacabana, quizás sea la tradicional hamburguesa Iglú, con una mayonesa casera similar al engrudo. Quizás sea el cerdo al turril con puré de camote que sirvieron en la boda de Sergio y Naira (#BodaNyDez). Quizás sea el gin La República, que descubrimos juntos en las presentaciones de libros a las que acudían por solidaridad conmigo. Un gin del que nos hicimos tan asiduos que estamos pagando la universidad de los hijos de los dueños.

Si quiero repasar la comida que ha sido parte de mi vida, sin duda están Los Impresentables, porque son parte de mi vida. Para muestra un botón: hoy domingo, que se publica este texto, es casi seguro que estaré cenando con ellos. Y casi, casi un hecho, que será un ají de fideo estilo chuquisaqueño cocinado por Clarita.

Escritor- Twitter @luisca_sl





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