Cochabamba, miércoles 26 de septiembre de 2018

Lo repugnante y lo exótico en el aparapita de Sáenz

Aprovechando el estreno de Averno, última cinta del director paceño Marcos Loayza, y su fuerte carga literaria, recuperamos una aproximación a la obra de uno de los autores fundamentales en la construcción de La Paz como inspiración y condena.
| Freddy Zárate | 21 ene 2018



A fines de los años setenta, el poeta Jaime Sáenz (1921-1986) publicó el libro Imágenes paceñas. Lugares y personas de la ciudad (Editores Difusión Ltda., 1979). Tres décadas después, la obra del bohemio trovador fue reimpresa por Plural editores a pedido del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz. En el preámbulo del texto, el Alcalde Luis Revilla afirmó: “Tienen entre sus manos una de las grandes obras de la literatura nacional, Imágenes paceñas, que forma parte de la mochila escolar para estudiantes de secundaria del Municipio de La Paz”. Más abajo, el edil explica algunos pormenores de la selección de la obra: “Se hizo una consulta sobre la pertinencia de su publicación a la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés. La respuesta recibida –relata Revilla– señala que la elección de este texto es muy adecuada y, sobre todo, educativamente innovadora. Por eso, este año [2013] recibirán este valioso libro de Jaime Sáenz, no sólo por su gran calidad literaria sino porque es una obra fundamental que transmite amor, el respeto y la admiración por La Paz y sus habitantes”. Este testimonio nos devela que son unos cuantos catedráticos de la Carrera de Literatura que ejercen exitosamente la labor propagandística en favor del poeta Sáenz. El alcalde Revilla se adscribe acríticamente al dogmatismo literario y sentencia dócilmente: “Es uno de los más grandes poetas y narradores bolivianos del siglo XX”.

El autor de Imágenes Paceñas sugestiona a sus lectores a sentir una doble fisionomía de la ciudad de La Paz: “Lo que aquí interesa es la interioridad y el contenido, el espíritu que mora en lo profundo y que se manifiesta en cada calle y en cada habitante, y en el que seguramente ha de encontrarse la clave para vislumbrar el enorme enigma que constituye la ciudad que se esconde a nuestros ojos”. Esta afirmación categórica nos conduce a creer que el poeta Sáenz logró vislumbrar de manera privilegiada lo arcano de algunas calles y personajes que le dan “vida” y “sentido” a la urbe paceña.

En la galería de protagonistas espirituales de Imágenes Paceñas se encuentra el “aparapita” (palabra de origen aymara que significa “el que carga”). El poeta Sáenz describe a este personaje de manera elogiosa, confusa, prejuiciosa e incluso racista: “Mientras el altiplano y la raza aymara existan, y mientras la ciudad de La Paz exista, es absolutamente seguro que el aparapita seguirá existiendo”. Este argumento cae en un racialismo al presumir la existencia de una “raza aymara”, a la vez, el maestro del misterio acaricia una posición racista al establecer el oficio de aparapita de modo exclusivo a los aymaras por haber “potencializado las facultades inherentes de su raza”. La idiosincrasia de este personaje –a decir de Sáenz– se caracteriza por no ser un “hombre de conceptos, [pero] el aparapita sabe y conoce en lo profundo la significación de la ciudad”. Además, el poeta revela que “por regla general, el aparapita muere bebiendo”.

Paralelamente al libro de Imágenes Paceñas, Jaime Sáenz publicó la novela titulada Felipe Delgado (Editores Difusión Ltda., 1979). En uno de sus pasajes, el poeta recrea el dialogo entre Delgado y los aparapitas Fortunato Condori y Damián Tintaya. En estas líneas, el autor atribuye al aparapita el grado de “anarquista nato” que ostenta una “auténtica grandeza”. En palabras de Felipe Delgado, “el indio como aparapita, en algo deja de ser indio; y luego, el aparapita como indio, hace y deshace de una ciudad particular en que él habita, mientras se mofa de aquella otra ciudad que es responsable de un envilecimiento que por lo demás es sólo aparente”. La fascinación que llegó a sentir Sáenz al personaje y en especial al atuendo del aparapita lo llevó a decir que el saco es una “auténtica creación” que engloba una “realidad total”. “Nada tan verdadero, nada tan humano. La realidad de un saco de aparapita es más que realidad, y esta realidad asume un carácter completamente fantástico. A mí esta realidad me asusta y me seduce”.

En la actualidad, esta concepción romántica del saco del aparapita fue puesta en escena en el teatro boliviano. La compañía paceña Mondacca presentó la pieza teatral inspirada en la novela Felipe Delgado. El actor y director David Mondacca indica que se inspiró en la obra de Sáenz, ya que encontró una multiplicidad de historias que permiten descubrir y desarrollar un sinfín de situaciones dramáticas. Este hecho pone en evidencia el hechizo que irradia Jaime Sáenz en el campo cultural.

La superficialidad retórica atribuida al saco del aparapita puede ser puesta en entredicho si revisamos un texto publicado en los años setenta intitulado El aparapita de La Paz (Revista Mundo Nuevo, 1968). En estas páginas, Sáenz relata su encuentro ambivalente con el aparapita: “Yo no sabía quién era ese personaje enigmático llamado aparapita cuando pisé por primera vez una bodega hace años (…). En realidad, se trata de un hombre insignificante a la par que excepcional”. El autor tempranamente pone en evidencia su posición racialista y racista al manifestar: “Por lo que sabe, es el aparapita un indio originario del altiplano y su raza es la aymara (…). Todos ellos, fatalmente, están destinados a perecer en garras del alcohol. Es inconcebible la ancianidad en un aparapita: nuestro hombre desprecia la comida y prefiere la bebida, es lo cierto”. Posteriormente, estas ideas difusas del homo aparapita fueron acentuadas en los libros Imágenes Paceñas y Felipe Delgado.

Otro aspecto interesante, es la crisis existencial que vivió el poeta cuando logró poseer un genuino saco de aparapita. El dilema superficial estuvo en hacer hervir la prenda o dejarla tal cual, por supuesto, el bardo de las profundidades optó por la primera opción, “repitiendo muchas veces la operación (…). Su peso disminuyó notablemente por efecto de la potasa”. En poco tiempo, esta prenda se convirtió en la predilecta de Sáenz. Este hecho hilarante significó para Sáenz un acto de doble moral: “Me siento un pobre tipo, un impostor intentando vanamente usurpar atributos que de ningún modo me corresponden, como alguien que quiera impresionar y que, en el fondo, es un hazmerreir y no se da cuenta de nada”. Este rasgo trivial de Sáenz nunca fue cuestionada por sus adeptos, o tal vez, ellos mismos comparten las mismas posturas gelatinosas del maestro.

El misticismo subjetivo que caprichosamente Sáenz adjudica a ciertas calles y personajes de La Paz son meros trozos literarios hondamente simbolizados. En el fondo, el libro sobre la paceñidad no dice nada concreto ni relevante. A mi parecer, lo más notable de Imágenes Paceñas, son justamente las imágenes fotográficas tomadas por Javier Molina B., que ilustran el texto. Las representaciones pictóricas nos reflejan los cambios significativos que sufrió la urbe paceña en estos últimos años.

Literato - freddy_zarate@yahoo.de



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