Cochabamba, lunes 10 de diciembre de 2018
>CINE

Averno, su laberinto literario y el sagrado rito del alcohol

Nuestro colaborador reseña una de las propuestas cinematográficas más ambiciosas de los últimos años, donde el veterano Marcos Loayza vuelve a su ciudad natal y se interna en los recovecos más enigmáticos de su noche. La cinta aún se proyecta en salas de Prime Cinemas, en el Hupermall, en un solo horario nocturno. 
| Mijail Miranda Zapata | 21 ene 2018



Aunque desde el exceso y en una suerte de desborde creativo, Marcos Loayza (La Paz, 1959) regresa a sus orígenes, al principio de su filmografía, especialmente en la forma de contar y crear sus personajes, o en la temática y como se construyen conceptualmente.

El escenario vuelve a ser La Paz, como ciudad y eje de la práctica vital andina, con ese marcado y siempre presente arraigo telúrico que hace de la existencia un periplo de sino trágico y esotérico.

Al igual que en Cuestión de fe, aunque sin abandonar la urbe, también estamos frente a una road movie, a un viaje que excede los límites de lo geográfico y terrenal, conduciendonos a territorios menos tangibles, casi oníricos, pero no por eso menos reales. Como si se tratara de una travesía mediada por la ayahuasca, el protagonista de Averno, último filme del paceño, transita con temor y vehemencia, entre la realidad y la alucinación, en una búsqueda a todas luces incomprensible pero apremiante, impostergable. Finalmente, cruza el umbral del averno, alcanzando esa pequeña muerte que es una pérdida, pero también revelación y renacimiento.

Lastimosamente, tamaña aventura queda en manos de un intérprete (Paolo Vargas) excedido por la complejidad de su personaje (Thupa) y las circunstancias que lo atraviesan más allá del relato. Vargas, en su debut cinematográfico, no parece dar la talla para la gran responsabilidad que le asignaron. Sin embargo, cabe la interrogante de si otro actor habría sido capaz de conseguirlo. Sirva esta anotación para señalar una de las mayores debilidades de Averno, y una transversal que atraviesa gran parte de la filmografía nacional: un reparto demasiado irregular, quizás producto de la difícil y brusca transición, en la mayoría de los casos, del escenario teatral a la gran pantalla.

Averno es ante todo una evocación literaria de La Paz y cumple con este cometido, que parece ser el primordial y tutelar, durante todo su desarrollo. Narrativamente da la impresión de estar emparentada con Periférica Blvd., en su forma de recorrer la ciudad desde la marginalidad, sin gestos de condescendencia, sino guardando cierta fidelidad, aunque este siempre sea un gesto inútil, con ese universo sombrío, festivo y vertiginoso de la noche paceña. Lo mismo sucede con Cuando Sara Chura despierte, quizás con un énfasis más marcado sobre el bosquejo impresionista que se ejercita sobre una bohemia abigarrada, una burocracia mística, un espíritu melancólico, romántico, pero también esquivo y cínico. Estos son sólo algunos ejemplos, acaso los más evidentes, de la fuerte impronta literaria en este trabajo de Loayza.

No obstante, todas estas influencias parecen ser satélites destinados a revitalizar y actualizar una cartografía de la sede ya predefinida. El astro que rige la danza de todos los cuerpos literarios que constituyen Averno innegablemente es Felipe Delgado, cuyo autor, Jaime Sáenz, incluso llega a aparecer en alguna escena, encarnado por Fernando Arze, oficiando como un ambiguo guía en el destino del protagonista.

La influencia saenzeana marca en la misma medida el relato como gran parte de la iconografía que se despliega a lo largo del filme, con una riqueza visual propia de un barroquismo criollo. Este quizás sea una de las cúspides de esta ambiciosa cinta. el trabajo en la dirección de arte, a cargo de Abel Bellido, por sí misma ofrece una experiencia estética que vale la pena disfrutar en la pantalla grande.

Cabe apuntar que las referencias culturales exceden el campo de la literatura y ahondan también en la cosmovisión andina, cuyas deidades y concepciones del tiempo, el espacio y la muerte, trazan parte de la historia, en especial en su tramo final. Además, este sustento conceptual permite una proyección de los subterfugios por los que se mueve y construyen las ritualidades y las representaciones espirituales en los espacios urbanos, en especial en aquellos de ascendencia aymara, siempre con el signo de lo indígena predominando con mayor fuerza.

Los rastros que se van desprendiendo en la búsqueda de Thupa son invocados desde precisamente desde este esoterismo atravesado por una religiosidad nacida desde el alcohol y la celebración, las relaciones de parentesco y padrinazgo, y la certeza, quizás la única, de que hay fuerzas incomprensibles que rigen nuestra forma de habitar este territorio regido por la tutela de sus macizos andinos, mucho más allá de escepticismos, teorías y doctrinas.

Tal como sucede con la obra central de Sáenz, el grueso volumen que invita al lector a recorrer las callejuelas y vericuetos de la hoyada por rutas laberínticas y enrevesadas, Averno busca, principalmente desde una cuidada fotografía (Nelson Wainstein) y un montaje preciso, recrear este paseo en el que cada paso cuenta y se constituye en una trampa o un pasadizo hacia algún tipo de verdad. Este aspecto, incluso desde el ámbito técnico y la dificultad de grabar gran parte de la cinta en escenarios nocturnos, o desde el scouting y la pertinencia de cada una de las locaciones, es otro de los méritos más destacables de una obra que, cinematográficamente y dejando fuera el guion, otorga al espectador una experiencia satisfactoria.

Respecto a la historia como tal, el punto débil en el gran despliegue simbólico que propone Loayza, es un relato y un personaje principal que constantemente busca contenerse, quizás con el fin de compensar la exuberancia de otros apartados. Pero el resultado no es de los mejores y resulta anticlimático, cada vez más en tanto transcurre el metraje. Llegando a la “apoteosis” de la odisea, las expectativas se han diluido irremediablemente.

Quzás la gran derrota de Averno haya sido mantener a su personaje sobrio, haberle negado la oportunidad de beberse ese trago de un radiante azul, como el mar que nunca vamos a tener, que le ofrecen en un bar llamado La Oficina. ¿Cómo transitar el camino hacia la redención sin cumplir con el sacramento del alcohol? El sacrilegio de la moderación hace de Averno una celebración fallida, un preste sin cervezas, una challa sin wilancha, una borrachera sin chaki, una Corajuda sin Domingo.

¿Qué nos queda? Beber para olvidar, recuperar la fiesta, volver al rito, caimán en mano.

Periodista - @mijail_kbx



TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

MÁS NOTICIAS DE « RAMONA »:

Opinión en Twitter
Opinión en Facebook
Portada Impresa