Cochabamba, viernes 22 de junio de 2018

Ferro, Ferro, Ferro

| Iván Gutiérrez M. | 14 ene 2018



Hay algo fascinante en el hecho de viajar y mirar por la ventana en los momentos iniciales del viaje, en esos en los que las despedidas cobran un tono y un color altamente dramático; pero tejidas en una sinceridad lacerante, de desesperación. A pesar del lugar común que puede llegar a ser esa situación, no deja de resultar excitante y también melancólico observar por la ventana mientras te alejas de un destino, para embarcarte a la bélica diagramación de otro. En esos momentos es como si la idea de llegada a alguna parte se difuminara y una dimensión entre el estar y el no estar se activara. El habitar esa dimensión de repente cobra calles abstractas que vamos construyendo a partir de una recapitulación veloz de todo lo que hemos ido siendo en el destino que acabamos de dejar, a la vez que se generan puentes de los planes que queremos realizar en el lugar de nuestro destino. De esa forma, toda idea concreta del tiempo desaparece y creamos una especie de navegación entre pasados y futuros extraños, en los que las cosas que pertenecen a paradas diferentes se encuentran e incluso conviven y en el mejor de los casos son felices.

Observar por la ventana en el momento de la partida tiene ese tipo de sensaciones que nos llevan al límite a pesar de que en lo más concreto no estemos haciendo ningún movimiento físico corporal y simplemente estamos sentados pasando el tiempo para paradójicamente llegar a alguna otra parte, no hay situación en la que el movimiento cobre tanto peso y carga en nuestro ánimo. El observar cómo nos alejamos de aquello en lo que por un rato hemos ido siendo, menos inadaptados, nos expande el terror de la necesidad de una trinchera que nos sostenga durante el largo proceso del viaje y los ataques furiosos de todo lo que implica el dejarnos de rato en rato en aquellos otros brazos, lugares, rostros, sonrisas, cervezas, comidas y esa última imagen de una estadía que se compone por mirar por la ventana, la estación y con fortuna el cálido y extremo suceder de una presencia concretando ese delirio de decir adiós.

Por accidente, mientras navegaba sin rumbo alguno en la web, llegué a ver unas fotos de soldados listos para la guerra cuando están siendo despedidos por sus novias, todos ellos jóvenes y ellas también, todos y todas enamorados, siendo felices, muy felices. Todas las fotografías componen lo atroz de una despedida final, de un adiós destinado a un para siempre totalmente bañado en la caricia de la muerte. Ellos van a la guerra y ellas van de alguna forma también con ellos. Resulta dolorosamente mágico mirar por la ventana antes de partir y que la última geografía de haber estado allá sea un beso. En ese movimiento el navegar en esa dimensión de lo microscópicamente eterno del estar y no estar se aligera, incluso abraza.

Las sensaciones de las fotos me llevaron sin duda al espíritu que convoca Roberto Oropeza en su libro de poesía Ferro, recientemente publicado por Yerba Mala Cartonera. Esa sensación cruda y melancólica de mirar el último momento antes de dejar una estadía se envuelve en el cálido y eterno final de los finales pero que se ablanda con la sutilidad de aquellos sobrevivientes besos.

Cada poema de Ferro involucra a estar en la situación final de algo. Es como la recuperación del último aliento antes de encaminarse a la guerra. En esa sintonía, es un libro para reconocer las trincheras, para dejar el equipaje y disfrutar esa pequeña muerte de los momentos que son grandes, o que por lo menos algún momento fueron grandes.

Leer Ferro tiene esa potencia de llevarte a un estar y no estar en contacto con lo que cerradamente podría pretender decir el texto, a la vez se encarga de alguna manera a dejar ese último momento para mirar la ventana en la partida.

“Lo que siguió/ era parecido a soltarse de las manos/ mientras girábamos en círculos.

Un rumor de trenes/ mantiene la esperanza de que suceda algo:/ un inexplicable temor y alegría/ de verte retornar por los rieles/ pero solo es el viento sin música,/ la antigüedad en perpetua destrucción/ que desordena nuestros cabellos/ devolviéndonos a casa sin haber hallado nada/ salvo la sensación de no querer volver a este lugar”. (“Estación”)

“Aún hay pulso/ Las palabras se oyen mejor cuando se las pronuncia:/ de esta sed solo quedará el vaso”. (“Coche comedor”)

“(T)e invitan a pensar en otras ciudades/ con menos frío en sus noches/ y con semáforos siempre en verde,/ que te traten con mayor amabilidad/ para que tu desastre no crezca a cada esquina”. (“Freno”)

“Las fotografías están incompletas,/ no aparece quien esperabas”. (“Incomodidad”)

“Aplastar insectos para matar el tiempo:/ la memoria registrará este momento en particular/ como el preludio de las pequeñas ceremonias de la infancia”. (“Verano”)

Hay ocasiones en las que se desea ser una serpiente para devorar el sol. La noche no tiene satélites.

Al final de cuentas mirar por la ventana no es más que un ejercicio para recordarnos que somos más humanos, para tener en cuenta que no importan cuántos adioses hemos dibujado en nuestras fotografías antes de ir a la guerra. Porque después de todo qué seriamos sin nuestras fragilidades. Y que todos los últimos besos de despedidas vuelvan siempre a darnos una bienvenida. Ferro, Ferro, Ferro.

Filósofo y escritor - gutimoscovan@gmail.com





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