Cochabamba, jueves 18 de enero de 2018
Mega Menu Opinnión

Una historia de coraje y trabajo

Inspiración. Cada día, la rutina y la novedad nos conducen por caminos llenos de rostros desconocidos, que esconden relatos de vida conmovedores y poderosos. Este es uno de ellos.
TEXTO y FOTOs. Diego Echevers Torrez/// | | 07 ene 2018



Hace un par de años, cuando decidimos dejar de utilizar cámaras digitales para la producción de nuestro trabajo documental, los amigos y colegas fotógrafos que conocemos nos dijeron que estábamos totalmente locos al “intentar” –siquiera– abandonar la tecnología que habíamos alcanzado en más de un siglo de historia, para hacer que la fotografía sea rápida, “confiable” e inmediata.

La calidad del registro, la nitidez de las imágenes, las posibilidades infinitas de manipulación de los archivos, la sorprendente facilidad de transferencia de información… Usted nómbrelo, y por donde lo vea, utilizar cámaras digitales en estos tiempos representa el goce de disfrutar uno de los alcances más importantes de nuestra era: la facilidad.

Cámaras para todo gusto, necesidad y bolsillo, celulares equipados con poderosas lentes e incluso juguetes para niños de cortas edades se convirtieron en “herramientas” para todo aquel que las posea, repercutiendo tristemente en el acto mismo del noble oficio del fotógrafo, que dejó de ser importante para la sociedad, porque ahora todo aquel que posea una cámara consigo puede llamarse a sí mismo fotógrafo, artist photographer o simplemente “PH”, como acrónimo inglés de la palabra photographer.

Ya no importan los cuartos oscuros, ni el filme o los conocimientos de un proceso largo y cuidadoso, ni los tiempos de copiado o los tipos de papel para el registro de la imagen final que proviene de cámaras que solo necesitan luz para existir, mas no así de baterías para funcionar. Es más, hoy por hoy ya no es necesario copiar las imágenes que se guardan en negativos de celulosa, porque basta con que estas tengan la capacidad de navegar por las pantallas del mundo. Ya no es necesario guardarlas en viejas cajitas de cartón o en recicladas latas de chocolates para atesorar las fotografías familiares.

Cuando tomamos esta decisión, parecía que el mundo llegaba a un final despedazado, y ciertamente lo que venía era tan incierto, que era difícil estar seguros de la cabalidad de nuestra elección. Y es que en honor a la verdad, es difícil creer que en estos tiempos haya gente que todavía apueste por un “suicidio tecnológico” y decida buscar algo más que inmediatez y “perfección” al alcance de la mano, seamos sinceros. Sin embargo, luego de empezar a caminar a caminar de nuevo en el proceso de trabajo, descubrimos que el amor por la fotografía de antes está tomando cuerpo a nivel mundial.

Fotógrafos que recuperan cámaras de galería u otros que nunca dejaron de fotografiar a la vieja usanza, permitieron que nuestra locura tome más cuerpo y se forje en la militancia del sentir, pensar y observar con más rigurosidad lo que vemos, dando además como resultado darnos cuenta de que hacer fotografía con cámaras que te obligan a pensar lo que vas a fotografiar no es un acto de reivindicación de tecnologías pasadas, ni presentes ni futuras, sino más bien es un acto de observar; de detenerte a pensar y sentir lo que ves; de acercarte con calma a aquello que quieres documentar. Se convirtió pues en una tarea rigurosa de acercarte a todo lo que te rodea, de hacer que la cámara se funda en el ambiente en medio de las conversaciones y de donde ahora emergen increíbles fuentes de inspiración para comprender lo que exponemos en este relato.

La aparición de los “invisibles” se dio como un acto de magia que transforma y embellece las formas de apreciar lo que vivimos diariamente. Se convirtió en un acto de creer y renovar nuestra actitud hacia la gente, así como esas imágenes latentes en las películas fotográficas que habitan los oscuros rollos antiguos y son reveladas en un cuarto oscuro, el ejercicio de observar hace que las personas que nos rodean cuenten sus historias para enseñarnos a valorar lo que estamos perdiendo de vista: el sentido de humanidad.

Fruto de esta tarea te ofrecemos a ti, estimado lector, la posibilidad de mirar la ciudad y a quienes la componemos de una manera más pausada, más simple, más humana.

Doña Ricarda García

Ocupando su amado sillón de madera, que queda sobre el final de las calles Baptista, Santivañez y la naciente de la Nataniel Aguirre, justo frente a la arquería de la Farmacia Boliviana, en plena Plaza Principal 14 de Septiembre, se encuentra Doña Ricarda García Santa Cruz, viuda de Linares.

De naturaleza afable, querendona de su oficio, con más de dos décadas de antigüedad laboral y sus 70 años de vida, encarna una historia de fuerza, vitalidad y trabajo para salir adelante ­por sus hijos.

Ella lustra calzados todos los días del año, desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde, aproximadamente. En sus 10 horas de trabajo continuo ella debe lidiar con el tiempo y la indiferencia de la gente, aunque tiene sus caseros como ella dice.

“La gente ya no valora lo que hacemos, porque ya casi no se usan calzados”, nos comenta, “son personas mayores nomás los que se lustran pues”, termina.

Y es que al parecer, además de apostar por las zapatillas deportivas o los calzados sintéticos, el problema de ya no lustrar los zapatos engloba un conflicto social y cultural mucho más complejo que el de la “urbanidad y las buenas costumbres”, por lo que no puede estar alejado de nuestra idea de la inmediatez en la fotografía, y es la razón por la cual Doña Ricarda encarna nuestra historia de inspiración para acercarnos a un mundo más allá del que creemos ver.

Ella es un ejemplo de superación constante, pues hace más de 20 años tuvo que cargarse la tarea de sobrellevar el hogar y decidió salir a vender jugos en la plaza, lugar donde descubrió y luchó años por su actual oficio.

Entre una deliciosa crema chantilly –que valora en cada cucharada, porque ella sabe del sacrificio que está detrás, para prepararlo, y además conoce la historia común de otra mujer, quien se dedica a producirlo–, cepillos y cremas de calzado, nos comenta que uno de los fuertes temas con los que tuvo que lidiar desde siempre es el machismo del gremio.

“Nunca me quisieron, me quitaron mi sombrilla un par de veces y la escondieron lejos de aquí”, nos comenta, por lo que aprendió a pelear sus batallas haciéndose más fuerte y a no callar, para defender sus derechos.

Perder una de sus herramientas en medio del sol inclemente, sin poder ofrecer a sus clientes una sombra capaz de atraerlos para prestarles sus servicios, ciertamente caló hondo en su personalidad, por lo que su dulzura natural se reviste de una fortaleza templada al calor de la superación y la lucha constante contra el medio.

Sin embargo, y pese a la adversidad diaria, Doña Ricarda es hoy una parte más de todas las que viven y brillan con luz propia en la Plaza Principal, pues al haberse ganado su derecho de existir y trabajar en el seno del corazón cochabambino, es tan importante como la plaza misma, porque, al final, las ciudades y sus espacios son lo que las personas hacemos que sean.

Finalmente, y en homenaje a su gran temple, su amor por las frutas de temporada y los jugos de la plaza, Doña Ricarda encarna a esa estirpe de mujeres valerosas y luchadoras que más de una vez nos enseñaron a tomar la adversidad y darle vuelta, porque la vida se gana con trabajo y más trabajo.

Seguramente, si tuviésemos que hacerle un monumento a una mujer como ella, tendríamos que esculpir la silueta de sus manos y su inmenso corazón junto al de las Heroínas de la Coronilla, porque gracias a ella y otras valerosas mujeres de esta tierra, orgullosamente podemos decir que Cochabamba tiene nombre y fortaleza de mujer.

Lente

Fotógrafo y antropólogo profesional, Echevers demuestra una sensibilidad única a la hora de observar  y registrar 

las imágenes que ilustran los “libros de vida” de las personas que capturan su atención.

No se trata de utilizar el lente con más potencia o alcance, sino de elegir el más adecuado para la belleza visual ante uno.



Datos técnicos 

La cámara con la que Echevers retrató a Ricarda es una Rolleiflex C 80/2.8

Alemania 1955. Además, utilizó una película Kodak Tri X, 120mm, 1997.

Para el revelado se usó una Kodak D76. Finalmente, para el escaneo: Epson V850.

FRASE

“Nunca me quisieron, me quitaron mi sombrilla un par de veces y la escondieron lejos de aquí”, rememora Ricarda, sobre el rechazo que experimentó durante sus primeros años en el oficio

del lustrado de zapatos,

un gremio, como ella misma reconoce, eminentemente masculino. Perder una herramienta tan básica de trabajo caló profundamente en su personalidad, que, pese a seguir siendo dulce, desarrolló la dureza necesaria para no dejarse amedrentar. Así, ella aprendió a pelear sus batallas haciéndose más fuerte, y a no callar, a reclamar por sus derechos y por recibir un trato digno de sus pares.





TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

Opinión en Twitter
Opinión en Facebook
Portada Impresa