Cochabamba, domingo 19 de agosto de 2018

Philippe Bizot: el silencio, la memoria y lo surreal

Un perfil del destacado mimo francés Philippe Bizot, construido a partir de una entrevista realizada hace unos años y retomada con motivo de una segunda entrevista que el autor tuvo con el actor en noviembre de 2017.
| Luis Carlos Sanabria | 07 ene 2018



Primer acto

Uno podría pensar que es irónico que un maestro del arte escénico, un actor de renombrada fama mundial, se sienta cómodo en un camerino así de precario. El maestro ha actuado en muchísimos lugares alrededor del mundo, y seguramente en teatros llenos de lujos y comodidades. Sin embargo parece no molestarle que el camerino sea estrecho y que, con dificultad, tenga la capacidad de acoger a cuatro personas entre sus paredes. Más adelante nos enteraremos que el maestro también ha llevado su arte silente a lugares marginales y carentes de comodidad. Nos dirá que ha realizado talleres de pantomima en aquellos lugares en los que el arte no entra con facilidad. Pero no es necesario adelantarse.

El camerino es angosto, ligeramente húmedo, un tanto desordenado y algunos focos que enmarcan el espejo principal no funcionan. Empero, el lugar tiene lo que necesitamos: una acústica casi virginal y unos sillones cómodos. Sobre el asunto el maestro sólo comenta, en medio de un chiste, que ha conseguido el lugar más caliente de La Paz mientras se acerca a la débil estufa que no puede vencer al frío. Deberíamos hacer una fogata, acota el maestro, sin desdibujar de su rostro una sonrisa tan amable que no parece real. O una parrillada.

El actor parece tener el superpoder de que todas sus palabras parezcan halagos. Un extraño don: puede decir cosas que en otro tono podrían ser ofensivas o vanidosas, pero su amabilidad, la modulación de sus palabras y sus gestos carismáticos te hipnotizan y lo sientes todo lleno de amor, todo como un cumplido. Y eso, como la sonrisa amable, hace que uno sospeche de la realidad del carácter del mimo. Sin embargo, en una conversación de poco más de una hora, un posterior intercambio de correos electrónicos, y una segunda entrevista años después, no he podido vencer el encanto hipnótico del maestro, y esa primera sospecha ha quedado desechada.

Se lo nota algo incómodo por el clima, y es natural, nos encontramos en los primeros días de agosto, los últimos de invierno. Como si la estación quisiera despedirse, una nevada ha caído sobre las montañas de este lado de los andes, trayendo consigo ese frío específico como de refrigerador abierto, aunque estemos relativamente lejos de las nieves. A eso debe sumarse que el camerino del Teatro de Cámara es una de esas habitaciones paceñas típicamente frías: nunca recibe el sol y se encuentra en las entrañas de una edificación antigua, de esas que suelen tener paredes de un metro de grosor.

Nuestra presencia ahí es casi accidental, de forma inesperada mi compañera Eloisa Paz y yo fuimos designados para cubrir una entrevista con un famoso mimo francés, el maestro Philppe Bizot, que desde hace algunos años ha puesto una atención especial a Bolivia, y nos visita con su arte de cuando en cuando. La cita es en el Teatro de Cámara, donde se encuentra ensayando para las dos funciones que dará durante su estadía en La Paz. Nos recibe todo vestido de negro, nos hace pasar al camerino, nos invita amablemente a tomar asiento y nos agradece la entrevista que vamos a realizarle a pesar de que somos nosotros quienes debemos agradecerle el permitirnos invadir su espacio e interrumpir su rutina. Hace las bromas sobre el frío.

Observándonos con una mirada que no nos mira, sino que parece imaginarnos, y sin quitar la sonrisa de su rostro –la tendrá inamovible por más de una hora–, el maestro comienza el relato que debe estar acostumbrado a contar: el cómo empezó en esto de la pantomima. Nosotros algo sabemos, procuramos informarnos un poco antes de la entrevista, pero no podemos evitar que se explaye en la historia, pues parece que la contara por primera vez aunque lleve años repitiéndola: todo comenzó a sus ocho años, cuando fue a ver una presentación del maestro francés del mimo del siglo XX, Marcel Marceau. Entonces tuvo, en sus palabras, un choque estético: la aparición visual del invisible.

(Marcel Marceau, bautizado como Marcel Mangel provenía de una familia judía francesa. Durante el holocausto su familia sufrió persecución. Su padre, carnicero, fue arrestado por la Gestapo y deportado al campo de concentración de Auschwitz, donde murió. Entonces Marcel adoptó el apellido Marceau para esconder su origen judío, y lo mantuvo hasta el final de sus días. Durante la guerra él y su hermano fueron parte activa de la resistencia y lograron salvar a muchos niños judíos. Inició su carrera artística actuando para las tropas francesas ocupando Alemania, en la post guerra. Influenciado por la actuación de Chaplin, desarrolló a Bip, su personaje y alterego. Marceau era toda una institución del teatro y del mimo cuando Bizot lo vio por primera vez)

Entonces, Bizot cuenta que conoció el silencio. No entendí mucho de lo que pasaba, pero quedé fascinado. Más adelante se daría cuenta de que tenía la capacidad de hacer reír a sus compañeros de colegio con sus cosas, sus gestos, sus ocurrencias. Y ese descubrimiento lo llevó a las tablas.

Mientras el maestro comenta esto, tengo un primer choque ante mi prejuicio: tenía toda la idea de que un mimo es, en esencia, un ser tímido y que por ello busca el silencio. Ante este testimonio de personalidad extrovertida, pregunto al maestro cómo fue su infancia. Muy feliz, contesta él. Yo insisto preguntándole cómo era él de niño, cómo se llevaba con sus compañeros. Él insiste sin dejar de sonreír: Muy feliz. Para acabar señalando, nuevamente, que su relación con sus contemporáneos estaba mediada por la capacidad que él tenía de hacerlos reír.

Bizot comenta que si alguien en algún momento tuvo las llaves de su vida, fue el afamado actor francés Jean Louis Barrault. Bizzot llevaba unos meses actuando en un teatro en Burdeos, su ciudad natal, cuando Barrault lo vio en escena. Para entonces Barrault era otra leyenda del teatro francés: En 1940 crea, junto a su esposa Madeleine Renaud, la compañía Renaud-Barrauld, que tuvo una ilustre trayectoria en París y realizó giras por Europa, Canadá, Estados Unidos y Sudamérica. Por su cuenta, Barrault se encargó de la dirección de varias academias y la administración de distintos teatros de renombre. Sobre su relación con él, Bizot comenta que después de verme actuar, Barrault me dijo que yo era un maestro, que no necesitaba que me enseñen más. Así fue como me acerqué mucho a este hombre fabuloso, que es el héroe de “Los chicos del paraíso”, la película más famosa al servicio de la pantomima. Él fue mi maestro pero no como actor sino como padre espiritual, ha tenido una trayectoria humana artística fabulosa, Todo lo hizo con la pureza total de hombre. Siempre que entro a actuar tengo un pensamiento de agradecimiento hacia él.

Pocos días después a esa actuación trascendental, y de forma arbitraría, Barrault inscribió a Philippe en un campeonato mundial de mimo. Todos imaginamos quién ganó el primer lugar. El premio incluía una gira de actuaciones por Estados Unidos y Canadá. Fue la primera vez que subía a un avión. Y desde entonces no he parado de actuar. Ni de viajar.

Segundo acto

El silencio es una cosa palpable. Es el lugar de la poesía, de la memoria, del sentimiento.

Es comprensible que un mimo, desde su posición estética, valore el silencio. Sin embargo, para Bizot el asunto se ha hecho conceptualmente más complejo. Cuando escribo en francés no hablo de silencio, sino de un silencios. Son territorios diferentes, el lugar de las confidencias y secretos. Uno de estos silencios es el que tiende un puente invisible con el público.

Para este actor en particular el silencio no sólo es importante en el desarrollo escénico de una función de mimo. Para él, el silencio es el lugar de la memoria. Cuando te acuerdas de los momentos más felices, o tristes, lo haces en silencio. Esa memoria es la que permite al actor sentir nuevamente algo intenso. Esa memoria le permite crear una gestualidad. Cuando el maestro nos habla del silencio abre bien los ojos y mueve mucho las manos. El recurre a su memoria para crear, pero afirma que también recurre a la memoria de la gente a la que lo rodea. Se apropia de la memoria ajena y utiliza el silencio para producir algo a partir de ello. Los recuerdos son universales, sintetiza el maestro para dejarnos entender que también el silencio es universal, así como los gestos. Y por ello mismo la pantomima es universal.

Es también comprensible que un mimo, desde su posición estética, valore la imagen. Tanto aquella que hace visible desde la nada, o mejor dicho, la hace visible desde la imaginación; como aquella que su rostro debe expresar desde la gestualidad. Para Bizot lo único que supera al lenguaje es el silencio, porque el silencio se sirve de imágenes y gestos –no así de sonidos– para comunicar o dar a entender distintas cosas. Y si bien sugiere un lenguaje diferente, es uno rebelde, porque va a prescindir de las palabras, de los códigos que separan la comunicación humana. Con su arte el mimo propone una especie de regreso a Babel, en el que podemos comunicar sentimientos e ideas sin el castigo de la confusión idiomática.

El mimo pone un ejemplo claro: si tú tienes la imagen de un niño llorando en la primera plana del periódico, no importa el idioma en el que el texto está escrito, entenderás que la noticia es sobre una tragedia. Por eso, para poder transmitir esas emociones desde escena, el mimo necesita aprenderlas.

Aquí puede abrirse un debate ético: ¿hasta dónde puedes llegar para conocer el dolor o la dicha, respetando la intimidad del que lo padece o disfruta?

Bizot no abre este debate, simplemente nos cuenta su experiencia de trabajo y yo me incomodo un poco. Tal vez porque conozco ese lado de la humanidad, el de la enfermedad y la muerte, y siempre me ha costado relacionarme con esas facetas del hombre en su debilidad. Trabajo con autistas, enfermos de Alzheimer, acompaño chicos a la muerte. Cuando fui a Líbano fui el primer actor invitado a la guerra. He trabajado en un país en ruinas, con tantos huérfanos, heridos de guerra. Y quedan tantas cosas por hacer. Hemos creado con los médicos una especie de geografía del dolor. Yo no soy médico, pero explicaba a las enfermeras que empezaban a trabajar muy jóvenes cómo tomar en tus brazos a un chico que sufre. Yo estaba para analizar la postura, para explicar el dolor desde la lectura del cuerpo. Soy un diccionario de dolor y de felicidad. Soy una esponja.

Sin duda él ayuda con su arte a la gente que sufre. Este es el momento de la conversación que me incomoda, aunque no sé bien por qué. Supongo que por prejuicioso. Tal vez por orgulloso. Por pensar que el sufrimiento es una cosa íntima. Y me avergüenzo por incomodarme, porque a pesar de sentir que hay algo de la intimidad de la persona en cuestión que se está violando –según mi criterio apresurado–, Bizot está ayudando a la gente que sufre. Mientras yo prefiero mirar a otro lado, pensando en el orgullo del que sufre, cuando lo más seguro es que quiere mi empatía.

Si ves el dolor para aprenderlo desde el acto de analizar la postura del cuerpo que duele, y luego intentas dar un poco de alegría a ese humano sufriente, estás haciendo algo correcto, ¿verdad?

Tercer acto

La pantomima es una escritura perfecta. Es una escritura que se divorcia del lenguaje.

Quizás es por mi formación, o quizás es que quiero llevar al actor al campo discursivo que mejor conozco. No sé qué premisa guía la interrogante, pero cuando preguntamos al maestro sobre su relación con la literatura, lo primero que hace es afirmar que, en su silencio, la pantomima es una forma de escritura. Pero la pantomima para mí es como escribir, estoy escribiendo una nota, luego una noticia, luego una novela, eso se puede quedar con esa historia más de 15 días, yo sé que es una buena idea, a veces no la actúo pero me quedo con esa búsqueda. Porque cada historia tiene su gestualidad, cada palabra tiene que ser traducida por el gesto más bello y además cambio un poco mi gestualidad cuando cambio de cultura.

Empero, más allá de que la puesta en escena de una obra mímica también pasa por un texto previamente escrito, Bizot afirma que la literatura es una parte importante de su vida, a pesar de que siente que a los escritores franceses de ahora –a quienes llama aburridos– les falta imaginación y estilo.

Lo que al maestro le emociona es reimaginar los libros que lee. Por eso he adaptado a mimo, he reescrito un poco y he dirigido “Cien años de soledad”, con una actriz boliviana que se llama Sandra Peña. Y a partir de ahí comenta todas las lecturas apasionantes que ha tenido desde la posibilidad o el hecho de adaptarlas a representación en una obra de mimos. Me fascina la literatura.

Un poco más adelante en la entrevista Bizot nos dejará ver la importancia que para él tiene el detalle hasta en lo que se imagina. Y supongo que es por esta obsesión en las pequeñas cosas que configuran la escena, que crean un espacio y un soporte, que la obra literaria que maneja como referente, como lectura de cabecera, es En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, novela de largo aliento, compuesta de siete partes en las que la descripción y el detalle –del espacio, de la sociedad burguesa de París de principios del Siglo XX– son no sólo fundamentales sino también emblemáticas.

Pero además de conocer la literatura francesa, el maestro demuestra un gran interés por la poesía japonesa y por la poesía china. Cuando estoy por cambiar de tema, el mimo se guarda un comentario final sorpresivo: es un admirador de la obra de Jaime Saenz y cree que Felipe Delgado es una gran novela. No deja de ser sorprendente que, aunque el intercambio y el diálogo que el mimo francés tiene con Bolivia es fluido, el maestro se ha dado tiempo para conocer el arte local, la literatura que hacemos. Afirmar que Felipe Delgado es una gran novela puede parecer un ejercicio típico de validación del canon. Uno puede decir que el Ulises de Joyce es un gran libro por ser parte de un canon crítico, a pesar de nunca haberlo leído. Sin embargo Bizot sabe de lo que habla, ha leído las 629 páginas de la novela y es capaz de nombrar personajes y rememorar escenas del libro. Es a partir de esta literatura que el mimo empezó a entender la mística interna de La Paz, ciudad a la que llama encantadora, y que la encuentra comparable con grandes ciudades chinas.

Sin embargo, no es la única sorpresa literaria de Bizot. El mimo también ha escrito y publicado un par de novelas en Francia: Las pequeñas etapas de la felicidad y El arte de la fuga. Esta segunda, según nos describe el autor, está llena de pasajes surrealistas y se desarrolla en Bolivia. Toma lugar en el lago Titicaca. Un actor francés decide irse a vivir ahí después de un fracaso sentimental. Vive solo en una casa flotante –supongo que se refiere a una casa en una de las islas flotantes que hay por el lago, aunque teniendo en cuenta el carácter surreal del texto que nos describe, no me sorprendería que se trate de una casa literalmente flotante, suspendida en el aire–. Un día una fotógrafa encuentra la presencia escondida de este hombre, en una fotografía que toma del paisaje y comienza a indagar quién es. Así comienza su historia de amor. Y tienen cenas en las que recorren distintos lugares mientras bailan. Es un amor construido por la imaginación, pero una imaginación creadora.

No es difícil dejarse hipnotizar por las historias de este hombre. Bueno, ni Eloisa –que lo escucha igual de absorta– ni yo lo hemos leído, pero te narra sus historias, tanto de vida como las ficciones, de una manera tan bien construida, que no sé si en verdad las tenía pensadas previamente o si se le han ocurrido durante la entrevista y todo es un acto más de su hipnótica forma de ser. Además que la magia está siempre presente en su narración, sea que te cuente sus ficciones o cosas de su vida cotidiana. Y narra los detalles mágicos de sus historias con una naturalidad impecable, que te hace pensar seriamente en el realismo mágico del boom latinoamericano, ahora tan menospreciado, como si sólo se hubiese tratado de una moda. Ver a este hombre jugar con lo suerreal y el realismo mágico con tanta pasión en las historias que inventa sólo puede entenderse desde una poética de la imaginación.

Una imaginación capaz de transmitir formas, texturas y arquitecturas desde la nada, desde el silencio que en este caso también es visual.

Cuarto acto

Bizot dice que de niño tenía un Atlas. Cuenta que en la letra T tenía una fotografía del Lago Titicaca. Ahí comenzó su fascinación por ese destino en el que, años más adelante, utilizaría la magia del lugar y para ponerla en diálogo con la magia del amor en su novela. Comenta que aquella imagen la grabó tan bien, que cuando llegó al Lago Sagrado por primera vez, sentía que conocía ese lugar de palmo a palmo.

Bizot también dice que de niño viajaba a través de este atlas por todo el mundo. Que, como en el caso del lago, cuando empezó a actuar alrededor del mundo sentía que los lugares ya los conocía.

Afirma que cierta vez, en China, recorrió el Palacio de Verano del Emperador sintiendo que ya había estado antes en esos pasillos, y reconociendo e incluso adelantándose a algunos detalles. La primera sospecha que tiene es que esto le sucedió por haber estado estudiando mucho el tema. La segunda sospecha que tiene es que tal vez, en otra vida, fue el emperador.

Bizot dice que cuando está cansado, regresa a su pueblo natal y realiza una caminata imaginaria.

Toda mi familia está al sur de Francia a cuarenta grados. Mi ciudad, mi pueblo natal, se llama San Juan de Luz y es hermoso. Sobre el pueblo, a cinco kilómetros hay unos montes con senderos para realizar paseos. Te juro que esto es verdad: cuando me aburro, o estoy triste o estresado, cierro los ojos y soy capaz de ver un camino en tiempo real. Al principio del camino la pequeña iglesia perdida en el campo. El tiempo para llegar a la cima es de una hora y media. Y lo hago paso a paso, recordando las veces que he realizado esa caminata, y soy capaz de ver y sentir todo: los árboles, las aves volando, las curvas del sendero, los lugares de mayor subida, todo. Yo grabo todo con los ojos y nunca lo voy a olvidar.

Uno pensaría que hay algo místico detrás de esto. Para el maestro es solo escaparse con talento. Lo atribuye todo a la imaginación y a la concentración.

Escucharlo me ha creado una imagen de una ciudad portuaria y boscosa que es probable que nunca conozca, que nunca llegue a confirmar si es como me la había imaginado gracias a Bizot. Pero hasta el día que muera, San Juan de Luz y el paseo por sus montañas será como el maestro la describió esa tarde fría emulando un paseo.

Quinto acto

Amuki es una palabra de origen Quechua/ Aimara que quiere decir silencio.

Philippe Bizot dirigió un taller que llevaba ese nombre y que trabajaba con personas discapacitadas. El maestro no sólo actúa en grandes teatros. También lo hace en el campo, en lugares en los que nadie está familiarizado con la palabra teatro, en botaderos, en espacios populares. Lo hace porque el mimo no requiere de palabras rebuscadas para crear una estética, no requiere de complicadas secuencias narrativas, no requiere de chistes sin gusto. Lo único necesario es tener imaginación y tener emociones, y eso es universal en todo humano.

Justamente por eso Bizot tiene proyectos similares alrededor del mundo y trabaja con inválidos, con gente de la calle, gente con síndrome de down, con alzheimer, etc. Porque si bien a veces las palabras faltan para decir algo, otras veces sobran.

Sin embargo estos proyectos siempre encuentran tropezones, especialmente en Bolivia, donde varias veces se han firmado proyectos con el actor que han quedado en nada por el constante cambio de autoridades. Cada nuevo encargado deshecha los proyectos de su antecesor, y Bizot entiende estas cosas de la política, pero se lamenta que por ello grandes proyectos culturales no puedan continuar con su desarrollo. Por eso sus visitas son cada vez más espaciadas.

En este momento Eloisa, sonriente, comenta que ella lo conoció de niña en el colegio Franco Boliviano, cuando llegó a dar tal vez una de sus primeras funciones. Y es así como el maestro llegó a estas montañas: recibió una invitación del director de aquel establecimiento educativo, amigo suyo, y eso fue suficiente para que el mimo quede cautivado con el país, y se haya ofrecido a dar talleres y armar proyectos que llevarían el teatro lejos de los espacios elitistas. Funcionó bien por un tiempo. Ahora la burocracia y la inestabilidad en políticas culturales restringen un poco más al mimo.

Sexto acto

Eloísa toma unas cuantas fotos al maestro mientras yo agradezco la entrevista. Salimos del Teatro de Cámara sonrientes y sin decir una palabra. Vemos un afiche con las fechas de presentaciones de Bizot y le tomamos una foto. Entonces rompemos el silencio emocionados. Hemos pasado una hora increíble y lo comentamos.

Pasa un momento y me siento salir como de un trance. Como si toda la entrevista la hubiera imaginado. Pero no, en verdad imaginé cada palabra que el Bizot real decía, y ponía imágenes y emociones en mi mente, y me tenía como hipnotizado a pesar de que era él quien respondía mis preguntas.

Pero en verdad no sé si era Bizot el mimo o Philippe el hombre que me respondía. Y esa duda me persiguió en los meses posteriores a la entrevista. Me persiguió incluso en un futuro intercambio de preguntas y respuestas, y nunca supe llegar a una conclusión al respecto. Me persiguió por años, incluso en una nueva entrevista que le realicé para el medio en el que ahora trabajo, en Cochabamba, y pude comprobar que, como sospechaba, no recordó la hora que pasamos conversando en un frío camerino de La Paz. Él está consciente de esa dicotomía suya, de esos dos entes que son él, así como supongo que Marceau se confundía con Bip. El ejemplo de esto es claro, cuando en otra entrevista se le preguntó en qué momento comenzó a sentirse artista, la respuesta fue:

Nunca. Nunca me siento artista, la gente me reconoce como artista pero yo nunca.  ¿Diferente? Claro, yo soy diferente de los otros. Es un sueño, yo soy diferente como artista, de niño tenía un sueño, mi sueño se llama pantomima y lo vivo cada día.

Mi más grande invención fue el inventar al mimo Bizot, vivimos los dos en buena amistad, viajamos siempre, yo Philippe al servicio del mimo y el mimo Bizot al servicio de la Pantomima.

Mi último intento para intentar comprender al maestro, a este hipnotizador perfecto, es insistir en la pregunta con vicios de psicoanálisis mal aprendido: ¿Cómo fue su infancia?

La respuesta es la de siempre, inexpugnable, certera. Incluso imagino la sonrisa del maestro cuando la vuelvo a leer: Muy feliz.

Escritor – Twitter: @luisca_sl





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