Cochabamba, domingo 21 de enero de 2018
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20 libros clave de la narrativa boliviana en 2017

En su celebración de fin de año, como todas las gestiones la reunión del equipo de la RAMONA derivó en la selección —caprichosa, arbitraria, sin orden específico— de los libros que hemos considerado como más importantes en 2017 en cuanto a narrativa boliviana. Publicamos en las siguientes páginas un listado de ellos, acompañado de reseñas propias y algunas otras que aparecieron en otros medios. 
| Alvaro Vásquez | 31 dic 2017



Nuestro mundo muerto

Liliana Colanzi- Editorial El Cuervo

 En la selva, los pájaros gritan no cantan. Anuncian, no parlotean. En la selva, los tapires toman sol en las orillas de los ríos, serenos, hasta que un caimán emerge de las aguas y lo arrastra al fondo negro. En la selva, en el Beni, encontraron una boa con una pierna humana dentro. En la selva, en el camino hacia Santa Cruz, cuando el monte se pone apretado, en una poza de aguas calientes y humeantes, los tentáculos gordos y rosas de un pulpo envuelven a un cachorro de zorro. Porque sí, porque es así cuando la lógica establecida, la que conocemos, se descompone también. Porque los pulpos así no viven en la selva de Santa Cruz, viven en la selva de un desequilibrante cuento llamado “Chaco” en el libro Nuestro mundo muerto (2017) de la escritora Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981).

 Nuestro mundo muerto, editado por la Editorial El Cuervo, tiene ocho cuentos, seis de los cuales transcurren en la selva, en el monte de Santa Cruz, Beni y el Chaco. En esos cuentos la relación de Colanzi con la selva, con la ley de la selva, con la descomposición del orden, es de amor por la tierra que la vio nacer, que la construyó y de la que salió. Es como el amor que le profesaba Werner Herzog a esos paisajes abigarrados, húmedos y decisivos,  después de años de lidiar con la selva en películas como Aguirre la ira de Dios o Fitzcarraldo: “No es que odie la selva. La amo, pero la amo contra lo que dicta mi sano juicio”.  

 La lectura de Nuestro mundo muerto es algo así como perder el sano juicio. Caminar desde la carretera y sumergirse en el monte hasta que se cierra, que te traga, que te habla con su propio lenguaje. Un lenguaje ya no de palabras o idiomas sino de premoniciones, sueños, canciones y visiones. Y entonces eres Aguirre tragado por la selva, vuelto uno con ella. Dos. Ya no eres tú, eres nosotros. El libro de Colanzi es una respuesta a ¿cómo lidiamos con esta ansiedad?¿En qué lenguaje le hablamos a la angustia? Y la respuesta esta lanzada en ocho cuentos, seis en la selva, uno en el invierno de Paris, otro en la helada Ítaca y en la oscura y desértica Marte. Y nos dice: ¿Qué tal si en vez de mirar a otro lado, de curarnos en salud, hacemos caso a ese lenguaje que nos habla desde los sueños, desde las premoniciones, desde las canciones, desde el pasado, desde nuestro mundo muerto? (Alba Balderama)

En el cuerpo una voz

Maximiliano Barrientos-Editorial El Cuervo

Historias empecinadas en demostrar que la violencia es el agujero oscuro donde el milagro ocurre. Esta certeza despliega el escritor Maximiliano Barrientos (Santa Cruz, 1979) en su tercera novela En el cuerpo una voz (2017). El libro es una luminosa perturbación que marca a fuego su relación literaria con la violencia.

La novela comienza cuando termina todo. Rodolfo Peña y su hermano herido de bala escapan de El General, un ex militar que siembra el terror en todo el territorio del oriente boliviano durante la época del colapso. Una época de masacre, muerte y miedo que sobrevino a la disolución de Bolivia, cuando la Nación Camba se constituyó como tal después de que mataran al presidente indígena. La historia acontece en un lugar probable, en una realidad paralela de  Santa Cruz de la Sierra si es que los planes separatistas de la Nación Camba hubiesen seguido adelante. Omitiendo el instante del escalofrío repentino del “qué pasaría sí”,  la novela de Barrientos se instala en una herida profunda y visible, en un tajo que el autor asesta violentamente en la historia y el territorio de Bolivia. Todo sucede sobre ésta gran herida, un territorio partido. La Nación Camba se erige como una cicatriz más de la novela es la marca de la violencia que los que la habitan cargarán siempre.

Las cicatrices como testigos. La voz de Peña cuenta como “En esos primeros años, cuando el conflicto cesó, no había nada nuevo, ni hombres ni cosas, y todos profesaban un culto a las cicatrices. Eso éramos: cicatrices que funcionaban”. Lo aterrador en el libro no es la muerte, morir asado, quemado, es sobrevivirla. Haberte tragado un pedazo del muslo de tu vecino y aguantar la náusea. Haber metido los dedos en el costado abierto y sangrante de Jesús en la cruz y luego creer. Haber amado con todo tu ser, una, dos, cien veces y haber sobrellevado la pérdida, listo para fracasar nuevamente. Haber creído que no crecerías jamás y crecer. Ser testigo de la desolación y mirarla de frente. El libro es eso, un llamado a mirar. A enfrentar la realidad, el horror, la pérdida y la muerte. Un llamado a no mirar a un lado. (Alba Balderama)

Iluminación

Sebastián Antezana - Editorial El Cuervo

Un ya casi lugar común de la literatura señala que Julio Cortázar alguna vez dijo, apelando a terminología del box, que la novela siempre gana por puntos, mientras que el cuento lo hace por nocaut. Pero hay excepciones como Iluminación (Ed. El Cuervo), que se gana al lector mediante la contundencia de la precisión narrativa al tiempo que con una profundidad de mundos, personajes e historias que, de modo inverosímil, abarcan una cuantas páginas.

Siete relatos conforman el tercer libro de Sebastián Antezana Quiroga (México - Bolivia, 1982), quien se adentra en sombrías relaciones familiares, de pareja, introspectivas y hasta entre animales para golpear los sentidos en cada párrafo. Por ello es que la reciente obra del Premio Nacional de Novela 2007 por La toma del manuscrito ha merecido altísimos elogios en su aún corto andar.

Estos, también de fuera del país, coronan un momento en verdad extraordinario de la literatura boliviana y varios de sus escritores y escritoras, que ganan o son finalistas en premios, que son traducidos y reeditados, y que con ello ponen en una renovada vitrina a nuestras letras.

Con el asimismo autor de El amor según (cuentos, Ed. El Cuervo, 2011), candidato doctoral de Estudios Romance en la Universidad de Cornell (EEUU) y uno de los editores del desaparecido suplemento cultural Fondo Negro dialogó este año la RAMONA.

En tal entrevista, el autor sostuvo: “Por lo general trato de no usar mis cuentos como manifiesto sobre el presente. Pero sí creo que hay instancias de lo real que, en literatura, se develan como un juego descarnado, a veces dañino, a veces desbalanceado o idiota. La ficción es una de las formas más radicales de jugar el juego de lo real, y lo real puede ser un terreno que no ofrece salidas frente a su propia dinámica avasalladora –eso, sobre todo, si pensamos a la literatura como representación del sistema sociopolítico en que estamos insertos–. Pero, afortunadamente, la literatura es eso y también mucho más”. (Sergio de la Zerda)

Rigor Mortis. La normalidad es la muerte

Álex Ayala Ugarte – Editorial El Cuervo

Rigor Mortis. La normalidad es la muerte, editado por El Cuervo, revela el rigor y el escrúpulo con que el periodista boliviano-español Álex Ayala Ugarte asume su relación con la palabra. La palabra que, dentro los márgenes del periodismo escrito, no debería admitir imprecisiones informativas ni incorrecciones formales. La palabra, que en manos de un cronista curtido en el periodismo narrativo, se traduce en historias -de no ficción- extraordinarias sobre seres y cosas ordinarios. La palabra que, en alguien de “culo inquieto” como Ayala Ugarte, se persigue en parajes alejados y recala en periódicos, revistas y, en el mejor de los casos, libros. Libros como Los mercaderes del Che (2012), La vida de las cosas (2015) o, claro, Rigor Mortis.

El lanzamiento de este libro puso fin a un proceso de casi dos años, a lo largo de los cuales el periodista recorrió ciudades, pueblos y comunidades de Bolivia separados por cientos de kilómetros de distancia, hasta completar 16 relatos que testimonian algunas de las formas cotidianas en las que los bolivianos mueren y/o se relacionan con la muerte. No fue un camino expedito. Al rigor y escrúpulo propios de su método de trabajo, el autor debió adicionar altas dosis de paciencia, de autocrítica, de sufrimiento y de “puteadas”. El trabajo le ha permitido a Ayala, entre otras cosas, marcar una nueva etapa en su carrera y romper con ciertas manías del periodismo, como la reticencia al uso de la primera persona, que en el libro se manifiesta de forma muy abierta, al punto de revelar a un autor que no aparecía en crónicas y libros anteriores.

También hubo satisfacciones, una de ellas la Beca Michael Jacobs que le otorgó un financiamiento de 5 mil dólares para realizar el libro. Y aunque dice el cronista que Rigor Mortis ya no le pertenece a él, sino a sus lectores, va a ser muy difícil que deje de pensar, de hablar y de escribir sobre él, como también va a ser muy difícil que deje de pensar, de hablar y de escribir sobre su protagonista: la muerte. (Santiago Espinoza Antezana)

Para comerte mejor 

Giovanna Rivero – Editorial El Cuervo

-La editorial El Cuervo editó el libro de cuentos Para comerte mejor, de la autora cruceña Giovanna Rivero (Montero, 1972), originalmente publicada por Sudaquia en Estados Unidos. Con su publicación se comienza a saldar una deuda pendiente con la obra más reciente de Rivero, una de las voces más potentes de la narrativa boliviana actual, que en el último tiempo ha venido publicando más fuera que dentro de Bolivia.

Para comerte mejor es un libro que afianza aún más la ya consolidada obra de Rivero. No en vano ha sido considerado, por el escritor y crítico Sebastián Antezana, el trabajo hasta la fecha más acabado de la autora cruceña. Y aunque, por su manejo de un lenguaje más crudo y por la apelación a géneros -como la fantasía y la ciencia ficción-, se muestra a momentos más próximo a Tukson, historias colaterales (2008); su universo de temas, de personajes y de escenarios le permite también dialogar muy naturalmente con 98 segundos sin sombra.

En un apresurado ejercicio comparativo, podríamos afirmar que si 98 segundos sin sombra parte del impulso vital de su joven protagonista y narradora por escapar de Therox (su pueblo), Para comerte mejor encarna la voluntad de los personajes de algunos de sus cuentos (pienso en “La piedra y la flauta”, “Humo” y “Regreso”) por volver a ese territorio, que es geográfico pero también emocional, que puede ser Montero pero también Bolivia, que evoca un lugar pero también una edad (la infancia-adolescencia-juventud). Lo curioso es que la vuelta a Therox es más imaginada que real, en la medida que demanda el concurso de la memoria –con más o menos nostalgia de por medio- para su consumación. Y en algún caso, el retorno es solo posible en un futuro distópico, en el que territorio del pasado idealizado ha terminado física y moralmente corrompido.

De la imaginación de un futuro postapocalíptico, en cuentos como “Pasó como un espíritu” y “Regreso”, se desprende otro de los mayores aciertos de Para comerte mejor: una incontestable audacia discursiva para leer el estado de las cosas en Bolivia. Un reclamo recurrente hacia la literatura boliviana suele ser su supuesto desinterés por acompañar los momentos de inflexión histórica, como el que venimos viviendo en los últimos años. Sin llegar a ser su único propósito, en un libro como Para comerte mejor, Rivero propone una lectura inteligente y ácida de la historia reciente del país.

Cualidades como las expuestas revelan una escritura portentosa y compleja, tanto por su estilo como por sus alcances reflexivos, que abreva casi en partes iguales de la poesía y del ensayo, para elevar aún más una narrativa de alto vuelo. (SEA)

No soñarás flores

Fernanda Trías, Editorial Mantis

La uruguaya Fernanda Trías reafirma con este compendio de cuentos por qué es considerada una de las narradoras latinoamericanas más interesantes de los últimos años.

Los ocho cuentos que componen este texto son narrados desde la subjetividad de sus personajes principales: siempre primera persona, siempre mujeres, siempre atravesando un conflicto de relaciones deterioradas, sean amistades de infancia, sean amores pasados o incluso amores múltiples. Relaciones transgresoras de las normas propias de quienes las protagonizan, y relaciones transgresoras de las normas sociales.

Los ambientes en los que estas historias toman lugar metaforizan estas transgresiones, haciendo un diálogo con la toxicidad de algo que alguna vez fue puro, como la amistad de largos años que comenzó en la inocente infancia y que ahora está mediada por el desgaste natural y el aburrimiento de las relaciones, y el pueblo francés en el que la historia se desarrolla, a orillas de un adorable río otrora puro y que al momento de la historia arrastra en su cauce los residuos nucleares de una planta instalada en aquel pueblo.

Hay una constante crisis y búsqueda de sentidos particulares y relaciones con el mundo que rodea a las personajes que protagonizan estos relatos, siempre atravesadas por su feminidad.

La prosa es limpia y contundente, un lenguaje que no economiza ni derrocha, sino que mantiene un equilibrio muy bien logrado y que depende, únicamente, de las exigencias de cada relato. Las historias envolventes y reflejan un trabajo de relojería en la escritura.

Un plus para este libro es su versión para Bolivia es la hermosa edición tapa dura de Mantis, proyecto editorial comandado por Magela Baudoain y Giovanna Rivero, que trabaja en alianza con Plural Editores y la Fundación Simón I. Patiño. El diseño, la portada y la taba guardan una impecable calidad, así como las hojas y el cocido. Sorprende su accesible precio. (Luis Carlos Sanabria)

Eisejuaz

Sara Gallardo - Dum Dum Editora

La novela Eisejuaz de Sara Gallardo (Buenos Aires, 1931) nos desafía a leer lo ilegible de ese sitio ajeno a nosotros, colocándonos fuera del conocido mundo donde creemos haber civilizado a los otros, a lo otro que guardamos en nuestras memorias privada y pública.

Acorde a su tiempo, Gallardo hacía ingresar al escenario de lo simbólico una nueva lectura del indio, ya no representado en esa masa o colectividad con que la literatura del siglo XIX y principios del XX había hablado de la fuerza de trabajo, de resistencia o de barbarie restante desde el proyecto colonial.

Tampoco se trata ahora de un arquetipo cuyo hablar se transcribe en sus peculiaridades de pronunciación o sintaxis; no existe ya la más mínima posibilidad de hablar de, o por, el indígena, hay que oírlo desde su subjetividad, desde su particular visión de mundo.

Estamos frente a la extrañeza de un mataco elegido por Dios, un personaje con delirios místicos que ya no halla lugar entre su tribu ni en las fisuras que le ha dejado el mundo occidental. Eisejuaz, portador de tres nombres, transita y desmiente todos los sitios de “civilización” históricamente reforzados y ejercidos por los poderes hegemónicos. La novela escribe a la vez un neo-indigenismo y un neo-misticismo.

Eisejuaz no es el indígena idealizado ni el moralmente elevado, sacrificado en su búsqueda espiritual; por el contrario, en su alma, el bien y el mal celebran a diario tremendas batallas, como en la arena de lo sagrado, donde ambas energías desean gobernar.

Esta novela maravillosa sostiene su mundo narrativo en un desconcertante lenguaje. Eisejuaz es el narrador de la novela y como tal habla, organiza los hechos, nos oculta o muestra lo que sucede según nos hable en español o “en su lengua”. (Mónica Velásquez)

Señales que precederán al fin del mundo

Yuri Herrera - Perra Gráfica

Leo a Yuri Herrera (Actopan, 1970) y no sé qué hacer con lo que tengo al frente. Dos libros. Dos novelas. Trabajos del reino (Editorial Periférica, 2004-2008) y Señales que precederán al fin del mundo. La primera narra el derrotero de un cantor de narcocorridos en el norte de México, esa zona que conocemos tanto porque sobre ella nos llegan noticias todos los días: asesinaron a diez, asesinaron a quince, descubrieron una fosa común con 36, descubrieron un saco lleno de cabezas… Ese es el terreno en el que se mueve el Artista, el cantor que se apega al Rey, un capo del narcotráfico, para llegar verdaderamente a conocer el placer y el poder, y, por ese medio, el arte. O viceversa.

La segunda novela, de la que han dicho que es “un texto especialmente hermoso”, narra de forma más radicalmente extraña, menos delineada, más engañosa, el caminar de Makina, una chica de pueblo mexicano fronterizo –otro de esos que en la línea abundan en sol y arideces– que cruza el límite entre naciones para buscar a un hermano perdido. Pero esta historia, como sucede con todas las historias, es sólo la máscara de un registro más profundo: el cuento de Makina ilustra una leyenda mucho más antigua y más vasta, la leyenda azteca de la peregrinación y el descenso a Mictlán, el inframundo precolombino donde habitan los señores de la muerte, y a donde se llega sólo después de haber traspuesto los nueve niveles de mitos que –el azar sí existe– espejan otros famosos nueve círculos, en una tradición muy otra. Mictlán es el fin, el lugar sin orificios para el humo, y allá es a donde se dirige Makina. A pesar de todo.

Con Herrera, con su palabra, la frontera entre el arte y el poder se hace visible ante nuestros ojos por medio del lenguaje: el cantante que dialoga entrecortadamente con el poderoso jefe narco, la migrante enardecida por la palabra materna que se choca de bruces contra la violencia de las armas, los mitos aztecas tradicionales que son encarnados en forma de agentes patrulleros fronterizos estadounidenses… (Sebastián Antezana)

Soundtrack

Camila Urioste – Editorial 3600

Soundtrack, de Camila Urioste, nos propone un paseo por un lenguaje íntimo, cargado de memoria, cargado de la ficción personal que suele generar la memoria, usando como vehículo una narración de gran calidad, con una prosa a ratos poética, a ratos cinematográfica, a ratos musical.

Este libro, ganador del último Premio Nacional de Novela, ofrece al lector una historia intensa, contradictoria y ambigua –es decir, una historia completamente humana–, y junto a ella un artificio formal para recorrerla. Se trata de una especie de diccionario que atraviesa el lenguaje particular de Alicia, personaje principal. Un lenguaje que define su vida, sus relaciones, su neurosis y sus obsesiones. Vivimos la vida de Alicia a través del mundo que ha construido con palabras y términos.

Abandono es la primera entrada de este diccionario, y en cierto sentido, también la última. La escena es la perfecta imagen de una película: Martín, gran amor de Alicia y a quien conoce desde la infancia, se marcha bajo una lluvia caudalosa en la ciudad de La Paz. Una lluvia contradictoria como muchos elementos de la novela, pero no contradictoria en el sentido de inverosimilitud, sino en la perfecta medida de la paradoja humana (ver CONTRADICCIÓN). Esta lluvia marca la tragedia –por llamarla de alguna manera– de Alicia, que nos cuenta su vida en una narración fragmentada hasta ese momento: no sabemos hace cuánto, que Martín ya no habla con ella. Es una lluvia que trae esperanza a una ciudad travesando su peor momento de sequía, de represas secas y racionamientos de agua.

A partir de esta definición –la de Abandono–, comenzamos a recorrer una trama invisible, marcada por saltos y aperturas similares a las divagaciones que enriquecen tanto la narración oral. Por lo mismo, la lectura no es lineal. Es como tener los retazos de esta hermosa historia fragmentados y acomodados no con un orden cronológico, sino alfabético. (Luis Carlos Sanabria)

Siete casas vacías

Samanta Schweblin Editorial Nuevo Milenio

-¿Vacías de qué están esas siete casas?, ¿Qué es lo que ya no está en esas casas del libro de cuentos de Samanta Schweblin (Argentina, 1978) Siete casas vacías?

El libro más reciente de la escritora argentina Samanta Schweblin, Siete casas vacías (2015), está hecho de siete cuentos: “Nada de todo esto”, “Mis padres y mis hijos”, “Pasa siempre en esta casa”, “La respiración cavernaria”, “Cuarenta centímetros cuadrados”, “Un hombre sin suerte” (inquietante cuento que obtuvo el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo 2012) y “Salir”, y todos ocurren en alguna casa común y corriente de Argentina. Situaciones comunes a todos, se podría decir, hasta que algo nos hace querer soltar la página y revisar si no hemos leído mal. Nos muerde el cuello una extrañeza que ya es un sello de esta consagrada escritora. 

En cada casa asoma esa extrañeza, ya sea en forma de miedo, de algo inquietante, sórdido o terrorífico. En Siete casas vacías, Schweblin nos lleva por corredores, salas, dormitorios y jardines donde todo ha empezado a cambiar, sin que los personajes puedan hacer nada sobre eso, ni sepan cuándo empezó o empezará a cambiar todo. Las historias del libro nos inquietan a los adultos, a los que tenemos que hacernos cargo de una casa, de una vida, de nosotros mismos. Los únicos que no se preocupan o no tienen problemas que resolver son los niños y los muy jóvenes. Y los hay por lo menos uno en cada cuento, los nietos que se desnudan como lo hacen sus abuelos seniles y locos y corren por el jardín con ellos en “Mis padres y mis hijos”, el hijo adolescente que recoge la ropa del hijo muerto de la vecina para botarla a la basura en “Para siempre en esta casa” o la niña que no se hace problema de irse con un desconocido que le compra ropa interior en “Un hombre sin suerte”. 

Schweblin habla de las formas de habitar las casas hoy en día, de cómo cada uno es su propia casa independientemente de las estructuras que nos rodean que están cambiando constantemente, sobre todo las estructuras familiares. Pasa eso ya sean en casas familiares, en departamentos, en “cuarenta centímetros cuadrados”, en casas robadas, invadidas, en casas en otros países. El sinónimo de casa ya no es hogar. El sinónimo de normalidad ya no es cordura. (Alba Balderama)

Toda una noche la sangre

Juan De Recacoechea - Editorial 3600

Me dolió que Juan de Recacoechea no fuera leído en los colegios, en los círculos de intelectuales que dicen hacer poesía “sacrificando sus felicidades”, o al menos ver una reseña de sus libros en YouTube. Es un autor que, al igual que Lucio V. López en Argentina, o Giovanni Guareschi en Italia, muy pocos revisitan; y precisamente la similitud entre los nombrados y Juan, está en la intención de su oficio de escritura: compartir historias, personajes, situaciones, vidas y también muertes.

Toda una noche la sangre fue uno de mis libros favoritos de Recacoechea. Salvando las limitaciones argumentales de American Visa o el gran manejo de personajes de Altiplano Express, Toda una noche… recrea (a su manera) un hecho histórico y cruento, como lo fue el rapto, la tortura y la posterior ejecución de Luis Espinal; pero Recacoechea va más allá de copiar los datos del suceso: hace ficción a partir del diseño de un personaje rotundo y digno del mejor Dostoievski, con abismos y cimas tales, que uno se sorprende rápido por cómo, en tan pocas páginas, Recacoechea ha sabido convencer al lector sobre la existencia de aquel antihéroe y antihumano, llamado Antonio Sivalic.

Así como Robert Bloch construyó a Norman Bates basándose en Ed Gein, Recacoechea toma a uno de los raptores de Luis Espinal (el mismo Espinal tiene otro nombre en la novela) y lo vuelve el personaje protagónico.

Así, somos testigos del crecimiento del vacío existencial de Sivalic y de sus decisiones, de su ira por cierto pasado suyo y por su trayectoria fatal hacia un final que humaniza al lector, al mismo tiempo que explica una cosa cierta pero desgarradora: el destino y la fatalidad pueden ser reivindicaciones del sinsentido, así como Camus analizó en “El mito de Sísifo”, el suicidio.

A partir de la descripción de un destornillador, recurrente en casi toda la novela, el lector completa el cuadro de lo que debió sufrir Espinal antes de morir, y aun así, a pesar del estremecimiento leve que produce lo que no se describe pero sí se intuye, la lectura aterriza con estilo hacia ese final tan anticlímax pero coherente, como la vida misma.

Me da bronca que no se lea ni promocione a autores como a Recacoechea, y en vez de eso, se haga tanta pompa y ruido por escritos de twitteros que no tienen la intención de compartir historias, sino la de mostrarse tan minimalistas e inútiles, como echarse un gas mientras se camina. (Daniel Averanga)



Antología del cuento boliviano

Manuel Vargas - Biblioteca del Bicentenario

Se trata de un libro voluminoso que abarca la narrativa breve de Bolivia desde el siglo XIX hasta nuestros días, dando como resultado uno de los panoramas más completos de este género literario que hasta ahora se hayan publicado en el país.

Los criterios de selección aplicados por el antologador, Manuel Vargas fueron el cronológico, el temático y el de las corrientes literarias.

El resultado de estas taxonomías a las que recurre Vargas —quien recalca que las obras literarias siempre tienden a exceder las clasificaciones— es el siguiente: “Tradicionalistas, románticos, modernistas” (finales del siglo XIX y principios del XX); “Realistas, naturalistas, costumbristas” (inicios del siglo XX); “Vanguardistas: la magia, el sueño, la violencia” (mediados del siglo XX); “Entre la tradición y la modernidad: otros espacios, nuevos lenguajes” (fines del siglo XX), y “Los contemporáneos: Realismo sucio, fantástico, intimista” (comienzos del siglo XXI).

Más de 700 páginas que intentan concentrar en sí mismas lo más significativo de este género.

Da valor a esta antología elaborada por Vargas, además de su extensa trayectoria como antologador y cuentista, el haber estado acompañado por un comité asesor de narradores de peso como Edmundo Paz Soldán, Giovanna Rivero y Adolfo Cárdenas. (Ricardo Aguilar)

Los días de la peste

Edmundo Paz Soldán - Editorial Nuevo Milenio

El rol de la violencia y la religión en la conformación de las comunidades es, entre otros, un tema que el lector puede identificar en la reciente narrativa de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967). Violencia y religión son algo que tienen en común su libro de cuentos Las visiones (Ed. Páginas de Espuma - Nuevo Milenio, 2016) y su novela Los días de la peste (Ed. Malpaso - Nuevo Milenio, 2017).

El primero se ambienta en el mundo distópico planteado en Iris (2014), y presenta relatos de luchas entre pueblos conquistados y conquistadores, desesperanzadoras perspectivas sobre los avances tecnológicos y seres acostumbrados al uso de drogas para todo tipo de experiencias, lo que, además de la ominosa vida misma descrita, genera las constantes visiones. La reciente novela, por su lado, transcurre en una cárcel y un pueblo tan bolivianos como latinoamericanos, un micromundo en el que se condensa toda la corrupción material y moral de la que es capaz el hombre, en medio de tensiones políticas, teológicas y salubres.

Una acelerada y casi cinematográfica narración atrapa al lector de estas historias. De sus matices e implicaciones nos habló en este suplemento el escritor y profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell (EEUU), el Premio Nacional de Novela 2002 y un gran mentor de la nueva generación de escritores bolivianos al haber sido el suyo uno de los primeros nombres que en lo contemporáneo ha trascendido las fronteras del país.

En la señalada entrevista, el cochabambino sostuvo sobre Los días de la peste: “Investigué sobre muchas cárceles latinoamericanas, leí crónicas y novelas ambientadas en cárceles, visité una cárcel imponente e intimidatoria en Colombia, pero siempre tenía claro que la inspiradora era la de San Pedro en La Paz. El disparador en mi imaginario fue un reportaje que vi en la tele sobre unos niños que salían temprano de San Pedro para ir al colegio. Su topografía fue la base pero a partir de ahí comencé a inventarle patios, a crearle un culto religioso, etc. Hay cosas de El Abra también, sobre todo lo relacionado con los delegados, inspirado por una crónica que leí en OPINIÓN”.

Autoretrato

Saúl Montaño, Editorial Nuevo Milenio

Pensar el libro Autorretrato demanda plantear una reflexión central acerca de los límites y las fronteras permitidas de la invención en contraposición de lo real.

Estas dos últimas palabras son las que construyen y entran en conflicto en el libro difuminando las dos constelaciones que suelen ser la referencia de todo lector: la ficción y la realidad. Lo que realmente ha pasado y lo que realmente se ha inventado. Cuando leemos es imposible evitar ese enfrentamiento. Autorretrato es una construcción que acaricia esa delgada línea en la que el cielo pierde toda estrella para el lector. Donde la pregunta que intenta cobrar los grados de certeza, de eso inventado que viene a ser, en términos prácticos la literatura, queda siempre en deuda. Porque el acto de leer implica creer en eso que leemos y también implica desconfiar en eso que crea el humano. Porque la realidad necesita del testimonio del sobreviviente, de la venganza del que ha sido herido, del terror de un sueño asesino, del amor de un imposible, de la sombra del muerto que hemos querido, del delirio por retener la ausencia de una madrugada con un nombre que tiene como esqueleto óseo a un fantasma.

Autorretrato de Saúl Montaño en el fondo o en la superficie conmueve al lector porque te sitúa en ese límite donde se extravían los referentes del principio de ficción y de realidad. Al no tener una constelación clara de lo que se está leyendo, aunque al principio del libro diga no ficción. La experiencia de la lectura puede en un principio resultar incomoda; porque necesitamos saber que juego jugamos, necesitamos creer en los signos que hemos ido usando de referencia en nuestra geografía de la memoria. Al no tener claro el sendero del recorrido; entonces no tenemos un rumbo marcado. Nos encerramos en un recorrido circular constante; donde cualquier y todos los puntos son principio y final a la vez. (Iván Gutiérrez)

Que te vaya como mereces

Gonzalo Lema - Roca Editorial

Los países no terminan nunca de hacerse. En Bolivia cualquier día nos atomizamos, como la ex Yugoslavia. Unos miran al Pacífico y otros al Atlántico. No te olvides que nos hemos fundado con lo que les sobraba a los vecinos. La Paz crece con la inventiva aymara; Santa Cruz se desarrolla con la plata del Estado, pero no tiene hegemonía. El resto está de siesta. El que puede, discrimina. Cocha ha quedado lejos de todo, del mar y del progreso. Así es la Bolivia “arguediana”, fatalista y “cucarachista” de Santiago Blanco, quien ha vuelto más desengañado que nunca.

Ya no lee libros ni ve fútbol nacional, ni siquiera a su Wilstermann querido. Apenas alcanza a tararear en sus momentos de mayor felicidad, tras un buen polvo o un rico plato en el mercado, la cueca de sus amores: la del “rojo” del 72. Eso sí, no ha dejado de molestar a los hinchas rivales, cada vez que puede: ¿Aurorita todavía existe o es solo un paisaje en la laguna? Si Pepe Carvalho no dejó nunca de quemar libros, Blanco sigue usando los suplementos culturales de los periódicos para limpiarse el culo. Es una costumbre o una venganza. Es una crítica concreta a los críticos (…).

Uno de los escasos protagonistas de nuestra literatura negra se llama Santiago Blanco y está de vuelta quizás para no retornar jamás. Que te vaya como mereces de Gonzalo Lema (el escritor ahora debuta como personaje de su última obra) ha ganado el premio L’H Confidencial 2017, galardón internacional de novela policíaca en Cataluña y ha sido publicado allende los mares por Roca Editorial (¿se imprimirá en Bolivia?).

Antes de despedir a su expolicía, Lema ajusta cuentas con todos, incluso con un personaje tránsfuga con ojo de vidrio. Es Año Nuevo y no deja de llover en la Llajta, diluvia como si hubiese muerto un obispo. Blanco ya no vive debajo del puente de Cala Cala. Ahora, tras renunciar al verde olivo, hace de portero del edificio Uribe (un auténtico manicomio con personajes bien cimentados), propiedad de su exjefe, coronel y corrupto. (Fragmento de una reseña de Ricardo Bajo, publicada en La Razón).

Dos disparos al amanecer

Robert Brockmann, Plural Editores

La editorial Plural propuso al libro de Brockmann como uno de los más vendidos este 2017.

Se trata de una exhaustiva investigación de más de 300 páginas sobre la vida, obra y, claro, muerte del emblemático ex presidente y héroe de la Guerra del Chaco, Germán Busch Becerra. Un trabajo que desde sus formas e inquietudes primigenias, demandó al escritor cerca de 20 años de trabajo.

El libro se presenta como un ensayo histórico que relata, de manera cronológica y documentada, la vida del ex presidente, reconstruyendo los antecedentes de su también mítico padre de origen alemán Paul Busch.

La vida de Germán Busch fue intensa, desde su infancia indómita en el -en ese entonces lejano- Beni, su formación en el Colegio Militar de La Paz, su fatídica expedición al chaco boliviano antes del conflicto bélico con el Paraguay y su brillante participación en la guerra.

No menos intensa fue su participación en la política boliviana pre y post guerra del Chaco, en una época de inestabilidad política y caudillismo y en la que el ejército tenía un rol más bien político antes que de defensa.

Su relación con Toro y los militares divididos entre dos generaciones, además de su relación con grandes pensadores que luego serían los ideólogos de la Revolución Nacional (como Carlos Montenegro o Augusto Céspedes) se encuentran en el libro, no solo con precisión documental, sino además, como gran plus, con una amena narración. No se trata de un libro convencional de historia. El manejo de los acontecimientos, documentos y el estilo de la lectura hacen del libro amigable y ameno.

Otro plus es la neutralidad. No se trata de un culto a la personalidad de alguien ya mítico (como fue el intento de biografía que Carlos Montenegro esbozó), ni de una postura detractora contra un opositor al liberalismo. Se trata de una revisión sin maniqueísmos en la vida de un personaje clave de la historia boliviana. Sin posturas morales o partidarias. Brockmann presenta a Busch como lo que fue: un hombre con conflictos, con aciertos y errores. Un Busch que pagó las cuentas de su temperamento arrojado que lo hizo legendario en tiempos de guerra.

La edición es minuciosa y detallada y cuenta además con documentos a los que el autor tuvo acceso revisando archivos diplomáticos en Alemania. (Luis Carlos Sanabria)

Deus ex machina

Luis Carlos Sanabria - Editorial 3600

Un hombre sueña que va a morir, entonces, con toda la tranquilidad del mundo, se dispone a ordenar sus cosas como si en realidad estuviera preparándose para un largo viaje –y quizás de eso se trate la muerte, en el mejor o peor de los casos–. Lo último que sabemos de él es que lo único que al final le queda es la desnudez, una desnudez que invita al lector, ese espectador, ese quizás incrédulo espía, a recordar el jardín del Edén en el que esa maravillosa ficción de la leyenda bíblica nos ha dicho que toda esta aventura de la existencia ha comenzado.

Lo que hace Sanabria en su escritura es dudar; lanza una pregunta al aire y se extravía ante la imposibilidad de una sola respuesta. En “Mortis Causa”, el cuento en el que el personaje sueña que va a morir y despierta en el Edén, por ejemplo, uno llega a preguntarse, gracias al camino elegido por el narrador, en qué tan cierto es aquello del libre albedrío supuesto regalo de un dios que se ha querido construir omnipotente. ¿Hay un camino marcado de antemano y es el territorio del sueño ese insólito lugar donde quizás se encuentre la condena a través de imágenes o percepciones que quizás nunca llegaremos a comprender? Y si llegamos a comprender tan bien el asunto de la condena, ¿tan solo nos queda alistar las maletas para un viaje del que no sabemos nada? Y, sin embargo, ¿será este último viaje el camino hacia la tan esquiva felicidad?

Los personajes a los que Sanabria da vida en los cuentos reunidos en Deus ex machina son seres hechos de preguntas quizás por siempre inalcanzables, invadidos por la melancolía o el tedio, sofocados, en algunos casos, por el orden social. Caminan en escenarios tan diversos como las carreteras bolivianas, las ciudades, el campo, el territorio de los sueños y el de las ideas, el espacio donde el amor y la soledad se confunden con la locura y el hastío. (Rodrigo Urquiola)

Sombras de Hiroshima

Mauricio Murillo - Editorial 3600

Un hombre, sin nombre, vive su cotidianidad marcada por el tedio y la antipatía en general. Se ha ganado un momento de atención por ser el creador y uno de los guionistas principales de una serie de televisión que consiguió cierta popularidad entre los espectadores. Se trata de Ballenas, una ficción que oscila entre el thriller policial y lo fantástico, que sin duda, por su estructura críptica, recuerda a Twin Peaks o Lost. La tediosa rutina del narrador se ve interrumpida con la llegada de un paisano, Mirko Maidana, y junto a este personaje, la noticia –bastante retrasada– del asesinato de una amiga común de infancia, acontecido diez años atrás. La aparición de Maidana resulta fundamental para esta historia, pues mantiene al narrador en un vertiginoso espacio ante la proximidad del fin de la primera temporada de Ballenas, y un espacio construido a partir de recuerdos, en el pueblo de infancia, en la hacienda Yubarta, lugar en el que pasó la infancia con su abuelo, un ser obsesionado con las fotografías de las sombras de Hiroshima, siluetas oscuras de hombres que desaparecieron al momento de la explosión atómica en esa ciudad japonesa. 

No deja de ser simpático el hecho de que la novela reflexiona constantemente sobre las deformaciones y los ultrajes a los cuerpos, sea por mutación, por experimentación o por putrefacción tras la muerte. Sin embargo, si tomamos al libro como un cuerpo nos encontramos con uno que cuenta con una anatomía clara y respetuosa: tres partes de doce capítulos en cada una, con un número de páginas casi similar en cada parte y cada capítulo del libro. Más adelante veremos que aunque formalmente el libro sea un cuerpo de anatomía perfecta, presenta mutaciones inquietantes y propositivas en temas fondo. Como aparato textual, Sombras de Hiroshima es un cuerpo sin mutaciones y sin la violencia que dentro de él se predica. En este gesto se revela una especie de obsesión simétrica, en las divisiones de partes y capítulos, casi similar a la que el narrador tiene por las asimetrías: las sombras de la explosión nuclear, los mutantes tras las alteraciones genéticas, siameses e incluso gallinas estimuladas con ADN de ratón para que la memoria genética produzca una versión del ave con dientes, como antes de su evolución. (Luis Carlos Sanabria)

Potosí

Ander Izagirre - Editorial El Cuervo

Para escapar con éxito de las galerías del Cerro Rico, el periodista vasco Ander Izagirre (San Sebastián, 1976) armó un mosaico en el salón de su casa con cartulinas de colores repletas de anotaciones. En ese “mapa” escrito se podían seguir la historia de la minería, los rastros de la riqueza efímera y la miseria generalizada, el funcionamiento de la cooperativas y los rituales de los mineros para no ser castigados por el Tío, amo y señor de las profundidades.

En Potosí, el nuevo libro de este cronista prolífico que ha escrito antes sobre ciclistas, campesinos que ordeñan nubes, víctimas de los crímenes militares en Colombia y supervivientes de Chernóbil, la prosa es sencilla, emotiva, sin filigranas innecesarias. Es la de un oidor: la de alguien que ha elegido escuchar para entender el mundo.

A través de Alicia, una niña que no vive precisamente en el país de las maravillas, el autor nos traslada a un mundo que se derrumba, donde la mujer es el último eslabón de la cadena, donde los abusos e injusticias están a la orden del día.

En un territorio complejo que está casi siempre en penumbras, Izagirre fue capaz de aferrarse a la luz y encontrar la salida.

Izagirre es periodista autónomo y publica en diversos medios como El País, Papel, Ataïr. Recibió el Premio Europeo de Prensa 2015 por un reportaje sobre crímenes militares en Colombia: “Así se fabrican guerrilleros muertos”, publicado en El País. Ha publicado también los libros Plomo en los bolsillos, Beruna patrikan, Mi abuela y diez más y Cansasuelos. (Álex Ayala)



Obra escogida

Blanca Wiethüchter - FCBCB

El español no acudía a su mente; ni a la hora de repasar el alfabeto ni a la hora de rezar. Sabía, hija de extranjeros nacida en Bolivia, que no es propia ni la lengua a la que se nace, ni a la que se es arrojado en los viajes, en los exilios y las mudanzas. Sabía, por ser poeta, que el lenguaje es algo que se debe llegar a gobernar (como el alma, como la vida) y luego perder (como en la soledad más existencial, como en la muerte). Quizás, por eso mismo, tomó el signo por el cuello y caminó infatigablemente hasta hacerse de la palabra justa, la revelada, la plena de sentido, la dejada en obra y vida. En suma, elaboró una poética que, al ser responsable con su escritura y exigir una conciencia profunda de lo que ésta implica, trabajara la obra a la altura de la vida y, por tanto, de la muerte.

La obra poética de Blanca Wiethüchter puede leerse de varias maneras. En todas ellas, es visible la presencia de tres líneas de continuidad. La primera implica la exploración de la conciencia como historia de una subjetividad autocrítica femenina. Los poemarios que extreman esta búsqueda son Territorial (1983), En los negros labios encantados (1989), La Lagarta (1995), El rigor de la llama (1994), Luminar y Ángeles del miedo (2005). En éstos, el personaje es una mujer que se busca a sí misma en sus palabras y en su memoria. Así, la escritura deviene un campo de encuentro, descenso hacia sí misma y cuestionamiento del derecho a escribir. La memoria personal es, desde esta perspectiva, una ilusión de unidad en la historia de vida, cuyo centro se descubre andando por las zonas de la intimidad.

La segunda línea trabaja, más bien, con la reescritura y el diálogo con la tradición. El libro Ítaca es, en tal sentido, un tránsito entre la primera y la tercera líneas. En aquél, se establece no solo la intertextualidad, que presupone un conocimiento previo de la obra de Homero, sino principalmente el cambio que se da a la configuración del personaje femenino, convertido en un estereotipo de fidelidad (…). (Fragmento de un texto de Mónica Velásquez publicado en La Razón).





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