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Le roi Johnny

| Bartolomé Leal | 24 dic 2017

El pasado 6 de diciembre partió en su grand voyage Johnny Hallyday, el cantante de rocanrol francés. Su nombre de nacimiento era Jean-Philippe Smet. Nos llega al corazón porque fue una compañía de toda la vida, como ídolo contemporáneo y fanático del género desde la niñez. Se largó con su música a otra parte a los 74. Temblamos de vértigo los under 80. Johnny fue el mayor representante en Francia de la influencia de lo popular norteamericano, que depredó y sigue depredando desde mediados del siglo XX, tras la última guerra victoriosa de los gringos, que les hizo salvadores y ocupantes de varios continentes. Llegaron con armas y dólares, claro, aunque también con la alegría del rocanrol, que se quedó allí hasta ahora. Por cierto no se libró Francia, la Francia chovinista y cartesiana, guillotinesca y vodevilesca. Esa Francia tan alérgica a las influencias, a las intromisiones extranjeras, a las invasiones de todo tipo.

Radio France le hizo un homenaje radiofónico ese mismo día. Un homenaje musical. Una suerte de responso con canciones. Original, genial. El programa se llamó V.O. No lo hicieron con las canciones de Johnny sino con las que a él le gustaron en su momento y de la cuales hizo sus propias versiones. Al aire salieron pues joyas de Fats Domino, Albert King, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong (una interpretación sublime de Blueberry Hill), Big Joe Turner. Otis Redding y Elvis (That’s all right, mama, himno de los edípicos del siglo XX), entre otros, hasta llegar a los Beatles. Por ahí sonaron Yaya de Lee Dorsey y Twistin’ the night away de Sam Cooke, jalones del R&B y el Twist respectivamente, para mí descubrimientos. Para Johnny marcaron etapas, ya que se metió musicalmente con todas las corrientes en boga y las franconizó.

Aquello y mucho más lo cantó Johnny Hallyday, que también compuso centenares de canciones. Desde su seudónimo agringado hasta sus vestimentas de cowboy, Johnny se mostró a contrapelo de los estereotipos caros a los jóvenes franceses, que habían idealizado al intelectual ojeroso, serio y gris, con un pucho permanente en la boca y recitando a Marx y Lenin. Seguramente había mucha gente cansada de las guerras mundiales, las guerras colonialistas, las guerras frías, los muchos Vietnam y la revolución hippie... Tal vez necesitaban alguien alegre como él. A Johnny le perdonaron siempre todo: drogadicción, matrimonios faranduleros, borracheras, escándalos, accidentes carreteros, malas películas, estafas, evasión de impuestos y una larga lista de desenfrenos; incluidos los propios de los millonarios, bien entendido.

No es atrevido afirmar que Hallyday (medio belga, medio francés) fue bastante más que el Elvis de Francia, como tampoco lo fueron Adriano Celentano en Italia, Tom Jones en Gran Bretaña o Enrique Guzmán en México (aunque era venezolano). Representó un fenómeno mundial. Por acá también tuvimos a nuestro rocanrolero primigenio. Fue Peter Rock (1945-2016), que era austriaco y se llamaba en realidad Peter Mociulski von Remenyik. Estrictamente coetáneo de Johnny Holliday aunque en modo boy-scout. Hombre muy querido, afable y solidario. Conocí a Peter Rock estando en el colegio ya que él, adolescente, iba a cantar en cuanta fiesta escolar lo invitaban y se hacía admirar por su melena rubia, sus ojos celestes, su ropaje exótico y su acento gringo. Como Johnny Hallyday, interpretaba lo que ahora se llama covers, versiones de canciones compuestas por otros. Sólo que nuestro Peter Rock lo hacía siempre en inglés, según él porque así le salía mejor. Repetía: soy alemán, huevones, déjenme con mis gustos.

Escritor chileno - bartolome_leal@yahoo.com



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