Cochabamba, jueves 22 de febrero de 2018

La lluvia de piedra está cerca de la ventana

Apuntes generales sobre la lectura de la novela del 2011 del escritor paceño Rodrigo Urquiola.
| Iván Gutiérrez M. | 17 dic 2017





Hace ya varias semanas que leí Lluvia de piedra de Rodrigo Urquiola, escritor paceño que tuve el agrado de conocer el año pasado en la Feria Internacional del Libro de La Paz. Posteriormente, fuimos invitados al 8vo Foro de Escritores del Centro Cultural Simón I. Patiño de la ciudad de Cochabamba. Esa vez, el topármelo de nuevo estuvo acompañado de un intercambio de libros. Aunque suspendí la lectura por varios meses, llegó el momento en el que la abordé.

Lluvia de piedra es una novela que te atrapa en el primer momento. La fuerza del inicio es arrolladoramente armónica. No puede uno negarse al ritmo del diapasón de las rieles de un tren recorriendo un paisaje que, más que natural, es el paisaje de la geografía de una memoria maltrecha, de poblaciones de recuerdos endurados y congelados en las ruinas de una guerra detonada por las malas decisiones del pasado.

Es enigmático el transcurrir del tiempo desde una narración en la que podemos dividir en un corte fino, a través de la mirada de un tercero, lo que fue de nuestras vidas. Siempre somos prófugos de un adiós, de un amor, de una lágrima, de un sueño, de una derrota, de una victoria, de un duelo, de un golpe, de la sangre, del terror. La novela de Urquiola está compuesta a partir del aliento del prófugo que busca insaciablemente una tierra que no aprisione, una tierra que no juzgue, una tierra aparentemente lejos de su memoria; pero, a la vez, con la determinación férrea de saldar las deudas pendientes con la misma. Esa especie de renuncia y a la vez aceptación hace que el vagar sea determinante, que el ruido sea insoportable, que los fantasmas cobren el cuerpo de lo que más hemos amado y también hemos lastimado.

La situación de Lluvia de piedra es paranoica y progresivamente se acrecienta en la tensión que sostiene el proceso de desarrollo del personaje. El proceso de lectura se siente invadido por el hastío del vagabundeo desgastador, tanto físico como existencial, emocional y social del espíritu maltrecho que Urquiola va formando a lo largo del texto.

En esa medida, el título es verdaderamente tormentoso. La lluvia termina empapando a golpes violentos a la realidad del libro como a la del lector, haciendo que el lazo de la obra con el espectador quede maravillosamente afianzado. El título de la obra te transporta a pensar en la posibilidad real de irse derrumbando por el malestar del tiempo. La memoria rara vez nos da una sentencia, nos sentencian las decisiones que tomamos y, en esa medida, deformamos ese pasado a veces diagramado en la profundidad de heridas vertiginosamente abismales. Para sobrevivir creamos, nos narramos, confeccionamos o recuperamos un lugar que cobije.

Un refugio en el tiempo, alejado del golpe atroz de la lluvia de piedras, es como un buen lugar para pensar en las posibilidades de haber hecho distintas las cosas o, peor aún, no haberlas hecho. Nos permite creer en la ficción de una paralela vida que no se detuvo en aquellos días mojados, sino que se mantuvo en curso, a una distancia prudente. La memoria no delimita, permite asumirnos, es el presente el que sentencia siempre. Lo perdido es ausente en la mano vacía; pero un día estuvo llena y siempre que volvemos a aquellos días se llena.

En la novela, la idea de la renovación de refugio obvio detona en la reconstrucción de la casa que, a ritmo constante, se va derrumbando, como una metáfora del quiebre que ocasiona el presente que ya no funciona. Un futuro es impensable y el pasado apenas nos permite colgar la ropa húmeda del que ya hemos perdido y apenas recordamos. Por determinados momentos, qué bien nos hace saber que existieron, aunque ni siquiera fueron cercanos.

Me gusta pensar la memoria como un pretexto para por lo menos por un rato ser más libres, mejores versiones nuestras. El vigor de la reparación de la casa y también la destrucción de la misma no es más que la lucha constante por sobrevivir, tener un descanso para mirar de lejos la tormenta. Bachelard, en La poética del espacio, escribe: “Antes de ser lanzado al mundo, el hombre es depositado en la cuna de la casa, y siempre en nuestros sueños la casa es la gran cuna”.

Al terminar de leer la novela, me era inevitable no pensar en aquello, en el retorno a la casa, a la aldea, a la memoria. Pero me gusta más pensar en el retorno a nuestras propias heridas, que terminan haciendo de nuestro cuerpo una ruina, y a la vez es el mismo cuerpo la casa tratando de sostener la furia de esa lluvia de piedra.

Lluvia de piedra es una novela preciosa que hizo que volviera a mi cabeza un verso escrito por mi maestro, un verso que hace unos años descubrí y que siempre tiene la tensión de la cabalidad: “(…) pero cada instante de nuestra vida/ ¿No es póstumo y prenatal a la vez?”.

Tal vez siempre que nos derrumbamos también nos estamos refaccionando. De repente siempre estamos parados en la ventana, preparando al cuerpo para ser golpeado por la lluvia de piedra. Y también con vigor terminamos reconstruyéndolo.

Filósofo y escritor - gutimoscovan@gmail.com





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