Cochabamba, viernes 19 de enero de 2018
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Soundtrack, glosario de términos relacionados: “A”

Ofrecemos a nuestros lectores un buen bocado de Soundtrack, de Camila Urioste, novela ganadora del Premio Nacional 2017, publicada recientemente por la editorial 3600.
| Camila Urioste | 17 dic 2017



ABANDONO. Elegimos hacerlo de la manera difícil. Es decir, de frente. Llueve. Por fin llueve. Llueve como cuando en La Paz decide llover; como si una represa se hubiese reventado en el cielo, el agua desciende inagotable y el sonido es un estruendo sostenido en re. Hay que decir adiós. Tomas tus cosas y te vas. Nada más simple. Te abro la puerta y me hago a un lado para permitirte el paso. En la radio del living suena Radiohead. “Exit music for a film”.

Perfecto.

Sales caminando despacio, sin paraguas ni apuro, con ese abandono solo tuyo y te alejas sin voltear, sin voltear, sin voltear hasta desaparecer en la esquina. Me quedo en el umbral de la puerta con los zapatos mojados, mirándote desaparecer. Gastados y blandos, mis zapatos. Enciendo un cigarrillo detrás de la mano. Exhalo en el rostro de la lluvia.

Alguien que nos viera de lejos creería que no tenemos respeto por el clima ni por el adiós. En realidad, mi cigarrillo y tu andar son un tributo a nuestro amor y al agua.

ABAROA, PLAZA. Tenemos nueve años. A los nueve años en la plaza Abaroa espantamos un rato a las palomas hasta que las vendedoras de comida de palomas nos gritan ¡están espantando a las palomas! Me espantan las vendedoras, me espanta su rabia, nos alejamos caminando hasta llegar al monumento: Abaroa encima del puente, a punto de morir, siempre a punto de morir. En la pendiente del monumento, varias placas de instituciones estatales y ciudadanas se adhieren al reclamo inalienable del mar.

¿Trepamos?

Me miras con tus ojos oscuros, tu sonrisa de duende delincuente. De pronto estoy consciente de cada centímetro cúbico de mi cuerpo blando, del peso de mis muslos gruesos. Tú ya estás trepando. Usas las placas de peldaños, pareces una lagartija con tus miembros veloces y articulaciones elásticas. Trepo. Te veo subir, llegar arriba. Si tú lo has hecho, yo puedo, eso pienso mientras resbalo y mi falda se engancha en un clavo. Desengancho mi falda, miro arriba y trepo, meto los pies entre las placas y el cemento, arruino mis zapatos, meto los dedos en toda hendidura, aprieto los dientes, estiro los brazos, no paro hasta llegar a tu mano extendida. Me jalas. Estoy arriba.

Estamos arriba, a espaldas de Abaroa. Nos sentamos, mirando lejos las copas de los árboles, y más allá los edificios y detrás de los edificios los cerros y detrás el cielo, nuestros pies colgando en el vacío. Nueve metros hasta abajo. No es broma. Casi me arrancas el brazo, dices. Siento una ola de culpa que empieza en mi panza y desaparece en mi garganta cuando te veo reír con tu maldad de niño.

Me río contigo, aliviada.

ABORTO. Un feto de 6 semanas es, principalmente, un corazón; un corazón con ojos abrazado de sí mismo, sostenido a la vida por un latido imperceptible, por un delicado filamento. A veces se desprende, es desprendido y resbala, desciende, sangra. Algo que sangra, resbala, sangra un ungüento de ritual, un bálsamo de sacrificio.

ABUELO. Ver HARMÓNICA.

AGUA. Tengo treinta y seis años. Octubre. Los tomates que he plantado languidecen, las nubes oscuras vinieron y se fueron persuadidas por el viento o por la angustia, el cielo es tan azul que está a punto de quebrarse. De madrugada las paredes empiezan a crujir y sé que han dado agua, que hoy nos toca. Corro al baño, abro las pilas: hay agua. Me doy una ducha y permanezco bajo el flujo hirviendo unos minutos más de los diez aconsejados.

Veinte minutos. Voy a destruir el planeta.

Me tumbo en la cama, envuelta en la toalla. Los niños duermen. Hay que despertarlos. Amanece, el sol empieza a dibujar el polvo en el aire. Solo unos minutos. Hay que lavar. Hay que bañar a los niños. Hay agua. Hoy nos toca.

Solo un minuto más.

ALEGRÍA. Tú. Eres demasiado transparente, siempre fuiste, desde niño. Tu alegría se ve. Contrasta demasiado con tu rostro afilado. Te delata. Me da vergüenza ajena.

ALMA. La parte sensible del cuerpo, similar a la piel; elástica, igualmente propensa a ser penetrada, a expandirse, humedecerse como una membrana, a ser perforada, secarse, hacerse dura. Sangra. Sana.

AMARILLO. El color del líquido que sale de una bolsa plástica de esas de hospital que están conectadas a los pacientes por medio de tubos transparentes; el color del líquido que sale de una de esas bolsas cuando mi papá cae al suelo, convulsionando y sin poder respirar. El color espeso que se derramó en el suelo blanco de ese cuarto de hospital y que se derrama, todavía amarillo, en mis sueños.

AMIGA. Palabra que odio. Yo no quiero ser tu amiga. Tenemos treinta y siete. A esta edad, amiga es un término genérico, y no quiero ser genérica. Contigo quiero lo opuesto de genérico. Eso. Amiga no. Otra palabra, por favor. Una que abarque el privilegio que siempre he sentido de tenerte cerca, una palabra tocada por tu cariño sagrado como un camposanto, una palabra como tu cariño, dulce como el sabor a sangre en la saliva. No lo estoy diciendo bien. No es tan patético. Es simplemente que eres bello, siempre fuiste, atraes a las personas, y yo soy torpe y uso lentes, me amargo, me gusta estar sola y la tristeza también me gusta. No sabes cuantas veces me pregunté por qué yo y, sin importar la respuesta, me arrimaba a tu amistad como un anfibio al calor. De nuevo, no es tan patético como suena, pero al mismo tiempo es así, y me da vergüenza escribirlo, pero ya me has visto desnuda, así que también me vale.

Esto que llamamos amistad. Esto. Esa noche en tu auto, la noche de las galletas cuando pasó lo que pasó y hablábamos de cualquier cosa para no pensar en lo que había pasado y te pregunté por Sonia y me dijiste que ella era para ti como yo: es mi hermana del alma, igual que tú… tuve ganas de ahorcarla y ahorcarte y lanzarme del auto en movimiento con tal de no ser tu amiga del alma con la que te “pasan cosas”, como ella. Decir amiga del alma es tan genérico como decir amiga, como decir alma.

Eso. Pero también me gusta hablarte de todo, escuchar tu música, encontrarte por casualidad y sentarme en una grada contigo, estar en silencio y que me hagas reír y me invites un pucho, y pienso que eso que llamamos ser amigos era estar yo sentada a tu lado diciéndote lo que no quieres escuchar mientras fumo el cigarrillo que me invitaste y tú miras al vacío y dices cosas crueles, eyaculas tu humor venenoso y yo reacciono como quieres, como necesitas que reaccione, como solo yo sé reaccionar: con partes iguales de complicidad y espanto y a veces un gemido.

AMOR. En 1985: lo que a Verónica Castro la hacía llorar y hacer rabietas en la telenovela “Rosa Salvaje” que veía con mi nana. En 1992: la reacción física de mi cuerpo de doce años cuando Daniel, mi vecino de quince, me miraba fijamente, sin pestañear, sin sonrisa, sin vergüenza. En 1995: mi boca recién besada, labios gastados, el vértigo. En 1998: la ternura, complicidad, la devoción domada de tus ojos cuando mirabas a Emilia. En 1999: en Sucre, un hombre sentado conmigo en la Recoleta, diez años mayor que yo, un hombre confundido murmurando estoy enamorado. Más tarde, en 1999: un cuarto de hotel, mi ropa en el suelo, mi sangre en las sábanas. En 2002: ¿Estás segura? Estoy. En 2003: Antonio con su pelo largo, con su distancia, con su alcohol y su fe ciega, de mi mano en medio de las ruinas. En 2010: la escena de los besos mutilados en Cinema Paradiso. En 2012: el fenómeno neuro-fisiológico causado por el alza en los niveles de dopamina, oxitocina y otras substancias y hormonas en el cerebro, resultante en estados alterados de conciencia, pensamientos obsesivo-compulsivos similares a los de un cocainómano, elación, euforia y capacidad cognitiva debilitada, comprometiendo también la habilidad para la toma de decisiones sensatas. Enero del 2016: concepto que te hace perder el deseo sexual, mientras que a mí me calienta más que nada.

Escritora, Premio Nacional de Poesía y Novela





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