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El arte del insulto

| Bartolomé Leal | 10 dic 2017

Eran otros los tiempos de los insultos sofisticados. Lo leo en un librito pomposamente titulado Enciclopedia del comportamiento insultante. No alcanza las 200 páginas en formato bolsillo. Es pues desde el inicio un insulto al lector. Publicado en Londres en 1981. Inglaterra, país donde ha habido una cultura de la insolencia digna de atención. Plantea en la introducción: no hace mucho que un hombre era juzgado por su capacidad para blasfemar y maldecir, además de insultar en ocasiones. Hay diferencias sutiles entre los verbos, pero en el fondo reflejan lo mismo: una explosión de palabras y frases que reflejan nuestro menosprecio, furia o impaciencia frente a otra persona o un suceso. Entre variados sentimientos de molestia hacia el otro (o la otra). Hoy en día el insulto se ha reducido a palabrotas o epítetos breves.

Los actores en su tiempo se prodigaban en insultos mutuos. Se trata de un medio apestado por la envidia. Eran insultos propios o puestos en sus bocas por los periodistas, cabe señalar. Cosecho algunas perlas. Oscar Levant dijo frente a Doris Day: “La conozco desde antes que fuera virgen”. Sara Bernhardt opinó de una colega: “Es una gran actriz... de la cintura para abajo”. George Raft expresó de Mae West: “Se lo robó todo menos las cámaras”. Es célebre este diálogo entre la actriz Mary Astor y el político Winston Churchill: “Mary: si usted fuera mi marido, pondría veneno en su café. Réplica de Sir Winston: si usted fuera mi esposa, me lo tomaría”. En parecida vena a Nietzsche le gustaba repetir en sus charlas: “La mujer fue el segundo gran error de Dios”.

Por cierto, los escritores, otro medio bastante competitivo que cuenta con la ventaja comparativa de hacer calzar el sujeto y el predicado, han sido pródigos en insultos elaborados. Talleyrand dijo de Chateaubriand: “Cuando no escucha a alguien hablando de él, piensa que se ha quedado sordo”. El crítico George Nathan al mirar una imagen de Mae West caracterizada como Estatua de la Libertad, opinó: “Parece más bien una Estatua de la Líbido”. Sobre la “Oda a la Posteridad” de Rousseau, Voltaire dijo: “Ese poema no llegará a su destino”. Alexander Woollcott opinó de la obra de Proust: “Leer a Proust es como bañarse en el agua sucia de alguien”. Un crítico anónimo dijo de Hemingway: “Está siempre dispuesto a darle una mano al que está por arriba de él”.

Los insultos de Groucho Marx son una fuente inagotable de citas. Una dama con sobrepeso, toda mofletes y papada, le dijo: “Adoro la naturaleza”, a lo que Groucho respondió: “Eso es lealtad, después de lo que le ha hecho”. Un cura quiso agradecerle a Marx mencionando “todo el disfrute que le ha dado al mundo”, a lo que el cómico respondió: “Y yo quiero agradecerle a usted por todo el disfrute que le ha quitado”. Groucho opinando sobre una obra de teatro: “No me gustó pero no la vi en las mejores circunstancias: la cortina estaba arriba”. Y a una celebridad de Hollywood que le invitó a una fiesta: “He tenido una velada maravillosa, pero no fue ésta”.

Insultos colectivos. H.G Wells a los católicos: “Confesión el sábado, absolución el domingo y el lunes a pecar de nuevo”. El político francés Clemenceau largó: “América es la única nación en la historia que milagrosamente ha pasado directo de la barbarie a la degeneración, sin pasar por el acostumbrado intervalo de civilización”. Para cerrar, una de Mark Twain: “No soy el editor de un diario o revista y siempre hago lo correcto y soy bueno con la gente, de modo que Dios no me haga llegar a ser uno de aquellos”.

Escritor chileno - bartolome_leal@yahoo.com



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