Cochabamba, sábado 20 de enero de 2018
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El oficio de dios (o el vouyerismo incansable)

Netflix estrenó la semana pasada semana Voyeur, un polémico documental sobre el proceso de gestación de un libro también controversial. Se trata de un recorrido hacia la última obra de Gay Talese, El motel del voyeur,
| Mijail Miranda Zapata | 10 dic 2017



Omnipresente: Que está presente a la vez en todas partes, atributo solo de Dios.

“Pero hay alguien que todo lo ve”, en referencia a la mirada de dios, es una frase muy habitual y escalofriante. La idea de un ser capaz de, no solo ver, sino registrar cada una de nuestras acciones, manías, adicciones, debilidades, fetiches, no puede provocar otra cosa más que un profundo estremecimiento. Esa es la sensación que despiertan Gerald Foos o Gay Talese luego de observar Voyeur, estrenada por la plataforma de streaming Netflix la semana pasada.

Seres míticos que son capaces de escabullir su mirada a través de las rendijas más diminutas para contemplar toda nuestra desnudez, con sus defectos y perfecciones, de alimentarse de esas imágenes, las nuestras, para construirse a sí mismos y deificarse.

Foos lo hizo durante más de diez años, escondiéndose en el ático de su motel para espiar a sus clientes y anotarlo todo, con la misma obsesión de un buen periodista. Conductas sexuales, tamaños de penes, razas, números de orgasmos: todo. Como un buen reportero. Como el mismo Talese, que admite observar, escuchar y estudiar a sus personajes, con la compulsión del cronista riguroso.

“Dediqué mi vida a vivir a través de las experiencia de otras personas”, dice el estadounidense apenas comenzando el documental y aclarando que lleva 65 años en el oficio.

Y en esta secuencia de dioses vouyeristas, también encajan los directores Myles Kane y Josh Koury, responsables de una película, a través de su indiscreto lente, que consigue que los fisgones de siempre, esos semidioses de la perversión o la investigación, den el pequeño salto hacia la otra vereda, la del exhibicionismo y el descontrol.

Es así que Voyeur cumple, al menos en este aspecto, con la premisa de un buen trabajo periodístico, ofreciendo no solo la historia de un libro casi fallido, o del trabajo más polémico de uno de los escritores más influyentes y respetados del siglo XX, sino también un retrato humano -acaso demasiado, rozando el desencanto- de él. Desde el culto a su propia persona, en grandes gestos de megalomanía, pasando por el desagradable contraste de un vulgar matamoscas rojo en su estudio-santuario, o sus inconcebibles pifias al momento de “domar” a la única fuente de su libro El motel del voyeur (2016).

Aunque comienza con una estructura narrativa tradicional para formatos televisivos, la cinta va tomando cuerpo con los minutos y aquello que parece la narración de puras anécdotas se transforma en una reflexión sobre los demonios de la fama, la necesidad de estar bajo la mirada del otro, el ejercicio del vouyerismo periodístico o el continuo afán de buscarse en el otro, porque hacia adentro ya se ha perdido mucho o se ha entregado todo.

Omnisciencia: Conocimiento de todas las cosas reales y posibles, atributo exclusivo de Dios.

Talese en un momento del documental increpa a Foos, aka el Peeping Tom, por una conversación a sus espaldas con el equipo a cargo de filmar el documental. “Yo conozco el juego”, grita, mientras acusa a los cineastas de querer embaucar al fisgón.

Le habla directamente solo por momentos, lo ignora y subestima, como si dejara de ser el hombre con el que ha compartido un secreto durante más de 30 años, lo convierte en nadie. Lo señala de hipócrita. Talese, el gran periodista, dice conocer demasiado bien las reglas de su propio juego, pero mientras lo dice ya es demasiado tarde y ha caído en la trampa.

En estos momentos en los que el cronista hace añicos su imagen de dandi de buenas maneras y templado carácter, ni siquiera se ha desatado el caos final, aquel en el que él mismo desautorizaría su última obra para después retractarse.

Llegado este punto el artilugio es demasiado evidente: el documental se ha transformado en un deslumbrante juego de reflejos y sombras, en el que por momentos es imposible distinguir entre ambos voyeurs. Gracias a un montaje que provoca la sensación de estar recorriendo siempre el mismo espacio, descubrimos que los dos comparten colecciones descomunales de información sobre otras vidas, otras memorias, otros cuerpos, o de objetos tan diversos como trajes y sombreros lujosos, o armas antiguas y tarjetas de jugadores de béisbol. Son parte de un mismo dios, en lucha constante por abarcarlo todo para saberlo todo y controlarlo todo. Aunque quizás ninguno se anime a decirlo o se atreva a pensarlo.

Olga decir que Kane y Koury también conocen todas las triquiñuelas del juego y, como se detalla antes, saben aplicarlas incluso contra un maestro de la talla de Talese.

Omnipotente: Que todo lo puede, atributo solo de Dios.

“Yo no soy tu biógrafo personal, soy mi maldito propio escritor”, remata Talese una discusión en uno de los tramos más tensos del relato. Y tiene razón. Él se pertenece sólo a sí mismo. Como todos aquellos que alcanzaron el Olimpo. Como el Sinatra retratado por él mismo en ese memorable perfil intitulado Sinatra está resfriado, donde a pesar de su resfrío, su ego desmedido, sus frustraciones amorosas y otras tantas cosas más, nunca dejó de ser El Padrino. Y Talese nunca dejará de ser el gran periodista que todos admiramos, por más que su reflejo sea el oscuro Gerald Foos.

El mérito de Voyeur es el mismo de Talese entonces: habernos ofrecido ese rostro terrenal de Gay, que nos permite tutearlo, señalarlo con el dedo y decirle “tú también fallaste, tú también caíste bajo”, disfrutar su caída para sentirnos menos ínfimos, hasta donde él lo permita, porque tipos como él, elegantes, inteligentes y seductores, todo lo pueden.





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