Cochabamba, lunes 18 de diciembre de 2017
Mega Menu Opinnión

El espejo acuático de Narciso

Nuestra columnista elabora una detallada evocación de Narciso y las implicaciones que conlleva el amor más trágico que pueda existir, el amor a un mismo. 
| Ana Cecilia Ballerstaedt | 03 dic 2017

El mito de Narciso y Eco, presente entre las páginas de Las Metamorfosis de Ovidio, narra la desdichada historia de un romance no correspondido. Eco, una de las muchas ninfas habitantes de los bosques, se topa, casualmente, con el joven Narciso. 

Admirada ante tanta belleza, lo espía desde lejos entre las ranuras que las ramas de los árboles dejan libres. La contemplación la extasía y la pone fuera de sí, gestándose en su interior la abrasadora llama del amor.

Capaz tan sólo de repetir las últimas palabras de una frase enunciada, Eco entabla una pobre y extraña conversación con el muchacho en la que, para sorpresa suya, se propone un encuentro entre los dos. Es así que cuando, afanada y entusiasmada, sale por fin de los arbustos que protegen su identidad, sus pasos se dirigen, libres de vacilación, hacia la figura seductora que promete ser su amado.

Un rumor de desdeño, para nada sutil ni educado, se desprende de la expresión corporal de Narciso. El desamor irrumpe en los sentidos de Eco, y en su pecho se extiende, sin miramientos, la agria telaraña de la tristeza.

No era, ciertamente, la primera ninfa que Narciso rechazaba. La evasión del amor era algo característico en él, una marea que inundaba su vida sin que él se le resistiera; una destreza innata, que rebullía con melancolía en las mentes de quienes eran desplazados o desplazadas de sus atenciones. La incapacidad afectiva de Narciso era la infelicidad de quienes lo deseaban.

Impertérrito y parsimonioso, el inconmovible muchacho se paseaba a gusto por las campiñas y los bosques. La paz de la sobriedad, ajena a quienes lo amaban, era extrema y exasperante.

Un día, un resentido amante, hastiado ante tal situación, anheló para Narciso la misma suerte que les tocaba a quienes lo deseaban. Las súplicas, al parecer, fueron bien atendidas, pues algún majestuoso poder hizo que el apuesto Narciso fuera a parar, accidentalmente, a las cercanías de un manantial claro y límpido como ningún otro y alejado del bullicio agreste de las montañas a las que concurrían, de manera usual, pastores y peregrinos.

Reclinado sobre el césped de aquella geografía, se acercó pronto a la orilla de aquellas aguas ganado por una fortuita y repentina sed. Se vio entonces a sí mismo allí reflejado, cual si de un espejo se tratara, y no pudo contenerse. Sintió, de manera extraña y quizá por primera vez, amor.

La visión de su propia individualidad lo conmovió a un punto culminante, álgido y colindante con la locura. El impávido Narciso pronto fue un maniático Narciso. Sólo él podía afectarse a sí mismo. Contraria a la concepción de pasión, que implica ser impactado por algo externo al yo que suscita en éste cierto interior movimiento, Narciso intuye la fogosidad en una ausencia de alteridad. Sólo están él y su reflejo. El fantasma que ve en la superficie de aquellas aguas plateadas es el catalizador de su amor, que, sin embargo, es una réplica de su sí mismo, una simple copia del original.

Esta reproducción fidedigna de su propia persona en el elemento acuático retrata un desdoblamiento en el que una de las partes es ficticia. En ésta última cree Narciso en primera instancia. El único impedimento entre su amado y su propia persona sería el manantial, una molesta muralla que los disgrega, el obstáculo de su amor.

Pasado el tiempo, los minutos o quizá las horas, la aceptación de la ficción es integrada a la percepción racional de Narciso, y sólo entonces admite la imposibilidad de su amor. Resignado, se contenta con la sola contemplación de aquella imagen incorpórea, que mantiene de algún modo vigente su esperanza.

Pero el delirio erótico se esparce en él como un incendio, y pronto el recurso desencarnado de la ficción se hace insuficiente para calmar la vorágine hambrienta de las llamas. Consumido por su propio amor, el bello Narciso se ‘metamorfosea’ en una flor, desaparecido cualquier indicio material de su humanidad.

Cumplidos los vaticinios del profeta Tiresias, el joven muere en el instante en que llega a conocerse, es decir, a mirarse y admirar su hermosura. Deseando que su reflejo fuese otro y no él, se entrega a la tristísima resignación de su trágico amor, que convive con él dentro de una misma alma. Replegado sobre sí mismo, el germen de la pasión se constriñe y destruye, acarreando a su paso toda gesticulación vital.

Filósofa - acballerstaedt@gmail.com



TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

Opinión en Twitter
Opinión en Facebook
Portada Impresa