Cochabamba, domingo 17 de diciembre de 2017
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Creo en tu mirada

| Iván Gutiérrez M. | 03 dic 2017



Hace unas semanas, en nuestra ciudad se llevó a cabo la 1ra. Bienal internacional de la acuarela. Durante varios días se expusieron obras en la Casona Santiváñez. Como todos los eventos de este tipo, se contó con la presencia de hombres entregados a su arte, venidos desde muy lejos, generando la internacionalización de la organización, lo cual es totalmente necesario para todas las artes de nuestro país.

Dejando a un lado el espectáculo del evento, debo decir que cada cuadro de la exposición era transgresoramente fascinante. Existe una conmoción diferente al enfrentarse a una pintura, existe la presencia del sudor, del contacto del color y los espectros del que se ha entregado al juego peligroso de retener a milímetros la caricia de la instantaneidad. La experiencia de la pintura es diferente a la de la fotografía, sin menospreciar de ninguna manera a esta última. En la pintura, la experiencia del mirar se potencializa, el tacto del volver para inventar tiene la textura de las líneas de un tiempo, de un cuerpo, de una memoria.

En cada trazo, como en las líneas del tronco de un árbol, parece que se acuna una historia, una tradición que siempre cobra venganza. A la vez, como los caminos de las manos también nos permiten la presunción de una posibilidad diferente, habita la esperanzadora prevención de que algo va a mejorar. Lo que cambia la percepción de una pintura es la posibilidad del movimiento que, contradictoriamente a la primera observación de la quietud de un cuadro, en la experiencia del mirar nos va asumiendo en una dimensionalidad que nos articula a ese espacio aparentemente detenido, pero que cobra un ritmo desde nuestra curiosidad por descifrar lo que está debajo de la piel de cada trazo. La pintura exige al observador buscar las entrañas de cada color, a pesar de que la profundidad solamente estampa el blanco o el negro.

La mirada se somete por una especie de imán, por una sutil seducción por encontrar, en el límite de algún punto de la obra, un nuevo sentido, una nueva posibilidad, una certeza de habitar no un espacio o un tiempo, sino solamente un trazo.

El cuadro del peruano Evaristo Callo Anco tenía como título “Creo en tu mirada”. Era uno de los tres mejores cuadros de toda la exposición, además de tener un título soberbiamente potente. A través del cuadro se podía ver dos burros jalando una carreta vieja de madera, sobre ella una cuerda blanca y una manta también blanca que está cubriendo algo. En ese algo cubierto, el cuadro cobra alma, un alma que pesa pólvora en la mirada.

El cuadro que se exponía desde Bangladesh del pintor Mong Mong Sho tenía como título “Fisher boats and life” (Barcos de pesca y vida). Estaba compuesto por un perfección tan sutil, tan oscuramente anónimo, tan delicadamente áspero que, si bien la observación era de barcos en la orilla de una especie de puerto casi en ruinas, todo el universo del cuadro se consterna en la textura de las escamas de esos abrazos que marcan las ausencias.

Un cuadro del pintor boliviano José Manuel Andrade tenía como título “Huellas del pasado”. En términos generales, es la imagen de una especie de habitación de estudio o una sala de un bohemio cuarto antiguo. Se puede dividir la imagen en tres partes de izquierda a derecha, que forman tres territorios propios; primero una repisa con calderas, ollas; al medio, un reloj de madera, de esos que son de cuerpo entero, como un ropero que sostiene un péndulo para el segundero; al otro extremo, un piano. Cada una de las fronteras es absorbida por la luz de una ventana, de la que no podemos ver a detalle, pero sí podemos intuir la fuerza de su presencia. La perspectiva desde la sutil existencia de esta ventana hace que la observación del cuadro pareciera que es desde una fantasmagórica puerta que pertenece a otra parte del interior de la imagen. El cuadro cobra fuerza en el crecimiento del tiempo que va tejiéndose en la mirada. Porque te vas comprometiendo con la intimidad de observar el tiempo de la memoria de otro, al cual no conocemos; pero se hace sobradamente amigable.

Estos tres cuadros eran parte de un sinfín de combinaciones coloridas que constituían la propuesta total de la exposición. Escogí estos tres porque no soy crítico de arte; pero sí estoy enamorado de las letras y, a partir de ellas, podemos acceder a la sensibilidad de lo otro que está ahí esperando nuestra mirada.

La magia de la pintura es que exige la confianza del que se asoma a sus trazos. Exige un caminar de fe para el proceso de descifrar eso que nos conmueve y nos sujeta frente a un cuadro. Estar rodeado de todas esas acuarelas era como introducirse a una corriente en la que el proceso alquímico del agua y el tinte ha podido ser detenido, para generar una nueva forma de moverse. El movimiento a partir de contarnos algo siempre termina haciéndonos más cercanos al cálido mundo que ha confeccionado una mejor versión de uno mismo. Los tres cuadros que les describí tienen en común la exploración del lugar, pero desde la ausencia de la piel. Solo el espacio reinventado propone cercanía, en ese vacío se vuelven lacerantemente más íntimos. Sé que no puedo besar dos veces tus mismos labios. Pero que tu aliento me sostenga en cada suspiro, aunque mi presencia no sea necesaria.

Cuando sucumbimos ante un cuadro, una pintura, una novela, una película, etc., no hacemos otra cosa más que perdernos en la sencillísima tarea de preguntarnos por todo aquello que creemos posible, por todo aquello que ha sido posible y por todo aquello que queremos que sea posible y, por qué no, por todo aquello que nos gustaría que sea posible o que siga siendo posible. Pero algo queda claro, cuando nos dejamos suceder ante una obra de arte, siempre nos preguntamos.

La mayor tragedia de Pablo Castel en la novela El túnel de Sábato es haberse dado cuenta de que amar se reduce a la observación diminuta de una mujer intentando ver por la ventana de una pintura. Esa reducción simplemente limita la eternidad a un detalle y a una condena; uno asegura su existencia y lo otro nos obliga a buscarla. La única respuesta de María a Pablo Castel es una carta que dice: “Yo también pienso en usted”. Y en esos trazos cuántas veces la eternidad, en el detalle de una caricia y la condena de un adiós, ha soldado la urgencia de la confianza en una mirada, la melodía de la rebelde vida del mar y el recuerdo de las huellas de las incoloras y tristes líneas de María.

Escritor y filósofo - gutimoscovan@gmail.com





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