Cochabamba, domingo 17 de diciembre de 2017
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El periodista tonto de Antonio Rivera

Reseña del libro del periodista y escritor Antonio Rivera Mendoza. Este se puede adquirir llamando a los teléfonos 65761693 y 60711212.
| Héctor Cossío Salinas | 26 nov 2017



Son los periodistas tontos, o se hacen a los tontos. Otros dicen que es un oficio muy arriesgado, pues los asesinatos de periodistas se presentan a veces de otras maneras: con presiones para decir las cosas de un modo, que agrada o desagrada. O son inteligentes con el merecimiento del cuarto poder, que les permite integrarse como el resto del mundo liberal a la sociedad neoliberal. ¿En qué medida son tontos o inteligentes? ¿Bajo qué idiosincrasia?

Según el pensador Michel Foucault, la lucha de poderes es permanente y ubicua entre los humanos reunidos. Unas veces uno es humano demasiado humano, otras es divino demasiado divino. Otras veces es demasiado angélico, debe tornarse terrenal o infrahumano, la balanza apenas es un aspecto. Los humanos deben establecer una ética que integre. Sin subestimar, debe ser incluyente. Cualquier error es inexcusable. El de Antonio Rivera es un manual para entender a tontos e inteligentes, que deben conocerse y reconocerse en extenso. Su mera repetición bibliográfica es ya una ausencia, el mismo autor lo llama un antimanual, cuyo trato con la fuente principal es siempre una verificación, que el lector, en este caso inteligente, constata. O cuya omisión hace de un lector un empedernido e incorregible soñador de utopías, que cree adivinar, o ve en sueños, perdiéndose en laberintos de la nada y su ser propio en el vacío de suposiciones. Pero lo seguro es que, amiga o amigo lectores, ustedes no se encuentran entre estos. Pero se pueden parecer, carentes de identidad. Esta puede estar negada o cumplirse a medias. Lo muy grave sería que sean asesinos en serie del idioma o lengua, asunto que únicamente tiene como antídoto las lecturas que les sacarán de la patética ignorancia, y les harán vivir en un mundo de paz y amor, con todos los semejantes. Cuanto más renovadas, estarán más acordes con una visión más actualizada y progresiva.

La epistemología expone que hay periodistas que nunca estudiaron periodismo en una universidad, pero llegaron a triunfar; donde ser inteligentes en ningún caso equivale a ser ignorantes. Ser inteligente en este caso es ser autodidacta. Ser o convertirse en lector nato practicante y tener la capacidad de pensar, para eso precisamente se hacen los periódicos. Hay otros que, necesariamente, deben pasar por esas aulas. Por esa asistencia real de horas universitarias se puede ser o no ser Rector de Salamanca, pero intérprete de textos e ideas, si es muy recomendable, para todo inquisidor. Tampoco quiere decir que sean tontos, tal vez distraídos. Tan solo que son adiestrados para que el lector, espectador o radioescucha, lo haga sin aburrirse, en consideración a que se comunican ideas, con certeza de estar captando información por frecuencias periódicas.

Rivera observa que el quechua es imperioso para los periodistas, como fuente primaria, y que es descuidado en las aulas universitarias. Debido a los testimonios que pueden recuperarse idiomáticamente. En una atención más vivencial por la confianza con que se puede advertir en la lengua madre, pero también mentar a la madre, cuando se tergiversa con prejuicios. O Rivera se ubica en el hecho de que comer le produce una necesidad vital de agradecer como a la mejor de las madres, en la persona de las vivanderas populares, en la figura idiomática del nosotros todos del quechua, nogayku (exclusivo) vs. noganchij (inclusivo). Se condecora a cocineras y chefs en el extranjero, por nuestras comidas patrimoniales, o se lo hace dentro nuestras fronteras, a chefs extranjeros, olvidándose de que en la comida en las plazas, calles, zaguanes, entre rasantes, pasillos, está la verdadera sabiduría de la alimentación, del insigne jurado de la gente común. Sus años de periodista le valieron a Rivera constatar que, siendo Cochabamba capital gastronómica, su principal riqueza está en su cultura verdadera, en las comidas que se venden se puede decir cuasiambulantes, lejos de lo que llamamos restaurantes. Y que donde mejor se come es donde come el pueblo, o sea el verdadero aroma y esencia, de vapores irresistibles, que la sabiduría y el instinto popular reconocen. Es cuando vienen las ollas tapadas en aguayos, y secadores en su lengua, su ají, su paladar y su llajua, su sazón, y en razón a que del ají venimos y al ají volveremos, lo mismo que al locoto, con verdadera cultura heredada en los procedimientos culinarios de labios a oídos, el gusto desde las abuelas o bisabuelas, en las plazas, en ollas que se traen desde el corazón. Y que son la antítesis del gato por liebre de lugares anodinos, seguramente asépticos. Pero esta constatación vox populi es como el brillo del Astro Rey, y por eso la cercanía mercurial de Antonio Rivera puede aseverar, como antes ya lo hicieron otros como Alfredo Medrano y Walter Montenegro. Rivera pudo observar que las vivanderas son muchas veces objeto de abusos de parte de la Intendencia Municipal, cuyo criterio es reducido para comprender la sabiduría culinaria del pueblo.

La mera enumeración de situaciones se produce, en raptos, linchamientos reales, o equivocaciones imperdonables, de llegar al fondo de la noticia. En algunos casos, al lector inteligente le puede parecer obvio, y condenar al periodista que evade a los verdaderos informantes, o que la verdad respecto a los sismos y su ingeniería puede crear conflictos tan grandes o más que la Federación Boliviana de Fútbol, o secuestros que terminan en historias de amor. Podemos conocer solo de oídas, pero vivenciar esos romances ágiles. Pueden ser instructivos, de cómo se debieran conocer los asuntos de las crónicas a veces rojas, o a veces políticas, pero se necesita el detalle, hay muchos procedimientos. Las veleidades de las pandillas de maras y feminicidios requieren conocerse a los luciferinos y a sus víctimas, entre rejas, pero los estudiantes de periodismo y comunicación serán los más agradecidos, y los lectores de puro gusto, los más divertidos, sobre los salvatruchas, y otras menciones.

El budismo zen también está presente. Pensar es bueno, pero mejor es no pensar. De ahí el periodista tonto, que es el tiburón sumergido o la sardina que se salva, pero enlatada, satisfaciendo el apetito voraz del prebendalismo publicitario con el que se los quieren comprar, los dueños de los poderes o de otros medios sucedáneos. Comprar a los periodistas para que nos influyan con diversos intereses que atañen al verbo. Ser inteligente o ser tonto equivale a servirse de las salteñas, hamburguesas y otros canapés que las conferencias de prensa disponen para los periodistas, en banquetes que el lector conocerá en el libro de Antonio Rivera Mendoza, para lo cual es menester llegue al mismo texto, y donde se menta con mentol o naftalina. ¿Hasta dónde muerden los periodistas, ya sea como vivos o como tontos? O como verdaderamente son mordidos... Y cómo se evitan o se difunden las denuncias. De un modo claro e inocente, caen bajo la lupa los investigados e investigadores del mundo periodístico, en algunos casos como moscas y en otros como mariposas. En tanto, la verdad está del otro lado de los banquetes, y es donde la figura ambivalente del tonto y del inteligente se ajusta a las mareas del poder de las tentaciones. Son descritas las variantes en las que pueden abarcarse los flojos, las ávidas invitadas, los premiosos, los plagiarios automáticos, analistas y analistos, corregidores, consignados, pepas y primicias. Que se usen los talentos de los tontos y los vivos. El trueque de sus servicios produce plusvalor, por el que el beneficio es mayor que su propio esfuerzo. Al que se le pueden otorgar ciertos vales, ciertos regalos que pueden variar de acuerdo al chantaje imaginativo del lector, entre pasajes de avión, televisores y otros, pero donde su talento es menguado por el producto. El periodista, expresión viva comunicacional, se vuelve plomo, sujeto de manipulación, glamour del periodismo. Se los puede ver en nieblas fucsia y gases rosa, de linchamientos y denuncitis, pléyade Maldonado, Jiménez, Piérola o Murillo. O Rivera habla de aquellos que en columnas alcanzan el triunfo y la política, al ser mimados por el triunfo, o la derrota, como Ramón Rocha, Jimena Costa y otros diputados y alcaldes, Bernardo Gutiérrez o José María Leyes. En función al periodismo, el análisis, la televisión, la entrevista, la difusión del pensamiento requieren atención más detenida.

Los premios que se les otorga provienen de instituciones de condicionamiento mayor, y el beneplácito competente es rasgado fálicamente, para que ONG convoquen a premios de periodismo, para demostrar su trabajo, ante sus financiadores, en euros o dólares. Su objetivo es lograr coberturas de los medios periodísticos locales, para lo cual convocan y premian, como anzuelos. Es muy diferente a una mera confusión que confabula con humor cáustico –“ Y los cuales se vuelven una vez obtenidos los honores de los premios en corresponsales, espías de la KGB, o de USAID, donde a veces el Jefe de la Policía resulta ser el taxista, que lee libros sobre periodismo para conocer a los tontos y cernir a los admirados de los mimados, para evitar equivocarse en el trabajo”. Estas esencias solo pueden conocerse en extenso, y esta abstracción es insuficiente y puede tergiversar. Y hay que conocer bien la diferencia entre one billion y un billón, como saben bien en el Banco Unión, que solo existen medias verdades como en un manual de Og Mandino, para estudiantes, pescadores e intelectuales, donde tú, lector, no eres la excepción. El mundo de Antonio Rivera Mendoza carece del reduccionismo del monogramático, que sería una vana repetición de los decretos de la Real Academia de la Lengua Española. Es así que Rivera ubica que hay palabras que no existen en nuestro idioma para designar elementos, como gay, que tiene mayor precisión que homosexual. Consideremos que es mejor para abarcar el desfile del orgullo gay, pero que tampoco es totalmente incluyente, pues es mejor llamarle el desfile de las diversidades, que es más omniabarcante, así se incluyen por ejemplo las mujeres trans, que siendo mujeres solo se enamoran de un hombre. O las lesbianas que aman a otras mujeres.

Pues el periodismo llega hasta las calles como quería Gabriel García Márquez, y viene de las calles. O en la obediencia ciega al ogro filantrópico, hay una reflexión ética que mide con la misma vara, en este caso podemos hablar de la unidad métrica periodística como sistema de medidas. Donde la sociedad es pensada, bajo el respeto a la Constitución. Nos involucra, envolvente. Mide y serás medido, por lo tanto interpretar lo que es, y debe ser, en lugar de repetir como amanuenses los deseos de obediencia del ogro filantrópico. Y este parece ser precisamente el sutil trabajo periodístico, pensarnos como naciones plurinacionales dentro nuestras fronteras con intereses comunes, al avanzar como especie humana, en una ecología que a todos nos afecta como cultura. Es el mundo de los medios, o de los protagonistas de los medios, que conocemos como figuras, que parecen pulpos, que despiertan cierta curiosidad, sin ser propiamente fetiches. Le entrego al lector la llave. Es cuestión del mismo lector abrir la cerradura de sus páginas del glamour del periodista tonto. Ser o no ser.

Escritor





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