Cochabamba, lunes 18 de diciembre de 2017
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El beso tibio de la llaucha

| Luis Carlos Sanabria Ledezma | 26 nov 2017

No recuerdo mi primer beso. Ni con quién fue, ni cómo fue mi actuación en él. Tengo unas tres opciones archivadas en la memoria que podrían remitirse a aquella primera experiencia. El común denominador es el miedo, esa cosa como “ras” que se desprende de tu columna vertebral y se expande como una pequeña descarga de corriente eléctrica hasta el último de tus cabellos. Esa cosa muy similar que de seguro se siente cuando se contempla a la muerte y no tiene los ojos de quien esperas. No recuerdo mi primer beso más allá de la inquietantemente agradable sensación de tibieza húmeda que me proporcionaban los labios de la chica, también adolescente, que me daba su complicidad.

No recuerdo mi primer beso, pero recuerdo con una nitidez asombrosa la primera llaucha que comí.

Recuerdo que fue un sábado de invierno, el año 1996. Papá, hombre creyente, tenía la costumbre de madrugar los sábados y dirigirse a la iglesia en la que nos congregábamos todos, para orar de mañana. La idea de madrugar -entonces y ahora-, me parece heroica y formidable. En ella tuve un motivo más para admirar a mi padre. La admiración paterna siempre es la primera etapa de una relación alternante, totémica y mimética.

Cierto día quise probar a mi complejo infante protegido, de siete u ocho años, que yo también podía ser un hombre madrugador, así que le dije a papá que lo acompañaría.

Las mañanas en los inviernos paceños suelen ser bastante frías. Recuerdo a mamá procurando que esté bien abrigado a la hora de salir. Recuerdo sentir mucho frío cuando íbamos de camino en la peta guinda que fue el vehículo oficial de la familia por más de 15 años y a la que quise como si se tratara de una persona. Recuerdo llegar a la reunión y no entender mucho de aquella conexión mística, y buscarla de todas maneras. Recuerdo dejar de sentir frío.

Terminado el asunto, alrededor de las siete y media de la mañana, comenzó a circular un cajón de cartón de cuyo interior salía un olor ligeramente salado. Dentro de él se encontraban estas empanadas, similares a los pies de un hombre adulto, que entonces me parecieron enormes. Era la primera vez que veía una llaucha. Junto a ellas se repartió api caliente en tazas plásticas.

Recuerdo la sensación de la primera mordida. La masa tenía la consistencia dura de una marraqueta que no está fresca pero se recalienta. No era nada crocante, pero tenía un sabor cautivador, un dejo notoriamente dulzón en una pieza en la que el salado es predominante. Pasado el borde uno llega a una especie de bolsón en la que se encuentra con una pasta de queso, ligeramente aguada y caliente. Yo veía a mis mayores para aprender a comer aquella sorpresa húmeda sin causar averías. Veía cómo de las empanadas salía un vapor, producto del encuentro de la pasta interior caliente con la mañana invernal. Y ese jugo de queso era maravilloso, la textura deleznable y húmeda del relleno con la firmeza de la masa me resultó fascinante y supongo que por eso no puedo olvidar ese recuerdo de primera experiencia.

Los recuerdos, el amor, el confort o la incomodidad pueden estar siempre anclados a un plato de comida. Dicen algunos que el sistema límbico registra lo que uno siente con algunos sabores y lo guarda en algún lugar de los recuerdos, y que por eso es posible que de una manera inconsciente relacionemos las cosas que comemos con momentos en la vida. Que viajemos al pasado, al estilo Ratatuile, y que nos emocionemos al comer algunos alemientos en específico. No sé cuán cierto sea, pero evidentemente las cosas que nos llevamos a la boca y saboreamos marcan hitos en nuestras relaciones personales con la sociedad y el mundo. Desde la colectividad reunida para pijchar coca, tomar mate o cerveza, hasta aquellos platos que consideramos especiales por alguna razón.

Recuerdo que en la adolescencia, bordeando los 12 años, mis compañeros solían referirse como llauchas a los besos que se daban con lengüita. Cuatro años después, en alguno de los momentos que tengo como opciones para situar al primer beso, confirmé el por qué le decían así. Esa sensación de la boca ajena me llevó a aquel momento fundacional de la primera mordida a esa empanada típicamente paceña. Y quizás el confort de esa textura y esa humedad tibia calmaron los nervios que sentía e imprimían en mi cuerpo un toque eléctrico.

Desde entonces me es imposible separar la llaucha de la primera experiencia ingenua de amor, y siempre que como una recuerdo auquellas posibilidades de primer beso y hago esfuerzos para aclarar el dibujo de los labios inaugurales, de afinar los detalles y poder llegar a un ganador entre los recuerdos.

El 2016 fue un año sin amor, pero con mucha llaucha. Cuando salía muy temprano en la mañana para ir a trabajar, pues hay que señalar que la llaucha es una empanada madrugadora, compraba siempre una de estas empanadas a una señora que las vendía en la esquina de mi casa.

(Las vendedoras de llauchas merecen mención aparte. Parecen todas la misma, siempre sentadas en alguna esquina, manteniendo en misterio el sobre qué se encuentran apoyadas, pues sus polleras cubren el asiento, haciedo parecer que están siempre de cuclillas. A sis pies un par de canastas cubiertas con plásticos y telas para mantener el calor. En una canasta están las llauchas de tres bolivianos, en la otra las de tres cincuenta. Las vendend siempre, irremediablemente, en pequeñas bolsas plásticas y jamás dan servilletas).

Hubo tanta llaucha que creo que no necesité amor durante todo el año.

Dicen que de amor no se vive. Lamentablemente de llaucha tampoco. El poco balance que le di a mi dieta buscando esa sensación, buscando aquello parecido al amor pero sin los problemas del amor trajo después algunos problemas serios a mi salud.

Pero esa es otra historia, y quizás otra comida.



Escritor – Twitter: @luisca_sl



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