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Muerte súbita: nueva reseña

| Pablo Mateo Guzmán Vallejos | 26 nov 2017

Roma, plaza Navona, 1599, doce del medio día: un partido de tenis se disputa entre el pintor lombardo Caravaggio y el poeta español Quevedo. Pero, ¿qué se juega en esta partida? ¿qué hilos llevaron a estos, además de artistas, ávidos jugadores a contenderse? Eso más o menos es el motor de la novela Muerte súbdita, del escritor Álvaro Enrigue, aunque no sea una novela, exclusivamente, sobre la vida de sus personajes. En este sentido, el autor, desempolva lugares comunes, encuentra poros en acontecimientos históricos más o menos conocidos por todos y los piensa desde otros ángulos para, a su vez, ponerlos a dialogar con el presente. El cómo llegaron Quevedo y Caravaggio a la cancha de tenis se responde a través de la revisión de un siglo entero; el por qué, se inscribe a lo largo de la novela como una borrachera de la cual, aparentemente, nadie recuerda nada, y cuyo desenlace se mantiene en suspenso hasta el final. Como quién diría, un final en muerte súbita.

En el primer capítulo de la obra se discute el origen de la palabra y del deporte (tenis). De esta manera ya hace su presentación el ambiente que destila la lectura, pues para su argumentación el autor recurre tanto al texto de un obispo renacentista que diserta al respecto, como a una memoria: “mi primer par de Converse tuvo una muerte súbita”.

En el segundo capítulo, los artistas hacen su entrada a la cancha. Poco después nos encontramos con viajes territoriales y saltos temporales alrededor de Europa y “Las Américas” entrecruzados con el presente. Por cierto que este vaivén de pasado y presente también luce formas características. En cuestión del pasado ya vimos que refiere a textos eclesiásticos, a estos se suman menciones de crónicas de la conquista, definiciones enciclopédicas e incluso párrafos de la Utopía de Tomás Morro; mientras que cuando toca puntos del presente, las alusiones aparecen no sólo como recuerdos biográficos, sino también como correos electrónicos que el autor decidió compartir, estadísticas actuales e, incluso, la descripción de una página web. En todo caso, si se lee esta novela, hay que estar siempre preparados para encontrarse con muchos de los personajes más representativos del Renacimiento (pasando por la Malinche y Vasco de Quiroga) siempre con un intenso sentido del humor y para conocer los otros rostros que la escritura de Enrigue les permite asumir.

Entonces, esta novela, sucede gracias a un partido de tenis y resulta que gracias a éste, también se permite hablar de ciertos acontecimientos, de ciertos personajes, colocándolos en conflicto con el presente. Esto queda bastante claro, pero ¿trata de esto, en escencia, la obra? y si no es así, ¿de qué, entonces? El autor mismo dedica algunos párrafos a tratar de explicar(se) cuál es el sentido del libro:

“No sé, mientras lo escribo, sobre qué es este libro. Qué cuenta. No es exactamente sobre un partido de tenis. [...]No es un libro sobre Caravaggio y Quevedo, aunque es un libro con Caravaggio y Quevedo. Ellos dos, pero también Cortés y Cauhtémoc, Galileo y Pio IV. Individualidades gigántescas que se enfrentan [...]” (p. 200 y 201).

Sin embargo, yo encuentro que es más un libro sobre Caravaggio, de alguna manera. O más bien, un libro con más Caravaggio que del resto. Desde el inicio hasta el final, la novela queda atravesada, de manera lúcida, por la obra del italiano. Mientras que en el caso de Quevedo, vemos un personaje menos trabajado es verdad que en el momento del encuentro él no tenía una obra como para extenderla a la novela, pero es aquí mismo donde el autor podría haber generado un punto de quiebre marcado: un pasado y un futuro entre los jugadores: una marca indeleble en Quevedo, un otro Quevedo (los que lean la novela, podrán entender más a fondo este pensamiento), cuyas propias experiencias y tradición se ven enteramente subyugadas (¿precedidas?) por las del italiano.

De todas maneras ésta es una novela que se enfrenta a la “institución”, que deja de lado la verdad solemne e instala sentido de humor para reflejar con éxito dos caras similares de un todo difuso: pasado y presente; bien y mal; realidad y ficción. No es una novela que esté de acuerdo ni en desacuerdo, simplemente es una mirada llena de gestos que invitan a traspasar barreras a las que, a veces, nos sometemos cuando creemos conocer algo del todo. Hay otra frase que Enrigue deja escapar sobre lo que escribe y es con la que prefiero quedarme: “[...] cualquiera que ésta sea esta novela es el combate” (p 254).

Escritor y filósofo - pablomat96@gmail.com



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