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Día mundial de la Filosofía

| Christian Miranda Bascopé | 19 nov 2017

Christian Miranda Bascopé

Desde el 2005 la Unesco celebra cada tercer jueves de noviembre el día mundial de la filosofía. En un mundo en que la utilidad prima sobre el sentido, cabría preguntarnos, (y perdonen la cacofonía) si eso que llamamos filosofía tiene todavía algún sentido. Para un filósofo o aspirante a filósofo, este cuestionamiento es evidentemente capcioso, pero para un “gentil” de ninguna manera lo es.

En una realidad ahistórica y consumada hasta la ebriedad en su convicción de objetivación radical, cualquier reflexión en busca de sentido es juzgada como trivial e inútil. Es un prejuicio que mórbidamente se nutre de nuestra propia conformidad y convencimiento de dominio absoluto de nuestra realidad. Es así, que cualquier inmersión que trate de indagar sobre cualquier cosa que este fuera de dicho dominio es vista como un mero ejercicio académico que nos nutre culturalmente, en el mejor de los casos. Pero de ninguna manera es entendida como una inmersión que funda nuestra existencia o nos entrega cualquier indicio nuevo de desvelamiento de alguna verdad suprema.

Paradójicamente este convencimiento nace y se construye a partir de la misma filosofía. Sin embargo, para la técnica y ciencia modernas, la filosofía lejos de ser vista como un elemento constituyente, es vista con los mismo ojos con que la química ve a la alquimia medieval. Es decir, como una curiosidad casi mágica llena de supersticiones ocurrentes e ingenuas. Es así, que para Ortega “la filosofía quedó aplastada, humillada por el imperialismo de la física y empavorecida por el terrorismo intelectual de los laboratorios”.

Esta condescendencia ingrata y ciega de la ciencia respecto de la filosofía nace de sus dos admirables cualidades: su exactitud y su doble criterio de certidumbre. Este doble criterio de certidumbre consiste básicamente en la deducción racional por un lado, y la confirmación empírica por parte de los sentidos por otro. Sin embargo, esta innegable fortaleza esta limitada por un factor que suele ser enterrado por los adeptos de la objetivación radical. Nos referimos a que confunden conocimiento del Universo con conocimiento de la materia. Es decir, están ciegos y absortos ante su propia limitación. El filósofo, por otra parte, instala su reflexión sobre el Universo en su abrumadora totalidad, la materia incluida.

Al respecto Ortega nos dice que “este Universo en cuya pesquisa parte audaz el filósofo como un argonauta no se sabe lo que es. Universo es el vocablo enorme y monolítico que como una vasta y vaga gesticulación oculta más bien que enuncia este concepto riguroso: todo cuanto hay”.

Todo cuanto hay. Ese es el objeto de reflexión del filósofo. Y a diferencia de la extensión material, que es una mero corte de dicha enormidad, el filósofo no limita su reflexión a un trozo del Universo sino que trabaja con la máxima indeterminación posible. “El filósofo, pues, a diferencia de todo otro científico, se embarca para lo desconocido como tal”.

Es por eso, que todo intento de convertir la filosofía en una ciencia en sentido estricto fracasó y fracasará inevitablemente. Y si alguna vez, dicho terrorismo intelectual científico, esgrimió como etiqueta la a-cientificidad de la filosofía como forma de autovalidación, la filosofía y los filósofos lejos de sentirse rebajados, tendrían que aceptar dicho epíteto con orgullo y convicción.

Debemos filosofar impúdicamente y sin ningún complejo ante la ceguera autómata del hombre moderno, ya que las almas mueren asfixiadas en sus conchas de comodidad. “Ha muerto el soñar. Sólo vive la bestia, la bestia salvaje que pisotea a los tímidos y los fuertes, a los inocentes y a los culpables. Se asfixian las almas. El denso aire está cargado de todas las abdicaciones del espíritu. El olfato busca en vano un aura pura, el perfume de una flor, la frescura de una brisa...las almas mueren” (L. Degrelle).

Finalizo con Nietzsche, no para afirmar que los filósofos somos los anhelados hiperbóreos nietzscheanos, sino para sugerir que somos un camino más que sale de lo grisáceo y se interna en el asombro de lo intederminado:

“Nosotros hemos descubierto la felicidad, nosotros sabemos el camino, nosotros encontramos la salida de milenios enteros de laberinto. ¿Qué otro la ha encontrado? - ¿Acaso el hombre moderno? ‘Yo no sé que hacer; yo soy todo eso que no sabe qué hacer’ – suspira el hombre moderno…De esa modernidad hemos estado enfermos, - de paz ambigua, de compromiso cobarde, de toda la virtuosa suciedad propia del sí y el no modernos”.

Músico y filósofo - christian_mirandab@yahoo.com





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