Cochabamba, lunes 18 de diciembre de 2017
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Villa de París, la memoria del corazón

En 2010, la Fundación Cultural del Banco Central adquirió el inmueble patrimonial denominado la Villa de París, con el firme propósito de proteger el la tradición arquitectónica del siglo XVIII.
| Tatiana Suárez Patiño | 19 nov 2017

Es curioso cómo muchas veces tenemos que retroceder para ir adelante, ir atrás para ir adelante. Cuando no se sabe el significado de una palabra o de su intención, lo mejor siempre será volver atrás, hasta su etimología, y encontrar entre los fonemas de su cuerpo la muerte de esa duda que no nos dejaba avanzar.

Esta acción de volver la mirada hacia el pasado y escudriñar los sucesos anteriores para comprender lo que actualmente sucede es más común de lo que parece, y existe una palabra para nombrar a esta acción: recordar.

Nosotros hacemos casi todo por recuerdo: regresar a casa, hablar, leer; lo hacemos porque recordamos cómo hacerlo: cocinar, caminar, rememorar el pin del celular, del mail, del cajero... en sí, vivir. Lo hacemos porque recordamos cómo. ¿Qué pasaría si de la nada perdiéramos grandes porciones de estos recuerdos? Sí, lo sé, hay una enfermedad que causa eso, pero, ¿hemos pensado lo que no recordar en realidad significa?

La etimología de la palabra recuerdo es un poema en sí misma, que ya de seguro debe ser canción: recordar es “regresar al corazón”. Recuerdo viene del latín recordis: “re” significa repetir, regresar volver, y “cordis” viene de cardio, corazón. ¿Imaginas no poder regresar a tu propio corazón? ¿Olvidar cómo llegar ahí?

Igual es curiosa esta idea de que la memoria no está en el cerebro, como si fuera algún tipo de facultad mental, sino que es una función cardiovascular, y debe ser medio cierto porque solo aquello que te impacta se convierte en memoria para el corazón.

Pero, regresando a los grandes pedazos de olvido, todos los días nos enfrentamos a una violenta transformación de la ciudad y del espacio, lo cual afecta nuestras percepciones, nuestra recreación de la realidad, nuestros recuerdos de las cosas y, por ende, las rutas para regresar a nuestro corazón.

Aquí no hay objeciones con que el presente y el futuro tengan su lugar de existencia. El problema es la violencia con la que reclaman un espacio, dinamita y combo en mano, sin hacer negociaciones.

Como ya hemos podido ver, necesitamos de nuestros recuerdos para hacer absolutamente todo. Entonces, ¿por qué pensamos que el recuerdo de una casa patrimonial no nos va a ser importante? ¿Por qué pensamos que el recuerdo de un importante proceso arquitectónico de época no nos va a ser útil? Siguiendo con esta línea de reflexiones, nuestro proceder y pensar se basan en los recuerdos que tenemos de las cosas, y en las acciones y reflexiones que estas nos producen. A mayor cantidad de recuerdos, mayor desarrollo de pensamiento y acción. ¿O me equivoco?

Por tanto, aquellos grandes pedazos de olvido se convierten en lugares inhabitados a los que no podemos volver. Ustedes dirán: ¿Qué problema hay con olvidar? Si uno no lo piensa, entonces no existe. Y si no existe, no duele. Pero, ¿es así realmente? ¿No duele acaso la falta de memoria? Quizá olvidar no duela tanto como recordar, pero por lo visto ambos son necesarios para vivir.

Dada la voraz y veloz epidemia de amnesia arquitectónica que se ha desatado sobre los cascos históricos de Bolivia, es imperativo comenzar la resistencia. Esta empieza recordando e impidiendo que otros olviden, y para esto la mente y el corazón necesitan elementos, y estos, una vez generados, deben dar las condiciones para que el recuerdo permanentemente produzca una impronta en la psique de la sociedad actual y de las venideras.

Hoy en día los museos son los grandes guardianes del patrimonio cultural boliviano, y no solo por las hermosas y variadas colecciones que albergan, sino porque funcionan en edificaciones con carga histórica y ayudan a preservarlas, y es donde debe comenzar la resistencia.

A excepción de unos cuantos espacios, la mayoría de los museos son casas coloniales o republicanas que han sido adecuadas para que una obra de arte contenga a otras muchas obras de arte, como es el caso del Museo Nacional de Arte, en La Paz. Este impresionante espacio funciona en el palacio Tadeo Diez de Medina Vidangos, una edificación que nada tiene que envidiar a los palacios europeos. Rehabilitado, ampliado y preservado como monumento nacional, desde los años 60 ha ido forjando una imagen diariamente en el imaginario colectivo boliviano, cada vez más y con más fuerza.

Ahora el Museo Nacional de Arte ha adquirido un nuevo reto dentro del mundo de la cultura: posicionar un nuevo espacio, un nuevo imaginario, una reconfiguración del sistema de representaciones, y con esto debe iniciar la resistencia de la memoria.

En 2010, la Fundación Cultural del Banco Central adquirió el inmueble patrimonial denominado la Villa de París, con el firme propósito de proteger el la tradición arquitectónica del siglo XVIII. El inmueble se encontraba en estado ruinoso, había sufrido tantas modificaciones que a duras penas se podía afirmar que era una edificación con carga histórica. La modernidad lo había maltratado tanto, que su rostro cortado por el cemento y su cuerpo partido por cielos falsos no daban testimonio de la belleza oculta que se hallaba debajo de revoques y baldosas de cerámica.

La gestión 2014 se empezó con los trabajos de emergencia y rescate. Esto fue posible gracias al apoyo de la cooperación española en Bolivia, que no solo subvencionó gran parte del proyecto, sino que incansablemente se dedica a apoyar al país en temas de protección del patrimonio cultural.

Para el final de esta gestión se anuncia la entrega de la primera crujía sobre la calle Comercio, rehabilitada en su totalidad y lista para inaugurarse como una extensión del Museo Nacional de Arte.

Antes de realizar esta importante entrega, los últimos dos meses se ha venido trabajando en un plan de fortalecimiento de las capacidades de la Villa de París. Entre las grandes capacidades de esta edificación, está la de producir teoría y reflexión histórica. Por esa razón, se realizó un ciclo de conferencias de tres días, en torno a todos los bienes hallados. Se abrió un diálogo interdisciplinario en el que participaron filósofos, restauradores, arqueólogos, arquitectos y economistas que compartieron sus conocimientos con los estudiantes del último año de Arquitectura de la UMSA, UPEA y UCB, y becarios de la Escuela Taller La Paz. El objetivo principal de estas charlas no era “convencer” a los estudiantes sobre lo importante que era la preservación del patrimonio cultural, sino darles los elementos y las condiciones para que reflexionen sobre el tema y extraigan, de esta manera, sus propias conclusiones.

Y justo aquí es donde se presenta una gran (y fastidiosa) pregunta: ¿Por qué invertir tanto en salvar un inmueble viejo, maltrecho y colonial, en lugar que crear un edificio nuevo, lindo y lustroso? Esta pregunta tiene varias respuestas desde distintos campos. Desde la economía, se podría decir que el valor de un inmueble patrimonial bien conservado se incrementa cada año. Desde la mirada de la historia, se justifica su conservación por mantener la mayor cantidad de piezas del relato histórico. Pero, sea cual fuere la respuesta, siempre estará unida a un juicio de valor.

Un juicio de valor se construye y se desarrolla de acuerdo al medio en el que se lo plantea. Este no es taxativo y definitivo, sino que se modifica según van cambiando las sociedades. Ese precisamente es el reto más grande que ha asumido la Fundación Cultural del Banco Central junto con AECID y el Museo Nacional de Arte: crear un nuevo sistema de valores en el que prime la cultura de la preservación y la restauración.

Dichas instituciones están conscientes de que la rehabilitación y restauración física de un inmueble es solo 30 por ciento del trabajo total. El otro 70 por ciento es un tema de educación. La verdadera conservación comienza cuando la sociedad decide preservar la historia por la historia misma, y el trabajo de generar conciencia es el más moroso y el más importante, pues de nada sirve invertir grandes presupuestos para rescatar este tipo de bienes si la sociedad a su alrededor no va a reconocerlos como importantes.

La cultura del cuidado es algo que, poco a poco y de manera pedagógica, se está enseñando. Con amor y paciencia restauramos los caminos para regresar a nuestro corazón, y así vamos a construir la memoria, porque la historia es ahora, y siempre ahora.



Restauradora y conservadora de bienes culturales - restauraciones.supay@gmail.com



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