Cochabamba, lunes 18 de diciembre de 2017
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Punks de los 80

| Bartolomé Leal | 12 nov 2017

Los años 80 fueron duros para la sociedad chilena. La dictadura militar estaba en su momento de mayor apogeo, con el apoyo irrestricto de la derecha política y el mundo empresarial privado, que construían un modelo de desarrollo apto para sus intereses y con perspectivas de perpetuarse en el poder. Los movimientos de protesta crecían subterráneamente. Si bien se dejaba al componente castrense el encargo de mantener el orden con su métodos drásticos, también los civiles pro (los “fachos”) trabajaban subterráneamente en el recambio, por si las condiciones los obligaban.

En este país ávido de patrones culturales que lo representaran, como una respuesta no ideológica, ni siquiera de izquierda, tampoco deseosa de conseguir más represión, empezó a crecer el movimiento punk chileno. Podría definirse como una imitación libre de los movimientos homónimos especialmente en Gran Bretaña y EEUU. Aquellos eran conocidos vagamente sobre todo por intermedio de la Tv, aunque también por la radio en el contexto de la música rock de los 70. Hablamos de Sex Pistols, Ramones o Clash.

Gente muy joven, estos punk criollos carecían de referentes para comparar a la Unidad Popular y a su depuesto presidente Allende con la dictadura. Solo les molestaba la dictadura en sí. No la querían, pero la temían. Pinochet y sus esbirros se hacían temer. Musicalmente, eran más o menos adictos al rock y no se identificaban con la reprimida Nueva Canción Chilena, la de Víctor Jara, Quilapayún, Inti Illimani o los Parra, de fuerte componente folclórico y compromiso político. Los músicos punk se movían básicamente en torno a la rabia, la molestia y el rechazo del modelo imperante.

¿Estilo? Escaso e inconexo, como todo lo punk. Era un movimiento tribal unido tan solo por ciertos signos mínimos, como brevedad y simpleza. Sus motivaciones artísticas venían más bien de los componentes de las bandas. Cada grupo se producía de acuerdo a personalidades individuales. Alguien podría decir que eran coherentes con el modelo de sociedad individualista de la dictadura, aunque de signo contrario y en clave de burla.

Los nombres de las bandas son significativos. Una semiótica sería lo más adecuado para entender a fondo sus mensajes ocultos. Una de las primeras se llamó Orgasmo, un nombre que connota una respuesta a la pacatería. Los Jorobados muestra una constante, la de hacerse notar como diferentes, deformes, monstruosos si se quiere. De allí Niños Mutantes, Los Peores de Chile y Los Miserables, que alcanzó gran fama mediática. Otra fue la banda Los Vinchukas, en referencia a un bicho peligroso y con el agregado de la letra k, intrínsecamente subversiva, cuya canción emblemática fue “Dejen respirar”.

En un ámbito algo más político, sobre todo al acercarse el final de la década cuando la dictadura tambaleaba por la creciente reacción ciudadana, las bandas empezaron a llamarse Pinochet Boys, Santiago Rebelde, Vino y Muerte, CNI (en referencia a la temible inteligencia militar), Los Reprimidos, NN, Camión Policía, Fiskales Ad-hok (una ironía con k referente a los primeros procesos contra represores empujados por la organizaciones ciudadanas), Cesantía (con otro tema bastante popular: “Insoportable”), Emociones Clandestinas (“No me puedo acostumbrar”). Más agresivas por su nombre fueron Anarkía y su tema “Bototos de milico”, Ocho Bolas, KK Urbana e Índice de Desempleo. Bocados para arqueólogos, sus grabaciones son difíciles de hallar...

Escritor chileno - bartolome_leal@yahoo.com



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