Cochabamba, domingo 17 de diciembre de 2017
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Viajes de padre e hijo junto a los Transformers

El autor relata cómo comparte con su pequeño el consumo de la serie animada de los 80 y sus sucesivas —valga la palabra— transformaciones en el tiempo.
| Jorge Luna Ortuño | 12 nov 2017



La aparición de las películas de Michael Bay sobre los Transformers ha sido una total bendición para el mundo de los niños, de los coleccionistas, de los fans incondicionales, de los amantes de videojuegos asombrosos y de los nostálgicos de los 80. Y, por supuesto, ha sido un gran influjo para la industria del entretenimiento. Pero hay más de lo que vemos con nuestros ojos: el renovado protagonismo de los Transformers en el cine también ha abierto una oportunidad mágica de que padres e hijos se trasladen juntos a un espacio imaginario, principalmente entre los padres que nacieron a inicios de los 80 y que tuvieron hijos en la primera década de este siglo.

Nos sucedió con mi hijo Tiago que el universo de los Transformers se convirtió en una parte clave de la serie de códigos que tenemos en nuestra comunicación. En mis tiempos de free lancer, cuando él solo tenía cuatro o cinco años y caminábamos por las avenidas de Santa Cruz de la Sierra, era muy común oír pasar a los aviones que cruzan la ciudad dirigiéndose al aeropuerto del Trompillo. En algunas ocasiones, le decía: “¡Decepticons!”. Inmediatamente, ambos imaginábamos unas pistolas juntando nuestras manos, mientras nos agazapábamos hacia las paredes, sin dejar de ver hacia el avión que emergía de los cielos. Otro día, un gran árbol del barrio de mi casa se desplomó y cayó hacia la acera de enfrente, atravesando toda la calle y dándole a la zona un aspecto más propio de la película Jumanji. Cuando vimos aquel árbol, para Tiago y para mí el asunto estaba claro: un Dinobot había pasado por ahí, muy probablemente un “cuello largo”, y uno bastante torpe, ciertamente.

Las tardes de café con leche caliente y unos panes con mermelada de mi niñez, viendo Transformers en un televisor Crown, allá por 1987, volvieron a la vida a través de los ojos de mi hijo, al que le sirvo el té mientras elige entre sus discos DVD cuál capítulo le toca ver. En mis épocas debíamos esperar al día siguiente para sintonizar la televisión nacional y saber qué nuevo plan tendría Megatron para que Optimus y los Autobots lo detengan. Y, de paso, nos enseñaban esos valores acerca de ser equipo, respetar la vida, el gusto por la tecnología y la transformación.

En cambio, hoy en día se pueden descargar desde YouTube episodios de la clásica G1, y hasta existen canales muy buenos como el de Auvelier, un mexicano que cuelga videos de cómo transformar a las figuras originales de Hasbro que van apareciendo. En Facebook, existe una excelente página, “Transformers Perú”. Todo este nuevo mundo, incluyendo el conocimiento de las nuevas colecciones como Titan Return, HeadMaster, Combiner Wars, BeastHunters y otros, me llegó gracias a mi hijo, con quien seguimos descubriendo nuevos elementos y detalles.

Dinosaurios

Uno de los capítulos más celebrados para los niños fue aquel en el que los creadores de la G1 combinaron dos pasiones naturales: el gusto por los robots y la fascinación por los dinosaurios; hablamos de los Dinobots (“La isla de los Dinobots”, temporada 1). Si ves este capítulo con tus hijos, tienes que reparar en ciertos detalles. A los niños les gusta lo que es inteligente y divertido: Bumblubee. También lo que tiene mucho poder y es bueno y tiene buenas armas: Optimus Prime, o los Combiners. Pero los que ganarían cualquier batalla son los dinosaurios, y ellos lo saben, porque son gigantes y tienen las mejores armas en su cuerpo. El triceratop es el preferido de Tiago. Desde pequeño me ha embestido con su cabecita y un veloz gateo, simulando esos desplazamientos.

A los niños les encanta por naturaleza estar en el lado del que vence, y los adultos, temerosos de que sufran, les enseñamos que “lo importante es participar”. Pero si Jesús dijo que el reino de los cielos es apto para los que son como niños, habría que desear vencer con esa intensidad siempre. Probablemente, eso diferencia a un oficinista regular de un Messi, un Floyd Mayweather o una Serena Williams. “No importa la adversidad, yo siempre encuentro la manera de ganar”, repetía en sus conferencias de prensa el invicto boxeador Floyd Mayweather (50-0). Las series clásicas de televisión como Transformers (o Thundercats, He-Man, Ninja Turtles, etc.) enseñan eso en general, que los buenos siempre encuentran la forma de ganar. Episodio tras episodio, el villano siempre pierde. Quizá por ello, aunque sea en el juego más insignificante, cuando los niños pierden suelen atisbar lágrimas saladas en sus pupilas.

Pero algo extraño a esta lógica pasó luego de que se terminó la segunda temporada de la G1, y es que los creadores decidieron dinamizar la franquicia introduciendo nuevos personajes a la serie, pero haciendo que los originales mueran en combate La película animada Transformers (1986) fue la bisagra con la que hicieron desaparecer a Jazz, Iron Hide, Willjack, Ratchet, Inferno, Brawn, Cliff Jumper; y lo peor de todo, hicieron que muera Optimus Prime. Encima, el debutante Hot Rod se convertía en el nuevo líder. Así rompieron la idea clásica del bien y el mal. También los buenos perdían. Fue el golpe posmoderno, ahora lo veo. Una experiencia de shock para muchos niños en todo el mundo. Cuentan en los foros que salían de las salas de cine llorando después de esa escena. Esta película no llegó al cine en Bolivia, afortunadamente. Y tuve el cuidado de no dejar que mi hijo sepa de esa película hasta que su comprensión creciera un poco más. Pero internet me ganó.

Flint Dille, el guionista, reconoce que fue un error, pues en ese tiempo “no sabían que Optimus se había convertido en un emblema para los niños”. Cuando le conté esto a mi hijo, le pareció “claramente” una terrible falta de inteligencia. “Eso les pasa por no preguntar primero a los niños si nos gustaría que eso pase”. Pensé que muchos errores se cometen en la vida por no tener el afortunado asesoramiento de un niño que amamos en nuestra vida. Hablar con nuestros pequeños nos ayuda a recordar lo básico, volver a lo simple, las preguntas sensatas: “¿Por qué no podían introducir los nuevos personajes y mantener a los originales?”.

Sucedió que los ejecutivos de Hasbro, en combinación con los productores de la serie de televisión, pensaban en los Transformers como una línea de productos, mientras que, para los niños, los Transformers son seres súper cool que además tienen sentimientos. En mí caso, redescubrirlos pasados los 30 años fue una constatación de que los juguetes pueden ser pasadizos en el tiempo, objetos que permiten coleccionar una memoria, y revivir un tiempo en el que la vida, tecnológica y afectivamente hablando, era muy diferente.

Lo cierto es que esta pasión nos llevó a tener un mundo juntos con mi hijo, un mundo más, paralelo, que es el plano de la vida de los juegos. No soy un coleccionista de figuras de acción, pero lo que sé es que los Transformers pueden ser una especie de tecnología imaginaria para avivar elementos del pasado que perviven en nuestro presente adulto.

La escritora Margueritte Duras dice que “si no hubiera infancia, no existiría psicoanálisis”. Pienso que tampoco habría mucho de qué escribir en términos de narrativa si no hubiera un bloque de niñez con el que andamos a cuestas. No es algo que expurgar, al contrario, es una parte celebratoria, un puente desde donde podemos conectarnos con la inocencia y lo que les pasa a nuestros hijos. Ellos constatan que somos confiables desde el momento en que les mostramos que también fuimos niños.

Siempre se podrá educar a un hijo desde lo que ya sabemos. Pero también hace falta admirar un poco de lo que a ellos les fascina para comprender mejor lo que los mueve. Compartir admiraciones, eso hace bien, relacionarse desde la admiración. ¿Cómo los dinosaurios pudieron resistir a tantos cambios climatológicos durante millones de años para seguir existiendo? Ellos se reinventaban de tiempo en tiempo, desde sus dietas hasta sus recorridos, eran estudiosos de la naturaleza. Pero eso lo supe recién gracias a los documentales que ve mi hijo. “Ay, papi, a veces tu memoria no es tan buena”, me reprocha él, mientras eleva sus ojitos al cielo, pues él recuerda además que ya me lo había contado en una de nuestras conversaciones.

Ahora es hora de recogerlo del colegio y mostrarle el artículo. Si ustedes lo están leyendo, quiere decir que le dio su aprobación.

Filósofo y gestor cultural - jorgelun@gmail.com





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