Cochabamba, Bolivia, Domingo 29 de octubre de 2017
Revista Así
Historia, cultura y recreación

El convento de Tarata abre su corazón

Apertura. Después de 221 años de presencia en el Valle Alto cochabambino, este monasterio comenzó a recibir a turistas y delegaciones en el museo de los Franciscanos y, recientemente, habilitó una casa de retiro.<BR>
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TEXTOS. JIMENA NÚñez larraÍN /// FOTOS. Noé portugal/// | 29/10/2017



Situado a 35 kilómetros de Cochabamba, en la localidad de Tarata, a unas cinco cuadras al oeste de su Plaza Principal, sobre una extensa loma innominada, se encuentra el convento de San José de Tarata, que fue terminado de edificar en 1796, y que hoy, tras 221 años aún permanece incólume ante el paso de los años.

Rememorando en el tiempo, allá por 1750, los hermanos de la orden franciscana llegaron de España a Bolivia para evangelizar, este y otros territorios que -anteriormente- formaban parte del Virreinato del Perú. En Tarata, unos 35 frailes decidieron quedarse en este sector y comenzar la construcción de su convento que, al parecer, demoró muchos años, puesto que no se sabe a ciencia cierta cuándo se iniciaron las obras.

El hermano Ariel Claros, actual responsable de la casa de retiro del convento, comenta que esta construcción fue ejecutada por mandato del papa Clemente XIV, quien -además- solicitó la construcción de otros cuatro conventos en Bolivia, los que eran conocidos como FIDE, desde dónde se propagaría la evangelización hacia la Chiquitania y el Chaco boliviano.

Esta edificación colonial se proyectó y se hizo realidad sobre una pequeña colina, la cual se fue transformando, como cediendo a las necesidades y usos de los pobladores al paso de los años.

UNA VISITA GUIADA

Desde la calle hasta la puerta del templo, hay una larga escalinata, de piedras menudas, que guía al turista hasta el portón principal. Unos metros antes, una mujer robusta -ya entrada en años- que vende velas, estampitas y hasta dulces a los ocasionales visitantes, informa que el ingreso al convento se realiza por el sector de la derecha del templo.

Allí, después de jalar el cordel de la puerta, se escucha el toque de una campana aguda y tras un par de minutos de espera aparece el hermano Ariel, con su hábito café oscuro, como símbolo de la orden que profesa y quien -a partir de ese momento- se convierte en el guía del recorrido.

Con tan solo cruzar el lumbral de la puerta, el panorama cambia significativamente, hasta el aire huele a fresco, dada la vegetación existente alrededor.

Incluso, el letrero pintado en latín, sobre la puerta principal, brinda un mensaje de paz y tranquilidad :“El Señor bendiga sus salidas y sus entradas”.

El patio central, rodeado por cuatro galerías laterales de unos 30 metros de largo cada una, que velan por la protección ante las inclemencias del tiempo y enmarcan el jardín central, donde reina el verdor de las plantas, los pájaros trinan sobrevolando la incipiente arboleda, el sonido del agua de la fuente central y las malezas que se mueven bruscamente, debido al sorpresivo movimiento de los conejos silvestres, que escapan de la presencia de los humanos. Todos esos elementos invitan al visitante a querer ingresar y conocer más del lugar.

MUSEO

El museo no tiene más de cinco años de antiguedad. El ingreso al mismo no tiene un costo definido, el pago es voluntario, de acuerdo a la devoción y capacidad de cada visitante.

El recorrido por todo el circuito del museo demora unos 20 minutos, dependiendo de la curiosidad de los visitantes.

El recorrido se inicia en el ala este del convento; allí, el visitante puede observar los materiales con los que se edificó esta obra arquitectónica: ladrillo, piedra tallada y musleras para el techo.

“Si bien en esa época no existían las ladrilleras, los frailes franciscanos estaban capacitados para fabricar sus propios ladrillos, con una mezcla artesanal de arenilla, greda y ceniza”, explica el hermano Ariel.

Los frailes no solo tenían la misión de evangelizar al pueblo sino de enseñarle algún oficio.

“Se sabe que los chiquitanos aprendieron a fabricar violines y tallar en madera, esos son conocimientos adquiridos y tras-feridos por nuestra orden”, enfatiza el religioso con orgullo.

Después de unos minutos, se ingresa a la pequeña pinacoteca -exposición de lienzos-, donde se exponen varios trabajos de pintura de la escuela de Cuzco, que datan de los siglos XVI o XVII, todas obras religiosas anónimas, como ser: San Francisco, la Tercera Estación del Vía Crucis, entre otras obras de arte .

Esta habitación no mide más de tres por cuatro metros, no se siente humedad y tiene poca ventilación, lo que ayudaría a la preservación de las pinturas.

SANGRE CONSAGRADA

A un costado de este ambiente, hay un pequeño cuarto donde se realizaba todo el proceso de elaboración del vino, destinado a la consagración de la eucaristía.

“Hay que tomar en cuenta que, en 1790, los hermanos tenían la necesidad de producir vino, porque es un elemento simbólico que representa la sangre de Cristo, ya que no podían esperar cinco meses de viaje en barco y, luego, por tierra para que les llegue esta bebida hasta el Virreinato; por eso, estudiaron y crearon varias técnicas”, asegura el religioso que oficia de guía turístico.

Una vez en el interior, se observan los insumos empleados para tal efecto, por un lado, el vino era elaborado en grandes “wirquis” o cántaros de barro, que estaban cubiertos por soportes de cuero que eran remojados previamente en agua, antes de ser colocadas a los cántaros.

De esta manera, el cuero secaba ejerciendo presión al interior y cuando estos recipientes estaban llenos de uva y fermentaba y ejercían presión al exterior, el cántaro no se rompía, logrando así obtener un buen vino. Uno de los detalles que todavía se aprecia es la cera de abeja, que aún esta adherida a la tapa de los recipientes.

Del otro lado del pasillo, se instaló una réplica de un comedor de diario, con muebles de la época, una mesa rectangular an- gosta con sillas, cuyo respaldar está repujado en cuero. Una vajilla de cerámica y una lámpara reciclada, hecha con una rueda de carreta, complementan esta muestra.

En este lugar, todavía se conserva el techo de caña hueca tejida con cuero de oveja y el piso de baldosas de piedra, que de acuerdo al hermano Ariel corresponden a la época.

EL LUGAR PROHIBIDO

Al dejar esta sala y mirando de frente, en el segundo nivel y el altillo se encuentra la primera biblioteca que data de 1700; pero, a pesar de la insistencia, el religioso no nos permite ingresar al lugar; pero, explica que cuenta con alrededor de 8.000 ejemplares y uno de ellos data de 1500; una verdadera reliquia.

De igual manera, el acceso a la segunda planta del ala norte está prohibido, puesto que, es el área de los hermanos franciscanos que moran en el convento.

HONRAS HISTÓRICAS

El paseo prosigue sobre el sector sur, donde se armaron tres ambientes dedicados a mostrar la historia de los misioneros en Bolivia, su presencia y aporte a la sociedad.

Uno está destinado al Santo de la Lluvia, San Severino y los otros dos contienen la ropa que los religiosos utilizaron, acompañados de una explicación acerca del significado de los colores de la vestimenta, instrumentos musicales, la primera imprenta; fotografías con las imágenes de los religiosos que pasaron por el convento.

Entre las fotos se encuentra una que muestra a Luis Fernández, uno de los hermanos que se enlistó para la Guerra del Chaco como capellán militar, en grado de Capitán.

“Teníamos y tenemos que compartir y acompañar a la sociedad, y eso engloba diferentes aspectos”, enfatiza.

Cada uno de los salones tiene y refleja parte de la vida de los franciscanos, quienes a un principio llegaron a ser 50 misioneros, cifra que con el tiempo fue disminuyendo. Antes de finalizar el recorrido, y casi con un favor especial, el hermano Ariel nos guía hacia la huerta, que se encuentra en la parte posterior del convento.

Al ingresar, se detiene frente a uno de los atractivos del lugar. “Es un pozo que suministra el agua para el uso del convento, y que algunas personas tienen la tradición de lanzar una moneda y apostar por el futuro, el destino o un sueño anhelado”, explica.

CASA DE RETIRO

Si bien en la época colonial esta infraestructura cumplió la tarea de apoyar a los grupos misioneros que estaban destinados a diferentes ciudades y pueblos de Bolivia para evangelizar, ahora está siendo utilizado como casa de retiros. “No queremos que se confunda con un hotel, este es un centro de recogimiento espiritual, donde los asistentes pueden llegar a desarrollar temáticas y socializar”, añade el guía turístico.

La casa de retiro cuenta con amplios espacios, cuidadosamente diseñados, para brindar comodidad en el hospedaje.

Cómodas habitaciones individuales con baño privado, comedores, salas de reuniones, capillas y otros.

También hay lugares para disfrutar de la naturaleza, como jardines, parques, un pantano y un bosque (donde incluso se podría acampar).

Además, esta infraestructura cuenta con herramientas de apoyo tecnológico, como un sistema de sonido, data display, un televisor de 63 pulgadas y otros beneficios más.

Actualmente, el convento habilitó 40 habitaciones simples, 14 dobles, todas con baños privados, 12 camarotes y 80 literas.

El costo por noche varía entre 90 y 140 bolivianos por día, incluyendo la alimentación. A todo lo mencionado se puede adicionar el área de camping, a un costo de 20 bolivianos por persona, donde se puede pernoctar y disfrutar de la experiencia de dormir bajo las estrellas, pero con la seguridad del convento.

Si bien hay mucho que seguir contando a cerca de este paraíso terrenal, como lo define el hermano Ariel, el sol candente, marca el medio día, y hay que dejar el cielo para volver a la tierra de los mortales.

FIDE en Bolivia



Existen cinco conventos franciscanos en Bolivia: San Francisco en La Paz, Potosí y Tarija; La Recoleta en Sucre; y San José en Tarata, Cochabamba.

Contacto

  Los encargados del convento quieren incrementar el número  de visitas de los turistas y delegaciones. El celular de contacto es el 70398917.

Declaración

  El convento Franciscano de San José de Tarata fue declarado monumento Nacional, por Decreto Supremo, el 11 de junio de 1971.





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