Cochabamba, Bolivia, Domingo 24 de marzo de 2019
Ramona

Estados de ánimo

La autora imagina cómo quisiera celebrar un ideal Día del Cine Boliviano y da cuenta de las carencias que sufre el contexto cinematográfico de este país.
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Por: Alba Balderrama | 24/03/2019



Es 21 de marzo, Día del Cine Boliviano, es también el primer día de otoño. Si estuviera donde debiera estar, si el cine boliviano fuera lo que tendría que ser, sin importarme el estremecimiento que me provoca el aire fresco de esta mañana y los afanes cotidianos del desayuno, estaría consultando frenéticamente las carteleras de los cinco cines de la ciudad para ver las películas bolivianas que se han programado para celebrar este día, serían montones. Porque el año 2017 el presidente promulgó un Decreto Supremo con el detectivesco número 29087, en el que se establece que cada Día del Cine Boliviano las salas de cine y los canales de televisión deberán exhibir películas nacionales.

Si estuviera en el tiempo y en el lugar en que debiera estar, después de preguntar a mi hija si tiene todo su material listo para el colegio y darle un beso que ella esquivaría adolescentemente, estaría yendo a dar clases en la Universidad Nacional de Cine en Cochabamba, estaría temblando porque hablaremos del cine contemporáneo; recordaríamos que el cine fue siempre contemporáneo y que el cine le aporta a las ciudades, provincias y pueblos la modernidad, exigiendo a sus habitantes, a las mentes de sus habitantes, a abrirse, volar, estar a la altura de nuevas imágenes y, por ende, de nuevos pensamientos.

Si estuviera donde debiera estar, por encima del bullicio de la calle, la brisa calma de esa mañana otoñal me estaría dando de pleno en la cara y mis pies emocionados estarían subiendo las gradas que trepan como a un fuerte inca para ingresar al Museo de Arte Contemporáneo Boliviano. Estaría buscando la exposición que ha organizado el museo en conmemoración de los 30 años de que se estrenara la película La Nación Clandestina de Jorge Sanjinés. La exposición se llamaría, copiando el título de una película de Cassavetes, “30 años de un cine bajo la influencia”. En ella más de 100 piezas, entre fragmentos de películas, fotografías, carteles, vestuarios, programas de mano, animaciones, story boards, estarían dispuestos para explorar la cronología de cómo esa película influyó en otros cineastas, pero también en otras artes bolivianas como la animación, el diseño, el tejido, la pintura, la performance, el videoarte, la instalación. Una exposición del cine de cineastas expuesta en la sala de un museo. Porque los trueques entre el cine y el museo son ya viejos en el mundo entero y porque los museos no son recintos alejados del interés popular. Una exposición que recuerda cómo y cuánto supimos amar la belleza, cómo la hicimos nuestra y cómo, en nombre de ella, fuimos capaces de seguir haciendo cine mirando atrás, mirando al futuro, mirándonos siempre, construyéndonos.

Saldría de esa exposición exultante, con esa famosa frase de Godard sellada en mi frente: “La relación entre el cine y el arte es como en un partido de tenis en el que no se sabe quién hace el saque y quién espera el golpe”. Porque ese es el propósito de las exposiciones, el gran logro de las mejores salas de museos, volver a crear universos, propiciar diálogos, hacer aparecer cosas que ya no están, que ya no hay. Saldría de esa exposición con la certeza de que La Nación Clandestina parecía revelárseme por primera vez bajo otra luz, desbordada de contenido y significado, con la conciencia de que es un patrimonio cultural.

Los museos son esos lugares donde lo que ya no hay, hay. En algo se parecen al cine, lo que no hay el cine hace que haya. El cine boliviano son sus películas, sí, pero también todo esto que no hay y que debería haber. Una ley que se cumpla y promueva el cine, una universidad estable funcionando hace años, exposiciones en los museos. Todas esas ausencias legales, institucionales, poderes que sustenten su legitimidad, su categoría de alto arte, de cultura y patrimonio.

Todo este “no hay y debería haber” es un reclamo legítimo, una necesidad del propio sistema cinematográfico boliviano de crecer y expandirse; un reclamo que ahora es una brasa quemante de deseo por construir eso que no hay.

Si estuviera donde debiera estar, habría ya dejado de sentir la necesidad de sumarme a la queja, al reclamo de los cineastas que viene desde que tuvieron que tomar las armas, hacer huelga, juntarse en congresos y mítines porque se dieron cuenta de que había que soñar con leyes, universidades, museos, querer más para que el cine creciera y que mucho del trabajo sucio tendrían que hacerlo ellos, solos sin el Estado, sin la institución de su lado, como hace más de cien años de soledad.

Productora y gestora cultural - albita35mm@gmail.com



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