Cochabamba, Bolivia, Domingo 10 de febrero de 2019
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Alfredo Domínguez (I)

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Por: *El Papirri | 10/02/2019

cutipa.freeservers.com

Alfredo cumpliría 81 años este 9 de julio. Hubiera sido un abuelito feliz, tranquilo, chanceador, con la sonrisa sincera en el rostro, la pausa necesaria al hablar, el humor y la anécdota florecida. Nacido en la bella Tupiza en 1938, en el seno de una familia muy humilde, vivió solo 42 años. Su papá era carpintero, su mama vendía dulces y helados, Alfredo ayudaba, era hijo único. Podríamos considerar una primera etapa los primeros 20 años de su vida, entre su tierra y Argentina. Era un niño rebelde, dicen los que saben que sufrió violencia y discriminación de un profesor, agarró su maletita a los 12 años y se fue para Argentina con un circo, integrándose luego a la zafra. En esas fogatas de trabajadores golondrinas conoció el hambre, la lucha y la guitarra, experiencia expresada posteriormente en la bella canción “Exodo”, track siete del emblemático disco Vida, pasión y muerte de Juan Cutipa (1969), que contiene 12 piezas, cada una con su respectivo óleo. Tras la desesperada búsqueda paterna retornó a Tupiza con la Policía, directo a la plaza, a vender dulces. A los 15 años integró la estudiantina del Prof. José Ortega, en ese contexto empezó a tocar piezas de Tárrega y Sor, repertorio clásico que le dejó un tremolo cristalino, glissandos expresivos, un sonido potente. Más tarde Alfredo le daría a estos recursos técnicos su propia identidad. Cuentan los que saben que su papá lo vio de la ventana ensayando con la estudiantina prohibida, Alfredo salió corriendo a casa, se metió debajo de la cama. Ante su asombro, el padre le ofreció hacerle una guitarra si se comprometía a no meterle a las copas. No volvió al colegio, decidió cumplir su servicio militar en Tarija, parece ser que es allí donde le agarró la vinchuca traidora, dejándole el chagas mortal.

Una segunda etapa podría ser su estadía en La Paz, migración interna en la década de 1960, fundamental en su obra y oficio musicales. Era un gran arquero del club Huracán de Tupiza. Llegó a La Paz con la intención de integrarse al Bolívar, se dice que Liber Forti, hombre de teatro, intelectual del pueblo y stronguista (chiste), le aconsejó optar por la guitarra. Cuenta su esposa, Gladys Cortes, que Alfredo estaba en La Paz, sin trabajo y sin guitarra. En noviembre de 1963, se realizó un acto de residentes en homenaje a tupiceños sobresalientes. Se condecoró al gran futbolista Víctor Agustín Ugarte, gloria de la época. Entonces, se llamó a Alfredo al escenario, los residentes le regalaron de sorpresa una guitarra del célebre lutier Rivas. El músico, pasmado, lloró de emoción, pues realizaba actuaciones en radio El Cóndor y radio Méndez con guitarras prestadas. Gladys también relata que Alfredo tenía ya en ese momento unas 50 composiciones, tanto instrumentales como cantadas, pero no le gustaba su timbre de voz, por eso su primer disco autofinanciado de cuatro canciones tiene el apoyo de una cantante. En 1966 se abrió la Galería Naira comandada por ese gran hombre, Pepe Ballón. Al lado de la galería de la calle Sagárnaga había una salita vacía donde Alfredo ensayaba, fue allí el encuentro histórico con el célebre charanguista Ernesto Cavour, paceño y vecino de la zona, sumándose el antropólogo y quenista suizo Gilbert Favre: así nació un trío notable, base de lo que serían Los Jairas. La salita se volvió la Peña Naira, epicentro de estos músicos valiosos. Esta década fue muy fértil para Alfredo, aportó a la guitarra mundial con sus propuestas sonoras, inventó articulaciones propias, sonidos que emulan al erke, la caja, el charango, el pinkillo, los cerros colorados lo pueblan. Las piezas “Por la quebrada” y “La pastora”, hits de 1969, son referentes de la época. Es fundamental el encuentro con Violeta Parra, quien llegó una noche de ese 1966 detrás del amor perdido del gringo bandolero que ya se había casado. Violeta actuó en la Naira muy triste, escuchó a Domínguez y le aconsejó para siempre no renegar de su timbre de voz y del canto. Entonces nació Juan Cutipa, hito de la música popular boliviana, en forma de suite muy personal es un autorelato de vida, migraciones y sobrevivencia. Canciones sentidas, como la emotiva y compacta “Rosendo Villegas Velarde”, contrastan con el humor hualaycho y juglar de “Sí, señora, soy un indio”, sencilla pero profunda crítica al racismo europeo.

La tercera y última etapa, la década de los 70, encontró a un Alfredo migrante en Suiza con esposa y dos hijos. Desarrollaba su talento como artista plástico en Ginebra, dando conciertos exitosos con su guitarra de fuego. Artista natural, junto al grupo Los Jairas, consolidó el denominado neofolclore andino, sin embargo el tupiceño no integró el grupo. Alfredo Domínguez es un gran referente de la música popular latinoamericana. Hay que destacar el trabajo de transcripción de la guitarra de Alfredo que realizó el maestro tarijeño Fernando Arduz, quien logró incorporar el repertorio Domínguez a los centros académicos musicales. A mí me salvó la vida en Japón, cuando mi productor nipón propuso en 1990 que -dentro de mis conciertos- toque 30 minutos de guitarra latinoamericana. No tenía nada de Bolivia, y conocí “Por tu senda”, pieza instrumental que interpreté como obertura de mis presentaciones por una década. Tuve el honor de tocarla en Ginebra en 2007, en presencia de la bella Gladys. Este 28 de enero fueron 39 años de la muerte de Alfredo. Nuestro reconocimiento sentido y permanente. Estito continuará.

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*El Papirri, personaje de la Pérez, también es el cantautor paceño Manuel Monroy Chazarreta.

Músico - papirri@hotmail.com



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