Cochabamba, Bolivia, Domingo 18 de noviembre de 2018
Ramona

El sentido de nuestra existencia (III)

Tercera entrega de un ensayo de cinco partes del escritor boliviano Guillermo Ruiz Plaza, radicado en Francia y cuyas obras se pueden hallar en la editorial 3600.
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Por: Guillermo Ruiz Plaza | 18/11/2018



“¿Qué es la realidad?, ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos?, todas estas interrogaciones provienen de un enigma común: ¿Tiene sentido nuestra existencia?” Un ensayo que une ciencia y filosofía”.

El entrelazamiento cuántico

En 1935, junto con sus colegas Podolsky y Rosen, Einstein presentó en un artículo la llamada “paradoja EPR” con el fin de probar que la FC era una teoría incompleta, ya que violaba las leyes del universo tal como lo conocíamos. Sin embargo, muchos años después, desde el experimento realizado en 1982 por Alain Aspect –y comprobado desde entonces en varias ocasiones– la comunidad científica ha confirmado que la paradoja presentada entonces por Einstein para desacreditar a la mecánica cuántica es en realidad una fiel manifestación de lo que ocurre en la naturaleza.

Dos partículas entrelazadas y luego separadas son capaces de “comunicar” entre sí de forma instantánea, sin importar la distancia que las separe y sin que exista ningún canal de transmisión entre las dos. Este fenómeno, que se da no solo entre dos partículas sino también entre dos sistemas de partículas, rompe por completo nuestra manera de entender la materia. Según la teoría cuántica, las partículas tienen la capacidad de “conectarse” de alguna forma con otras partículas alejadas en el espacio. En su artículo de 1935, Einstein llamó al entrelazamiento cuántico, en tono burlón, “acción fantasmal a distancia”, para mostrar hasta qué punto esa teoría resultaba absurda. En efecto, si obedecíamos la lógica de la FC, había que deducir que las partículas entrelazadas “comunicaban” 250000 veces más rápido que la velocidad de la luz. Esto es a priori antinatural –pues Einstein probó que nada puede viajar más rápido que la luz– y, sin embargo, es exactamente lo que sucede a escala subatómica. El entrelazamiento cuántico muestra cómo, aunque existan miles de años luz entre dos partículas entrelazadas, el cambio de estado de la primera afectará a la otra al instante. La “acción fantasmal a distancia” es una propiedad de la materia.

Una de las conclusiones más increíbles a las que nos lleva este experimento es el hecho de que las correlaciones cuánticas trascienden el tiempo y el espacio y las leyes conocidas del universo. En efecto, conforman sistemas no separables y por tanto no locales, como lo muestra el ejemplo de las dos tazas (una en París y otra en Tokyo) que forman parte de un solo sistema de “densidades de presencia”. En los fundamentos de la materia está la prueba de que la realidad se nos escapa. Como especifica Staune, “la realidad fundamental se sitúa más allá del espacio-tiempo.”

Interpretaciones posibles

Esta nueva concepción de la materia es, según los científicos más eminentes, el descubrimiento central del siglo XX, y su efecto lógico sería un cambio de paradigma científico que aún no se ha dado del todo. En este sentido, es significativo el hecho de que a menudo la FC brille por su ausencia en la enseñanza secundaria. En efecto, así como digerir los descubrimientos de Copérnico tomó más de cien años, integrar los descubrimientos de los físicos cuánticos en los otros ámbitos es una tarea pendiente, y el trabajo de Staune es un esfuerzo por acelerar ese proceso tan necesario como ineludible.

Cierto, también la ciencia evoluciona, tantea, se equivoca y continúa su búsqueda. ¿Dónde radica su particularidad con respecto a la filosofía? Hoy es posible debatir las ideas de cualquier filósofo. No es posible, sin embargo, debatir sobre si la tierra gira alrededor del sol o si sucede al revés. En ciencia, hay rellanos seguros en la escalera del saber. La mecánica cuántica forma uno de estos rellanos. Sin sus descubrimientos, la informática sería imposible.

Para Staune, entonces, la FC sugiere que las partículas elementales no están en el espacio-tiempo, pero lo suscitan. Y aquí nos ofrece una imagen sobrecogedora: lo que vemos sería como las sombras que se proyectan en la pared de la caverna en la alegoría de Platón. En La República, el filósofo ateniense describe la condición humana de la siguiente manera: estamos sentados, inmóviles, en una caverna, dándole la espalda a la entrada. Frente a nosotros, en el fondo de la caverna, se proyectan las sombras de personas que pasan en el exterior, delante de la entrada. “Dos mil quinientos años después”, escribe Staune, “la física cuántica nos ha aportado una espectacular confirmación de aquella intuición. Como los hombres de la caverna, estamos sumergidos desde nuestro nacimiento en una terrible ilusión, una ilusión a la cual es casi imposible escapar, que nos lleva a creer que el mundo […] en que vivimos constituye la realidad auténtica, la base de lo que es. Sin embargo, a pesar de su inmensidad y de su complejidad, no es más que una simple proyección de lo que realmente es, tal como las sombras proyectadas en el fondo de la caverna. El mundo verdadero es completamente distinto, primero porque no está situado en el tiempo, el espacio ni la materia, y por tanto no está limitado […] Es un mundo que contiene una infinidad de potencialidades.” Como las partículas cuando “se disuelven” en una onda... Así pues, según Staune, el mundo tiene el aspecto sólido que tiene debido a la acción de nuestras conciencias. Ver o no ver una partícula, en efecto, determina el estadio de la misma, de tal forma que nuestra conciencia define la realidad. Porque es observada, la realidad pasa de un estado de puras latencias a un estado sólido. Porque es observado, el conjunto de las posibles realidades se reduce –tal como la onda que se limita a ser partícula– a una sola realidad: la que vemos.

Esto me recuerda inevitablemente la filosofía de Berkeley, para quien la materia no existe en sí misma. Para el filósofo irlandés, la realidad solo existe en tanto que es percibida por un sujeto, al igual que una partícula que, si no es observada, no tiene posición ni velocidad y es solo una onda de posibilidades.

Si lo real escapa al tiempo y al espacio, significa que lo real original –lo que proyecta nuestra realidad– se sustrae a nuestra observación. Se trata, según Bernard d’Espagnat –uno de los grandes físicos franceses de la segunda mitad del siglo XX–, de una “realidad velada”. Una realidad más vasta que la nuestra, pero invisible, que no podemos conocer sino a través de sus proyecciones. Una realidad que escapa al tiempo, al espacio, a la energía y a la materia, y que, sin embargo, proyecta esta vieja y querida realidad nuestra, en que todo puede pesarse, medirse, tocarse. Sí, la alegoría de la caverna de Platón y su concepción de la realidad como proyección de arquetipos incorruptibles tiene hoy una base científica. Por esta razón, D’Espagnat nos invita a desechar la obsoleta palabra materia y a reemplazarla por otra –más rica y exacta–: la palabra ser.

El principio creador

Un arquero que está en la tierra tira una sola flecha y da en el blanco: un centímetro cuadrado que se encuentra a una distancia de 13,8 mil millones de años luz. ¿Cuál es la probabilidad de que eso ocurra? Ridículo, ¿verdad? Sin embargo, en el plano de las probabilidades, es exactamente lo que sucedió –según lo demuestran potentes simuladores informáticos– en el instante del Big Bang. El astrofísico Trinh Xuan Thuan afirma que, debido a la perfección de todos sus factores iniciales y también presentes, cuesta creer que el universo sea un accidente. En efecto, si en estos simuladores cambiamos cualquier factor, por mínimo que sea el cambio –la velocidad de expansión del universo o la velocidad de la luz, la carga eléctrica del protón o la masa del neutrón, en fin, un mínimo cambio en cualquiera de la quincena de constantes físicas– el resultado es la esterilidad más absoluta. Estos simuladores nos permiten confirmar que el universo es fértil porque es perfecto, es decir, de una finura excepcional en todos sus planos; de no ser así simplemente nada existiría. De millares y millares de universos posibles solo hay uno capaz de suscitar formas de vida, y es el nuestro.

¿Azar o necesidad? La ciencia no puede zanjar este dilema, pero el hecho mismo es sobrecogedor: significa que hoy en día ningún científico puede negar, sin pecar de anti científico, la posibilidad de un principio creador, es decir, de un proyecto. Un proyecto regulado con tanta minuciosidad que no solo ha permitido el surgimiento de la vida sino de la conciencia, en un proceso que ha ido de lo inmensamente pequeño a lo inmensamente grande –un punto minúsculo que ya contenía en potencia millares de galaxias con sus millares de estrellas y planetas–, y que hoy, mientras usted lee estas líneas, sigue su expansión vertiginosa; y de formas simples a otras cada vez más complejas y cuya cúspide sería, por el momento, nuestra conciencia. Por este motivo, se puede afirmar sin rubor que el universo ha seguido y sigue una dirección clara en su evolución. Asimismo, parece muy probable que tendrá un fin (pues se enfría de forma inexorable), aunque este, debido a su lejanía inconcebible, verosímilmente no nos concierna.

Por otra parte, si la idea de un principio creador parece inverosímil, más inverosímil aún resulta la otra, la de un accidente, ya que supondría la creación de un sinfín de universos paralelos. En efecto, si afirmamos que el arquero solo ha tenido suerte, para ser creíbles en el plano matemático es necesario postular una infinidad de tiros, hasta que el arquero dé al fin en el blanco. Sin embargo, como cada tiro errado se convierte en un universo estéril, esta hipótesis nos obliga a plantear la existencia de un multiverso. Así que esta postura, al contrario de la primera, no se basa en ninguna observación (no tenemos noticia de otro universo): es pura ciencia ficción. En el plano lógico, además, tiene las de perder, como lo muestra el principio de la navaja de Ockham (1): en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable; la pluralidad no debe ser postulada sin necesidad.

En suma, si la cosmología clásica, desde Copérnico, había desplazado al hombre de su lugar central en el universo, la cosmología actual le confiere un sitio único en el plano conceptual, pues el universo parece haber sido regulado desde el Big Bang para que algún día surgiera, en el seno mismo de su evolución, una conciencia capaz de comprender y de admirar las sutilezas de su funcionamiento.

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(1) La navaja de Ockham es un principio metodológico y filosófico atribuido al fraile franciscano, filósofo y lógico escolástico Guillermo de Ockham (1280-1349), cuya figura inspiró a Umberto Eco en la creación del protagonista de El nombre de la rosa, Guillermo de Baskerville.

Escritor - gruizplaza@gmail.com



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