Cochabamba, Bolivia, Domingo 9 de septiembre de 2018
Ramona

Radical de raíces

Entrevista a Sergio Zapata, organizador y cofundador del Festival de Cine Radical, que comenzó ayer y se extenderá hasta el 16 de septiembre en La Paz.
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Por: Caio Ruvenal | 09/09/2018



El Festival de Cine Radical, celebrado en las ciudades de La Paz y El Alto, comenzó ayer su quinta edición. Tras cinco años, es uno de los encuentros del séptimo arte con una ideología asentada, firme y permanente, que celebra al cine radical, fundamental, que se produce de forma total apelando a la raíz. Esta versión trae más de 50 audiovisuales divididos en siete secciones. Serán proyectados en cinco sedes: Cinemateca Boliviana, Centro Simón I. Patiño, La Virgen de los Deseos, Cine Municipal 6 de Agosto y Wayna Tambo, hasta el 16 de septiembre. Los filmes cuestionan las maneras de mirar, hacer, difundir y exhibir el entorno social a través de las imágenes en movimiento. Dialogamos con el gestor Sergio Zapata, uno de los organizadores de la iniciativa.

-¿Cuál es el carácter diferenciador del Festival de Cine Radical frente a otros como el Fenavid o el de Derechos Humanos en Sucre?

Priorizamos formas nuevas de filmar, investigaciones visuales, cineastas y películas que asuman riesgos formales y que repiensen los modos de producción y estrategias de exhibición. Venimos del cineclubismo, por lo que intentamos que el 100 por ciento de las películas tengan conversatorios.

-¿Cuál ha sido la evolución del festival en estos cinco años?

Tal vez no sea el término más apropiado el de evolución, sino consolidación. [En el festival] se ha consolidado una comunidad cinéfila con un público bastante exigente que sabe cuál es la propuesta del Radical. La espera, la discute, la celebra, a veces se molesta porque conoce bien la identidad del festival del cual es parte.

-¿Cuáles son los criterios de selección para la programación de esta edición?

Los criterios se mantienen todos los años, la identidad de un festival se forma a través de sus criterios curatoriales. En el caso del Radical, los criterios son básicamente dar un vistazo a la cinematografía más arriesgada que se produce en el globo, América Latina y Bolivia. Lanzamos la convocatoria, llegan las propuestas y consideramos si se insertan en este espacio institucionalizado que es el festival. Institucionalizado porque tiene los lineamientos bastante claros y cuenta con eventos que ya son rituales, como es el cine club.

-¿Cuál es el discurso que maneja el festival?

Buscar cinematografías arriesgadas, libres, que no concedan terreno al espectador, mucho menos a organismos como coproducción. Es decir, cine (tal vez ante la crisis de la palabra independiente) que sí intentamos que sea independiente.

-Algo quema es el filme que abrió el festival. Ya estuvo presente en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, clausuró el Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos y está preseleccionado en la categoría de Mejor Documental en los Premios Iberoamericano de Cine Fénix. ¿Dónde radica la particularidad de esta película dirigida por Alfredo Ovando?

Lo bueno es que tenemos convenios con muchas películas, con los realizadores que vienen con una enorme antelación de tiempo, porque les ofrecemos su estreno en Bolivia a través del Radical, como es el caso ahora de Mar Negro de Omar Alarcón, programada para clausurar el festival. Algo quema tiene muchas provocaciones, cuestiona la idea de la imágenes de la sociedad, las imágenes oficiales del Estado boliviano, cuestiona las imágenes del entorno familiar porque tiene archivos de familia. De esto se deriva la pregunta por el lugar del archivo en la memoria iconográfica, cinematográfica de las sociedades. Tanto es así, que ha desencadenado otros elementos como el conversatorio que hemos preparado el viernes 14, “Mesa: cine, historia y memoria”. En la apertura del festival hemos visto oportuno que la proyección de Algo quema vaya acompañada de un conversatorio con Carlos Mesa y Carlos Soria Galvarro, un experto en las décadas de los 60 y 70, en concreto sobre los gobiernos de facto.

-¿Un festival de cine debe preponderar las propuestas que busquen una reflexión en el espectador o, por el contario, la belleza estética?

La pregunta no es tan sencilla en el sentido de una dicotomía de que se privilegie el placer visual o la reflexión. Ambos van de la mano de alguna manera, pero este no es un festival que privilegie el cine entendido como obra plástica. Lo que nos interesa son los espectadores, definitivamente. Pero no tenemos un premio del público o no nos guiamos por la moda de la taquilla. Nos interesa tener cinematografías que no están en el circuito, eso es algo importante para tomar nota. Hay pelis a las que uno tiene acceso vía festivales o después de que tengan muchos premios y alguien opte por sacar su versión en DVD o piratearla. El cine que se está pensando como forma de pensamiento no es especialmente el de consumo masivo, eso es una pena, pero no quiere decir que no vaya a ser un placer visual. Las pelis esteticistas y estetizantes son en realidad un criterio que alguna vez hemos manejado como criterio de exclusión de algunos filmes que tenemos en el Radical, que simplemente se quedan en la estetización de lo cotidiano. Eso no implica una investigación estrictamente visual, mucho menos cinematográfica.

-¿Cómo se logra una coherencia discursiva, en este caso de lo radical, en la selección, exhibición, difusión, diálogo y talleres?

Nos interesa concatenar todos nuestros criterios de selección y obviamente de exhibición. Por ejemplo, el Radical dudo que vaya a estar en una sala estrictamente comercial. Lo que hicimos el año uno y dos, además de la gran apertura del año pasado, es volver a la calle. En cuanto al diálogo, venimos de eso, del cine club. Los talleres siempre van en diálogo con los criterios que tenemos, criterios un poco diferenciadores de públicos específicos. Por ejemplo, un taller va dirigido solo a niñas y otro solo a mujeres, pero siempre con una vocación de democratizar las herramientas, el dispositivo fílmico y la posibilidad de exhibición y la defensa de la pieza con el público.

-En esta edición se crea la sección Nicobilis Radical, con la serie de cortometrajes “Rebeldías” de Liliana De la Quintana. ¿Cuál es su importancia?

El Nicobilis Radical es un foco, quiere decir que es solo esta versión. Lo tomamos porque el año pasado les hicieron un homenaje a la carrera de Antropología y Arqueología de la UMSA, y nosotros también lo vimos pertinente y adecuado. Además, anoticiados de que estaban digitalizando su material, qué mejor que exhibirlos. Con ellos resolvimos programar unas piezas que se puedan considerar su elemento más arriesgado en términos formales y políticos, por eso están las piezas de la serie de “Rebeldías”, una referida a Luis Espinal y la otra, “La marcha por la vida”, de Luis Ovando. Son pelis de los años 1985 y 1994, respectivamente, que nos obligan a pensar, como ya te dije, entre archivo, historia, cine y memoria. Imágenes oficiales de las sociedades frente a la imposibilidad de tener imágenes propias, la imposibilidad de la representación. En ese sentido, creo que sí hay una idea que atraviesa algunas actividades y pelis del Radical, que es la importancia, los usos y políticas de las imágenes, dentro del cine y afuera del mismo.

-¿Por qué una sección dedicada íntegramente a la producción peruana, como es Radicalismos Peruanos?

Me gusta la idea de pensar que somos cinematografías periféricas, la peruana y la boliviana. En Sudamérica existe una serie de cinematografías hegemónicas, que podríamos localizarlas tal vez en el Río de La Plata, y existen otras que son periféricas. Los vínculos que tenemos con la sociedad peruana vuelven ineludible la necesidad de tener encuentros de esta naturaleza, donde podamos exhibir las piezas más arriesgadas de este cine periférico, las piezas libres autogestionadas provenientes de un país centralista, porque hay una noción bien clara de pelis que proceden de la capital, Lima, y de las otras ciudades, que ellos llaman cine de provincia. Nuestro caso creo que es similar. Ofrecemos un espacio donde se puede encontrar, nutrir y dialogar con una cinematografía de un país hermano. Creemos que es enriquecedor para el público y los realizadores. Esa sección es la que siempre tiene presencia de directores peruanos que llegan por sus medios, sin avisarnos muchas veces, como también llega gente del norte de Chile y Argentina. Es mucho más barato venir acá que a las respectivas capitales de sus países.

-¿Por qué se eligió a películas como Eugenia o La hora de los hornos para funciones especiales?

En cuanto a Eugenia, sentimos que no tuvo las ventanas apropiadas y suficientes para su exhibición hace unos meses. La hora de los hornos es por una cuestión de aniversario, son 50 años de su lanzamiento. Lamentablemente, en el mundo de la cultura existe la idea de que solo existe el Mayo del 68 en Francia, pero en América Latina también hubo 1968 en dos escenarios y dos momentos. En Tlatelolco, México, el 2 de octubre también se generó un movimiento importante de contracultura. Tienen importancia también el Festival de Cine de Viña del Mar en 1967 y el de Mérida en 1968, donde nació el Nuevo Cine Latinoamericano, en cual Bolivia con Jorge Sanjinés y el grupo Ukamau tienen un papel fundamental. El año pasado hicimos la reposición de Agarrando pueblo, por su 40 aniversario, este año toca La hora de los hornos, en consonancia con nuestra tradición de cine regional latinoamericano. La otra función especial de este año es Airamppo, semilla que tiñe, de Miguel Valverde y Alexander Muñoz, conmemorando sus diez años de estreno. Es una peli que tuvo muy mala suerte en su exhibición porque coincidió con la masacre de Tahuamanu (Pando), en el intento subversivo de fuerzas reaccionarias, así que las salas de cine cerraron, muy poca gente la vio. Es una peli mítica. Mucha gente ha escuchado hablar de ella, pero muy poca gente la ha visto, creemos que es un momento adecuado.

-En esta edición es visible mucha producción peruana pero también brasileña, que es la que más representantes tiene después de Bolivia y el mencionado Perú. ¿Cuál es el impacto que está teniendo el cine brasileño en el panorama audiovisual iberoamericano?

El cine brasileño es potentísimo y goza de una vitalidad envidiable. Su capacidad y volumen de producción son impresionantes, a la vez que los cines que produce son diversificados y plurales. Como cada año teníamos presencia brasileña. Hemos decidido fundar un foco que dé cuenta de esas pelis brasileñas. Este año tenemos tres galardonadísimas: Baronesa, Érase una vez en Brasil e Historias que nuestro cine (no) contaba. Son un pantallazo de formatos diferentes de hacer cine, intenciones diferentes, miradas diferentes que cuestionan la misma noción de un país que es enorme, que tiene una producción gigantesca. Consideramos que tenemos un repertorio atractivo en la sección Brasil Radical y una de ellas que está en Panorama Radical, que creo que también es síntoma de que el cine brasilero está en un momento privilegiado.

Periodista - caio.ruvenal.257@gmail.com



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