Cochabamba, Bolivia, Domingo 21 de enero de 2018
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Django, capolavoro

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Por: Bartolomé Leal | 21/01/2018
Django (1966) es un clásico del spaghetti western, escrito y dirigido por Sergio Corbucci. Protagonizado por Franco Nero en uno de sus roles paradigmáticos. La película ha sido plagiada por la industria del cine en todos los modos y presupuestos disponibles, desde su título a personajes y trama. Tal como algunos grandes western spaghetti, los de Sergio Leone, Corbucci, Damiano Damiani, Sergio Sollima y otros (un puñado de realizadores, por lo demás), el Django primigenio es un producto gramsciano en su aproximación ideológica. Es una obra que pretende crear conciencia. Aunque tal vez un tanto fuera de contexto, recojo esta frase del pensador italiano: “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. Ese podría ser el lema del protagonista, un soldado vagabundo que busca venganza de un crimen y ha peleado por la Unión en la guerra civil norteamericana. Se enfrenta a unos soldados de la Confederación vueltos enemigos de unos mexicanos revolucionarios. Los gringos están adscritos a una versión tipo Ku Klux Klan del cristianismo más cruel, racista y sanguinario. Los mexicanos no son menos abyectos y sólo les interesa el oro que puedan robar a quien sea y como sea.

Sus escenas de violencia fueron motivo de discusiones y la zarpa de los sensores se hizo valer, haciendo suavizar algunas como el azote a una prostituta gringo-mexicana, el corte de una oreja de un predicador fanático, el estropicio de las manos de Django, degollamientos y otras por el estilo. Se han hecho más de 30 secuelas de la original, la mayoría de ellas vergonzosas y olvidables. La única secuela “oficial” la hizo en 1987 Nello Rossatti (Ted Acher) con el título Django, el retorno de un héroe. Nuevamente Franco Nero es el protagonista, que 30 años después se ve obligado a volver al pueblo al enterarse que tuvo una hija con la mujer que lo acompaña en la anterior. Django, ahora el padre Ignacio, recluido en un monasterio, retoma el rol de vengador acompañado de su arma letal, esta vez no una sorpresa sino un anacronismo. Película rescatable aunque los malos son de pacotilla y la trama es bastante delirante e incoherente; igual resulta interesante y digna. Memorables son algunos actores secundarios.

Glosando el dicho, “a Corbucci lo que es de Corbucci”, no se puede sino mencionar su siguiente película, Navajo Joe (1967), con Burt Reynolds como un “piel roja” impávido que quiere vengar la destrucción y pillaje de su poblado, a manos de una pandilla de hermanos codiciosos y brutales. Mestizos, para darle color al asunto: odian por igual a indios y blancos. La curiosa banda sonora es de Ennio Morricone y un rol es confiado al español Fernando Rey. El indio es torturado a toda orquesta pero cumple su tarea. Reynolds, como se sabe, era de origen cherokee. Un cóctel italiano, refinado y naïf a la vez. La película, como muchas del subgénero spaghetti western, fue filmada en parte en Almería, España, zona de yermos, montes calvos y árboles raquíticos.

Pues para quien quiera entrar en éxtasis, no hay que dejar de ver uno de los últimos productos del género, estrenado en 2002 cuando el spaghetti western no era más que un recuerdo. Su título es 800 balas y su realizador, Alex de la Iglesia. Nada menos. Se trata de pura nostalgia. Un grupo de actores de tercera fila organiza espectáculos para turistas en las ruinas de un poblado que sirvió para tantas películas de vaqueros. Precisamente en Almería. Fiel a su estilo, de la Iglesia rompe todas las convenciones de verosimilitud para darnos una épica divertida y absurda, no exenta de emoción y guiños cinéfilos de toda laya. Tarantino no ha inventado nada, dice un amigo mío.

Escritor chileno - bartolome_leal@yahoo.com



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