Cochabamba, Bolivia, Domingo 8 de octubre de 2017
Ramona
[El Nido del Cuervo]

El paraíso animal de Platón

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Por: Ana Cecilia Ballerstaedt | 08/10/2017



Entre las páginas de una compilación de ensayos, que lleva por título Los animales de Platón, hallamos un trabajo sugerente: “Sobre bestias y héroes”. En él, el autor, Francisco J. Gonzalez, problematiza los conceptos en torno a la animalidad y a la humanidad, y discute la cercanía que éstos adquieren cuando nos introducimos en el relato con el que nos deleita el guerrero Er, al final del texto platónico La República. Mientras el cuerpo de Er simulaba la muerte, su realidad subjetiva se situaba lejos de aquel presente de quienes le preparaban las honras fúnebres. Es en este trance entre la vida y la muerte en el que comienza a gestarse su narración, que será después transmitida y conocida como “el mito de Er”.

En su peregrinaje, el fornido guerrero Er visita lugares recónditos y celestes, sitios en los que sólo habitan ánimas. Luego de cierto tiempo compensatorio, que cada alma ha pasado de acuerdo a su modalidad existentiva previa, en el cielo o en el subterráneo, se procede a una concurrida reencarnación. Cada alma volverá a incorporarse en un cuerpo y regresará al ámbito mortal del vivir con la esperanza de mejorarse (éticamente hablando), lo cual estará sujeto a la responsabilidad individual. Todas ellas pueden escoger una existencia agradable y libre, en lo posible, de lo pecaminoso. A sus pies, variadísimos modos de ser se despliegan. Entre éstos hallamos no sólo vidas humanas sino también animales; siendo así viable que el alma de un humano decida migrar hacia una vida (cuerpo) animal o viceversa, un alma animal hacia una existencia de hombre. Esta falta de jerarquía en lo que respecta al amplio espectro vital pone en duda el alcance ético al que se pretende llegar con la reinserción del alma dentro del contexto mortal.

Se alude a que la cotidianidad de un animal es inferior a la del hombre en cuanto el primero hace las cosas guiado simplemente por el instinto, mientras que el último se halla coadyuvado por la razón. Ésta sería un plus en lo que a la mejoría anímica se refiere, pues al actuar de la mano con la reflexión el alma del individuo del caso sería más capaz de enmendar sus faltas y procurar evadirlas en un futuro cercano. Para el autor del ensayo que revisamos, esta cercanía entre humanos y animales respondería a una lógica satírica que Platón utilizaría en el mito para develar la fragilidad humana en lo que a características o valores exclusivos se refiere. En otras palabras, el hombre no sería tan distinto del animal, y por eso es viable que un humano decida ser, en su próxima vida, un animal, o que un animal elija ser un humano, indistintamente y sin objeción alguna. Esta aparente igualdad alertaría acerca de la dificultad del camino que lleva hacia la virtud (anímica), abriendo las probabilidades de un desvío amenazante y vergonzoso. En este sentido, la vida del animal estaría infravalorada, pues sería una referencia de incapacidad evolutiva en lo que atañe a lo virtuoso.

Mientras que muchos estudiosos han querido ver en esta interacción entre hombres y animales un llamado a la igualdad de especies, el ensayo señala más bien una brecha entre estos dos polos. La posibilidad selectiva de la que están dotados también los animales y el hecho de poder elegir una vida animal tal vez no muestre una igualdad en el sentido estricto del término, sino más bien una coincidencia entre el hombre y el animal en algún punto de su desarrollo vital o existencial. El impulso biológico por el que se guía el animal es también en el humano una realidad, y si bien éste último añade algo más, a saber, la reflexión, de ello no se concluye una limitación absoluta del animal respecto a lo ético (virtuoso). La capacidad instintiva guía al animal a una conducta que elige con miras a cierta inmediatez que no puede estar siempre conducida hacia el error. Esta espontaneidad selectiva indica un orden natural algo olvidado por el humano, en el que priman principios básicos y fuertes. Este ímpetu es la base de cualquier proceder posterior reflexivo. Sin él el impulso de la decisión no existe, es decir, la elección carece de vitalidad o emoción. Probablemente Platón desee remarcar, a través del mito de Er, esta fogosidad animal, impetuosa y osada, a la hora de una práctica adecuada de la virtud, aconsejando, sobre todo, no olvidarla ni relegarla, y, con ello, rescatar el parentesco del gran árbol que es la vida y las múltiples criaturas que dentro de él conviven. Así se estructura, de manera bella y sólida, la convergencia entre el humano y el animal.

Filósofa - acballerstaedt@gmail.com





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