Cochabamba, Bolivia, Domingo 8 de octubre de 2017
Ramona

La casa verde: taller de escritura

Rodríguez reseña la obra del Nobel peruano Mario Vargas Llosa, en los aspectos que configuran este artefacto textual.
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08/10/2017



¿Qué puedo decir de Mario Vargas Llosa? Tal vez que ya debería haber dejado de escribir hace mucho. Con sus obras maestras basta. Con sus primeras conferencias basta. Con sus libros ensayísticos basta. Pero es un incansable en la escritura y en el amor (estuvo con su prima y con su tía y con Isabel Preysler). Entonces: hoy hablaré de La casa verde.

«El sargento echa una ojeada a la madre Patrocinio y el moscardón sigue allí. La lancha cabecea sobre las aguas turbias, entre dos murallas de árboles que exhalan un vaho quemante, pegajoso. Ovillados bajo el pamacari, desnudos de la cintura para arriba, los guardias duermen abrigados por el verdoso, amarillento sol del mediodía: la cabeza del Chiquito yace sobre el vientre del Pesado, el Rubio transpira a chorros, el Oscuro gruñe con la boca abierta».

La casa verde es una novela-artefacto que lo tiene todo (a lo que debería aspirar un escritor de novelas). El narrador entrelaza al estilo Faulkner varias historias de la gente de Piura (desde el Perú, con amor) y el poblado de Santa María de Nieva.

«La noche piurana está llena de historias. Los campesinos hablan de aparecidos; en su rincón, mientras cocinan, las mujeres cuentan chismes, desgracias. Los hombres beben culitos de chicha rubia, ásperos vasos de cañazo. Éste es serrano y muy fuerte: los forasteros lloran cuando lo prueban por primera vez. Los niños se revuelcan sobre la tierra, luchan, taponean las galerías de los gusanos, fabrican trampas para las iguanas o, inmóviles, sus ojos muy abiertos, atienden las historias de los mayores».

Para leer La casa verde uno debe estar atento al cambio de tiempo y de espacio. El narrador con un diálogo se va a futuro y regresa al pasado (nos lleva como niños de la mano por ese mundo lleno de vegetación). De un párrafo al otro el narrador cambia las historias: es un juego en el que debemos estar dispuestos a ingresar.

«A veces recorría con amigos las chicherías mangaches y terminaba siempre en casa de Angélica Mercedes, porque allí había un arpa y él era un arpista consumado, inimitable. Mientras los otros zapateaban y brindaban, él hora tras hora, en un rincón, acariciaba las hebras blancas que le obedecían dócilmente y, a su mando, podían susurrar, reír, sollozar».

En esta novela lo central (al igual que en Cien años de soledad) es la incapacidad de amar. De retener lo amado. De dejar lo amado (la riqueza que es un vicio al igual que cada pecado, según el cura que quema un prostíbulo, con mujeres en su interior). De amar y sólo amar. Cada personaje no puede hacerlo y sucumbe en el intento.

«Y Lalita ¿podía abrazarlo, besarlo como a su padre?, y Fushía nunca había visto, viejo, qué honrado, no olvidaría, Aquilino, cómo te portas conmigo, él en su lugar se escapaba con la plata y el viejo tú no tienes alma, para él valía más la amistad que el negocio, el agradecimiento, Fushía, por ti dejé de ser el perro de Moyobamba, el corazón no olvidaba, ayayay, ayayay, y don Aquilino había empezado de veras, Lalita, puja, puja para que no se ahogue saliendo, puja con todita tu alma, grita».

Está de más decirlo: Mario Vargas Llosa es un escritor en serio. Que planifica la estructura de la novela. Que hace fichas para cada personaje. Que determina al narrador antes de escribir. Que hace dos o tres borradores, antes de corregir el texto final. De él deberíamos aprende todo eso (no su ideología de derecha). Mario Vargas Llosa es todo un taller de escritura.

Y como dijo alguna vez: “Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida”.

Periodista – zion186@hotmail.com





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