Cochabamba, Bolivia, Domingo 8 de octubre de 2017
Ramona

Tres apreciaciones y un pasaje descriptivo sobre la obra de Julio Durán

El libro de cuentos ¿Y quién eres tú para juzgarme? (Ed. Sobras Selectas), del escritor peruano Julio Durán, se presentó el pasado 22 de septiembre en la librería Escena Libre de Lima. Publicamos un texto leído en la ocasión. Las obras de Sobras Selectas se pueden hallar en el stand de la Editorial El Cuervo, presente en la Feria del Libro de Cochabamba inaugurada el pasado jueves en el campo ferial de Alalay.
Aumentar tamaño de letra Dismuir tamaño de letra Dismuir tamaño de letra Dismuir tamaño de letra Dismuir tamaño de letra VOTAR
  • Actualmente 0
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
RESULTADO
  • Actualmente 0
Compartir
Por: Victor Vimos | 08/10/2017



uno

apreciación práctica: juzgar es un acto de poder. juzgar porque no se entiende, porque no se puede asir la sustancia juzgada. juzgar porque hay una vocación de orden en el ejercicio de colocar una experiencia en un lugar verídico, explicativo, definido, definitivo. juzgar para que lo juzgado devenga en mercancía y pueda transitar de forma transparente a través de nuestro conformismo. tener un precio. ser consumido. degradarse en el escaparate.

apreciación interior: juzga quien tiene miedo; un color es una sospecha, una forma, un sonido, lo expansivo dentro del contacto social, regiones llenas de manchas de sospechas que yacen bajo el saludo, el abrazo, que yacen bajo los cuerpos desnudos en las camas de los hoteles, en las muelas, en las uñas, sospechas del miedo del otro, de su condición de ajeno, de su vocación a cuestionar nuestro orden con su caos, nuestra normalidad arracimada en un salario en el que poco a poco se nos olvida la rabia.

apreciación lúdica: juzgar no es lo mismo que jugar, pero casi.

apreciación experiencial: ¿y si la palabra antecede la experiencia? ¿y si estamos juzgando antes incluso del acto a ser juzgado? ¿si nos es dado un sistema de sentidos dentro del que el “otro” siempre será la sospecha del “otro”? y si ese sistema funciona así, ¿qué hace que el ejercicio de juzgar sea juzgar realmente un acto ajeno y no el acto propio? ¿juzgamos para juzgarnos proyectados en “otro”? ¿nos estamos ordenando? padre, padre, guarda tu celular y atiéndeme, te lo ruego.

dos

una obra se entiende, además, en un contexto: Lima, y dentro de ella los pelos y señales que la pueblan. en la escritura de Julio Durán ese es el sistema real desde el que parte, el aserrín que proveen las máquinas dentadas que son el corazón de la capital, una viruta de la que el escritor extrae lo esencial, la piedra invisible del sonido, el ritmo del tránsito, de las ocupaciones repartidas hasta la madrugada, de la ilusión con la que el pavo real del sueño viene y se nos sienta en las piernas, y nos permite oler el oro de sus plumas, hasta que suelta su verdadero, su simple, su pobre cacareo de gallina enjuta sobre el que resbalamos sin freno.

el oídio afinado de un escritor es parte de una batalla ganada. Julio Durán escucha también en otros idiomas: su ejercicio como músico y traductor media en su encuentro con la realidad. su narración se levanta sobre esta condición. cuenta para recrear atmósferas que laten en la voz de sus personajes. a ratos ese cordón umbilical es tan vívido que da la impresión de que si los personajes se callan, uno atestiguaría la propia desnudes vergonzosa que nos envuelve en el silencio, paisaje roto, corazón roto, lágrimas negras y esas cosas.

pero la pericia narrativa de Durán ha podido contra eso. en lugar de armar relatos o testimonios que se conformen con la exploración oral de sus personajes, ha construido un sistema de sentido capaz de insertarnos en una nueva realidad, la de sus cuentos.

el ejercicio ahí es el siguiente: leemos, con el eco de la ciudad a la derecha, pero con todo el cuerpo hundido en los renglones de la realidad narrativa que Julio Durán nos muestra. imagino que si abordáramos un avión y ahora mismo cambiáramos de ciudad, y en su plaza central ese nuevo nosotros abriera este libro de cuentos, el ejercicio fuera el mismo: leer dentro y fuera, acompasar los sucesos de lo narrado con los sucesos de lo vivido, pues no existe narración que no ponga en crisis la idea uniforme de la realidad, al contrario, siempre la recrea, siempre las manos de la memoria, de la biografía, son cemento y ladrillos para el muro de lo contado.

tres

¿y tú quién eres para juzgarme? si aquello que llamas correcto, aquello que llamas real, no es más que una versión de lo correcto y una versión de lo real.

y en una versión no se agota el mundo.

frente a la práctica cotidiana de encasillar la experiencia, los cuentos de Julio Durán aparecen como territorios limítrofes entre lo esperado, lo juzgable, y lo real, esa pared que siempre nos cae en la cabeza. ingresamos a otra realidad de la mano de una serie de señales conocidas, la escucha es la más visible entre ellas, pues el escritor cree firmemente en que el mundo nace del diálogo de los hombres. lo que logra al final es la torsión de esos materiales: cuentos que se abren paso entre la experiencia para colocarnos frente al abismo del corazón humano y sus marcadas contradicciones.

no asistimos a la presentación de un catálogo de exhibición de experiencias, sino a la puesta en escena de pequeñas partes de nuestras propias vidas, ahora convertidas en un alimento atravesado por la estética y liberado sobre nuestros complejos.

si juzgamos el acto antes de que este exista, en los cuentos de Julio Durán ese acto nos da de comer en la boca, nos halaga con música leve, hasta llevarnos a lo más intrincado del bosque para ahí sacar el brillo de su daga y poder cubrirse con nuestro pelaje el frío. desnudos, esquilados, boquiabiertos, intentamos poner de nuevo los pies sobre la tierra.

un pasaje descriptivo

lo puramente vital aparece de repente/leo uno de los cuentos de Julio Durán/ mientras la combi acelera sobre la Av. Túpac Amaru/ la velocidad es alta/ y el paisaje de la ventana empieza a borronearse/ no le hago caso a eso/ y regreso los ojos a los renglones finales de/ las formas del mal/ hay un juego de voces ahí dentro/ un laberinto que ha terminado por recordarme la infancia/ y esa fe ciega que uno tiene en los otros/ inocencia que se va perdiendo en ese cuento/ y que ya llegado al punto final/ es como la cabeza de una ballena golpeando dentro/ la combi vuela sobre la Av. Túpac Amaru/miro por la ventana/ y todo afuera está borrado/ llueve en mis ojos.

Escritor ecuatoriano






Copyright © 2003-2017 Opinión. Todos los derechos reservados.