Cochabamba, Bolivia, Domingo 10 de septiembre de 2017
Ramona

Fin de juego: el campeonato del 2000

Un relato en primera persona del título de la Liga que consiguió Wilstermann al inicio del nuevo milenio, tras 19 años de campeonatos esquivos. Una definición por penales inverosímil que cerró una etapa en la relación del autor de este texto con el fútbol, pero que también despidió un capítulo de su vida personal y abrió otro. 
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Por: Santiago Espinoza A. | 10/09/2017



No estoy seguro de que lo que vaya a contar sea el recuerdo más vívido de mi relación con el Wilstermann, pero sí es el episodio que ahora mismo resuena con más fuerza en mi memoria sentimental futbolera. Es más, todo esto podría ser ficción. Una mala ficción, pero ficción, al fin. Solo un acuerdo tácito entre estas páginas y sus ocasionales lectores me convence de hacerlas pasar por un relato memorioso o por una anécdota personal.

Me hice del Wilster porque mi abuelo lo era, y era mi abuelo el que nos llevaba a mí y a mi primo (y a veces, a otros primos más) a Preferencia del Capriles para ver al equipo rojo en los primeros años de los noventa. Recuerdo haber tenido la fortuna de ver jugar a Chichi Romero, Gastón Taborga, Luis Galarza, Demetrio Angola, Norberto Kekes, Juan José Urruti, Wilson Cortez o el Vikingo Maladot, pero nunca los vi campeonar. A más de la euforia que despertaba ese elenco tan variopinto de jugadores, la mayor alegría que me regaló fue su clasificación a la Libertadores de 1995, que tampoco duró mucho, por la desastrosa campaña ante Bolívar y los equipos peruanos. Para cuando obtuvimos el subcampeonato de 1998, el fútbol ya no era lo mismo para mí: había dejado de ir al estadio y mi acompañamiento a los aviadores se había tornado errático, estando como estaban mis horas de ocio (acaso las únicas que importaban e importan) colonizadas por la música, las chicas y el cine (aunque no en ese orden de importancia).

El fútbol comenzó a terminarse para mí en diciembre de 1996, cuando me fui de la casa de mi abuelo y dejé de ir al estadio para ver jugar al Wilster, un ritual que solo podía consumar en compañía de mi abuelo y de mi primo. Para entonces, el fútbol me lo había dado todo, pero también me lo había quitado. Como todo lo que toca, el fútbol supo elevarme hasta el infinito y más allá para luego hundirme en las cloacas más sórdidas de la bronca y la impotencia. El fútbol me enseñó a perder, sí, pero solo luego de años y años de esfuerzo, del fútbol y mío. Del fútbol que no paraba de regalarme derrotas, y de mí, que combatía los goles y resultados en contra con silencio y llanto. El fútbol me había dado lo más bonito y mis mejores años (de los 90): las Eliminatorias de 1993, la clasificación al Mundial, los tres partidos de EEUU 94, la Copa América de 1995, el subcampeonato en la Copa América de 1997 celebrada en Bolivia. Y el fútbol, también, me había abismado a la catástrofe o a lo que para alguien de 11 años podía serlo: la obsesión por la pelota fue en gran parte culpable de que estuviera a punto de aplazarme en colegio, en 1994, un año para nada casual para este país: el año en que Bolivia jugó su primer Mundial por derecho propio. ¿Podía haber algo más importante que el fútbol en la Bolivia de 1994? Para mí, no. Y mis notas en una materia de música estaban ahí para atestiguarlo. Aunque ese año prefería vestir la verde, el rojo estaba lejos de desaparecer de mi vida: apenas había migrado del estadio a mi libreta.

Acaso escarmentado por ese sinsabor futbolero, los últimos años de colegio mantuve una distancia prudente del fútbol y, en particular, del Wilster (al que solo me había vuelto a acercar, junto con mis compinches de entonces, para hacer firmar unos posters con la platilla del equipo que había dibujado con gran empeño mi amigo “Chino”). Por eso el título de 2000 me agarró casi de sorpresa. Sí estaba al tanto de la maduración de esa generación meritoria de jugadores nuevos o no tanto (Gonzalo Galindo, Mauricio Soria, Marcelo Carballo, Édgar Olivares, Carlos Cárdenas, Rafael Salguero, Sacha Lima), reforzada por talentos tan entrañables como el gran Pedrito Guiberguis; pero tampoco esperaba que se coronaran. El título en el primer torneo de ese año fue la llamada de alerta para seguirles el paso de cerca. Y el accidentado camino para pelear el campeonato nacional de 2000 ante el ganador del segundo torneo, Oriente Petrolero, terminó de convencerme de que esos muchachos no se merecían nada menos que nuestros corazones, el mío y los de tantos otros que comulgamos con esa metáfora santificada por Hugo Suárez: que, como el anticucho, el Wilster es un equipo de puro corazón.

Alfredo Salazar había dejado la presidencia del club y Jorge Habegger había hecho lo propio con la dirección técnica a mitad del segundo campeonato. Lo reemplazó en el banquillo Oscar Aristizábal, que, sin embargo, renunció antes del tercer partido ante Oriente, el del desempate, porque no se le renovó su contrato. La ida en Cochabamba había sido favorable para los rojos por 4-1, pero la vuelta en Santa Cruz acabó con un marcador en contra de 0-4. El sorteo para el tercer partido lo ganó el equipo refinero, que eligió jugarlo en Trinidad, un campo prácticamente propio, como para organizar una caravana de celebración que llevara la Copa desde la capital beniana hasta la cruceña. A ese partido llegamos diezmados, no solo por la ausencia del técnico titular, sino porque la zaga se había quedado sin sus centrales: Carballo por lesión y Diego Alarcón por bellaco, tras firmar poco antes del partido su afiliación a Oriente. Fue convocado de emergencia Tito Montaño para asumir la dirección técnica, asistido por Carballo y Soria. La delegación viajó a Trinidad presidida por el legendario Otoniel Novillo, quien solo soltó la Copa para entregársela una vez en Cochabamba al entonces presidente del equipo, Mauricio Méndez Roca.* Se jugó prácticamente en condición de visitante, en lo que para los orientistas (entonces presididos por un tal Carlos Chávez) era apenas un trámite previo al festejo. Las fotos de ese encuentro dejan ver un estadio casi en penumbras, con espectadores que parecen fantasmas en las graderías, con jugadores perdiéndose en la bruma trinitaria, con cuerpos rojos difuminados y apilándose para festejar un campeonato que no les pertenece, con un loco levantando un trofeo hacia la noche más oscura y densa de la Amazonía. Apenas faltan algunas bestias salvajes (Chávez no cuenta) para hacernos dudar de la verosimilitud de ese partido, que por su relato está más cerca del realismo mágico futbolero que de la final de un torneo de primera división. ¿Realmente se jugó ese partido? ¿No es otra ficción el campeonato que ganamos en Trinidad? Mi compadre Joel Vera me cuenta que solo un periodista cochabambino (a quien tengo pendiente buscar para certificar la veracidad de este partido) viajó para cubrir el juego; el resto lo vivió desde el Prado, donde luego se desató la parafernalia gurka. Esa final estaba hecha para que la perdiéramos, pero no fue así.

Ese partido no lo vi. Desde luego, no fui a Trinidad ni lo seguí por televisión (no estoy seguro de si fue así porque no lo trasmitieron o por simple ignorancia mía). Ese partido lo escuché. Lo escuché por radio, a la antigua, como lo solían hacer –y aún lo hacen– nuestros mayores. Me paré ante el equipo de sonido tal como lo hacía para escuchar los rankings de rock que corrompía con mi inglés macarrónico y la compulsión (a)rítmica de mis brazos y mis piernas. Sintonicé el partido poco después de iniciado, cuando Wilster ya iba perdiendo 0-1 por un gol de Coímbra. Grité los goles de Cárdenas y de Galindo que nos dieron ventaja, y los celebré llevando la noticia hasta donde mis papás estaban, en un lugar de la casa que permanecía ajeno a ese capítulo épico que le devolvería al cuadro rojo un campeonato nacional después de 19 años. Descargué mi furia contra un sillón de la sala, aún magullado desde entonces, por el penal de último minuto convertido por Coímbra que decretó la definición en tanda de penales. Los lanzamientos desde los doce pasos los viví ya en trance absoluto. Escuché los pocos goles que se marcaron atravesados por un eco agudo, transportados no por las ondas radiales, sino por la brisa amazónica. Me acuerdo haber estado a punto de reencontrarme con mis sentidos cuando Soria, que esa noche atajó nada menos que cuatro penales, estaba llamado a marcar el penal del campeonato que finalmente marró. Resignado a enfrentar un nuevo fracaso futbolero, no sin culparme por haber confiado una vez más mi estabilidad emocional a la redonda, recibí el gol definitorio del Mudo Salguero con más alivio que felicidad. Finalmente, todo había terminado. La euforia vendría unos segundos después, mientras daba vueltas por mi casa, llevando la noticia del campeonato a la familia, que abandonaba su letargo doméstico para sucumbir al concierto de petardos que arrancaba en la ciudad. El fútbol me había guardado para ese 27 de diciembre mi mejor regalo de graduación.

Ese año había terminado el colegio. Solo unos pocos días antes de la final había celebrado mi acto de promoción. Había comenzado la cuenta regresiva para decidir qué estudiar, qué hacer a partir del siguiente año, qué camino seguir para conjurar el tiempo y la expectativa familiar. No tenía ni puta idea de qué iba a hacer con mi vida. Para colmo, debía sobrellevar un fracaso sentimental detonado por mi propia inoperancia. La libertad que trajo la conclusión del colegio había llegado aparejada de una confusión que no sabía cómo manejar. Y la ilusión que nacía con el inicio de una nueva vida me había incubado de contrabando un pánico agobiante.

Aún seguía lidiando con esa doble resaca, la colegial y la sentimental, y me aprestaba a hundirme en una crisis existencial por mi futuro, cuando llegaron el fútbol y el Wilster para despedirme, para licenciarme, para salvarme, para entregarme el único certificado que necesitaba en ese momento: el del fin de juego. Había que acabar ese que cerraba el colegio y la adolescencia para empezar uno nuevo. No había más tiempo de adición para seguir buscando más goles ni para lamentarse por los penales errados en el juego que finalizaba. Había que curar las lesiones o, cuando menos, disimularlas, para hacer la pretemporada de cara al nuevo campeonato. Quizá no había ascendido, pero era innegable que había cambiado de categoría. El juego había terminado, pero el fútbol iba a seguir –y yo con él– en otra parte.

Periodista-santi.espinoza@gmail.com

* Este episodio, como otros tantos, es narrado en detalle por Mauricio Méndez en su libro Wilstermann, es cuestión de orgullo, editado por Nuevo Milenio. Los interesados en comprar este volumen, que reúne amplia documentación histórica, fotográfica y estadística sobre la historia del Wilster, pueden llamar a los teléfonos 4401004 y 72705669.





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